La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 01

MIÉRCOLES 14, JULIO 2021.

ROMA, ITALIA.

DANTE.

El puerto olía a sal, a combustible y a miedo, y los tres aromas juntos me resultaban tan familiares como el perfume de mi propia casa.

Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo sobre los contenedores y volvía el agua de un verde turbio, de ese que solo se ve en los muelles donde nadie viene a pasear. Yo estaba sentado en una silla de metal, con las piernas cruzadas y una calma que me había costado años fabricar. Frente a mí, de rodillas sobre el cemento húmedo, Renato Bellini sudaba a través de su camisa carísima.

—Fue un error de contabilidad, Dante —balbuceó—. Te lo juro por mis hijos.

—No jures por tus hijos —respondí sin levantar la voz—. Es de mala educación mentir con ellos de testigos.

Bellini tragó saliva con tanta fuerza que se le movió la nuez. A mi espalda, Luca, mi mano derecha desde hacía quince años, apoyaba el hombro contra una grúa y fingía un enorme interés por sus uñas. Los demás hombres formaban un semicírculo silencioso; nadie se movía, porque nadie necesitaba que se lo ordenaran.

Yo nunca grito. Aprendí muy joven que el grito es el recurso de los que tienen miedo, y a mí me bastaba con hablar bajo y dejar que el silencio hiciera el resto del trabajo.

—Durante tres años has declarado menos carga de la que entraba por mis muelles —continué—. Lo que me interesa, Renato, es por qué pensaste que no me daría cuenta.

—Yo... yo solo…

—Otra pregunta. Tus hijos van al colegio de las monjas, el de la fachada blanca, ¿verdad?

El poco color que le quedaba desapareció de su cara.

—Por favor, no los metas en esto.

—No los meto —dije con suavidad—. Los metiste tú cuando juraste por ellos. Yo solo pregunto.

Me incliné hacia delante, apoyé los codos en las rodillas y lo miré a los ojos. Dicen que mis ojos verdes tienen algo de animal que espera; no sé si es cierto, pero sé que Bellini dejó de respirar durante unos segundos.

—Vas a devolver hasta el último euro, con intereses, antes del viernes —le dije—. Vas a firmar de nuevo cada contrato con mis condiciones, no con las tuyas. Y vas a agradecerme que hoy vuelvas a tu casa caminando.

—Sí, sí, lo que tú digas.

—Lo que yo diga, no. —Sonreí apenas—. Esto se termina cuando yo lo decida, y lo arreglaremos a mi manera.

Bastó un gesto de mi barbilla para que dos de los hombres levantaran a Bellini del suelo y se lo llevaran hacia los almacenes. No iban a matarlo; hoy no. Pero se llevaría una lección grabada en las costillas, porque una advertencia sin recuerdo físico se olvida en una semana.

Me puse de pie y me sacudí el polvo del pantalón. Tenía la mano derecha sucia: aceite de la cadena de la grúa y un poco de la sangre del labio de Bellini, que Luca le había partido para que la conversación empezara con buen pie. Saqué el pañuelo y me limpié los nudillos con la pereza de quien se quita las migas de un croissant.

Entonces me vibró el teléfono.

Miré la pantalla y algo se me aflojó por dentro, justo detrás de las costillas.

Cucciola.

Contesté al segundo timbre. Es el único número del mundo por el que no dejó pasar ni tres.

—¿Papi? —La voz de Audrey llegó pequeña y fina, con ese ruidito de quien habla demasiado pegada al micrófono—. ¿Estás en el trabajo?

—Estoy en el trabajo, cucciola. ¿Pasa algo? ¿Rosa está contigo?

—Rosa me dejó el teléfono porque se lo pedí por favor. —Hizo una pausa dramática—. Papi, ¿estás gritando?

Miré a Luca, que se mordió el labio inferior para no reírse.

—Yo nunca grito, angelo mio.

—Ah, vale. Es que se oía como cuando gritas al señor de la tele.

—Eso pasó una sola vez, y el señor de la tele se lo merecía. —Me aparté unos pasos del grupo y, sin darme cuenta, bajé todavía más la voz; la llevé hacia un tono que jamás había usado con Bellini ni con nadie de mi organización—. ¿Qué querías contarme?

—Quiero ir a ballet.

—¿A ballet?

—Sofía y Camila van los martes. Tienen un tutú rosa y unas zapatillas que brillan, y dicen que la profesora es buenísima. Y yo quiero un tutú, papi. Uno de verdad, con tul.

La sangre de Bellini seguía secándose entre mis nudillos. Me di cuenta de que sostenía el teléfono con dos dedos, como quien carga algo frágil, para no mancharlo. Pasé el pañuelo otra vez por la mano antes de agarrarlo bien.

—Está bien —dije—. Yo me encargo de eso hoy mismo.

—¿De verdad? ¿Hoy?

—Hoy. Paso a buscarte en cuanto lo tenga arreglado. Ponte los zapatos, y no me los pongas cambiados.

—¡Eso pasó una vez!

—Tres veces, cucciola. Te quiero.

—Yo más, papi. Adiós, adiós, adiós.

Colgué. Cuando levanté la vista, todos mis hombres, incluidos los que arrastraban a Bellini, fingían con muchísimo empeño estar mirando hacia otro lado.

—Ni una palabra —advertí.

—Yo no he dicho nada, jefe —contestó Luca con una seriedad sospechosa.

—Luca, necesito una escuela de ballet. La mejor de la ciudad, con la mejor profesora, y necesito que nos reciban esta misma tarde. Que Marina llame a las tres más famosas y que me pida cita para hoy.

—Jefe, con su apellido las puertas se abren solas.

—Que no se abran a la fuerza. Se pide por teléfono y con educación —advertí—. Vamos a una escuela de niñas, no a una negociación.

El todoterreno negro se abrió paso entre las calles mientras las grúas del puerto se iban quedando atrás, recortadas contra el cielo. Yo iba en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el cristal, y Luca, en el del copiloto, hablaba con Marina en voz baja.

A los diez minutos ya tenía respuesta: la Academia de Danza Aurora, la más antigua de la ciudad, cuya directora había aceptado recibirnos a las tres y media antes de que Luca terminara de pronunciar mi apellido.

El resto del trayecto lo hice en silencio, con la vista perdida en las calles que iban quedando atrás, pensando en la cara que pondría Audrey cuando le contara que hoy mismo empezaba con lo del ballet. Era en momentos así, con la mente en blanco por unos segundos, cuando Anastasia se colaba sin avisar. Audrey preguntaba por su madre de vez en cuando; era una niña, y las niñas hacen esas preguntas sin medir el peso que llevan dentro. Anastasia había muerto cuando Audrey tenía cuatro años, arrancada de nuestras vidas por un hombre que jamás me perdonó lo que mi padre le negó en vida: Alessandro Vitale la secuestró y la torturó hasta que su corazón dejó de latir, no porque ella hubiera hecho nada para merecerlo, sino porque yo la amaba, y eso bastó para convertirla en un mensaje. Y yo, que era capaz de doblegar a un hombre con una sola frase, no había sabido explicarle a mi hija por qué su mamá ya no iba a volver nunca.




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