La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 06

Resultaba increíble pensar que aquel hombre de aspecto tan frío tuviera la capacidad de mover influencias en esta ciudad y, sin embargo, estuviera allí de pie, inmóvil junto al marco de la puerta, esperando únicamente que una profesora de danza aprobara el gesto cariñoso de su hija.

​—Gracias, mi amor —le dije a Audrey en un murmullo cálido, sosteniendo el ramo con una delicadeza extrema para no estropear los pétalos—. Son las flores más hermosas que me han regalado en mucho tiempo.

​—¿De verdad de verdad, Elodie?

​—De verdad de verdad, Audrey.

​La niña se arrojó hacia adelante y se enganchó a mi cuello para darme un abrazo tan efusivo y repentino que casi me hace perder el equilibrio sobre los talones. En ese preciso instante, cualquier pensamiento distante, duda o formalidad hacia aquel hombre se desvaneció por completo entre los brazos pequeños de Audrey. Con las niñas no hay barreras ni reservas que valgan; ante el cariño sincero y transparente de una pequeña, simplemente me rindo.

—Un detalle así es demasiado, mi amor, no tenías por qué molestarte tanto —comenté en un murmullo sincero mientras me incorporaba despacio, acomodando el gran ramo entre mi brazo izquierdo y mi costado para no dañarlo.

​—¿Decía algo respecto a las flores, señorita Leclerc? —preguntó Dante con su voz grave, elevando apenas una ceja oscura mientras me observaba desde la distancia.

​—Nada en absoluto, señor Romano. Solo le decía a Audrey que es un detalle precioso y muy generoso

​Él no pareció del todo convencido por mi respuesta rápida, aunque prefirió no presionar sobre el tema. Me alejé unos pasos hacia el lateral del estudio para colocar el ramo sobre la superficie pulida del piano de cola, aprovechando ese breve trayecto de espaldas para serenar mis expresiones, respirar profundo y evitar que se notara lo mucho que me había tomado por sorpresa la presencia y la atención de ese hombre.

​Cuando regresé al centro de la pista, volví a dirigirme a él con un tono completamente tranquilo y profesional.

​—Señor Romano, la próxima vez que decida enviar un detalle como este al estudio, deje que Audrey vuelva a elegir la combinación completa. Tiene un gusto verdaderamente excelente.

​Dante arqueó la ceja un poco más, manteniendo esa postura erguida que llamaba la atención de cualquiera que estuviera en la habitación. A nuestro alrededor, algunas de las madres sentadas en los sofás contuvieron el aliento en un silencio tenso, como si temieran que una interacción tan directa y sin rodeos fuera a provocar una molestia en el hombre.

​—Tomo nota de su recomendación —contestó él finalmente, con el eco de su voz profunda resonando con suavidad entre las paredes del salón—. Procuraré recordar que en este lugar el criterio de mi hija es el que manda.

​—Me parece una decisión muy sabia de su parte.

​Él caminó despacio hacia el fondo del estudio, cuidando la pisada de sus calcetines oscuros sobre la pista brillante, y apoyó la espalda contra el revestimiento de madera noble, permaneciendo con los brazos cruzados sobre el pecho en una actitud serena pero atenta. Me sostuvo la mirada de forma fija durante esos diez segundos característicos suyos, sin parpadear un solo instante, y por primera vez en toda la tarde creí percibir un pequeño destello de curiosidad contenida detrás de su semblante impenetrable.

​—Es usted una mujer con un carácter sumamente firme, señorita Leclerc.

​—Simplemente me gusta mantener el orden y la claridad en mi salón de clase, señor Romano. Eso es todo.

​Me di la vuelta sobre mis talones para dar por terminada la conversación privada y me ubiqué en la parte central del estudio, donde las doce alumnas del grupo ya esperaban alineadas en una fila recta con las manitas asentadas con firmeza en las caderas, mostrando esa concentración pura e ingenua que solo tienen los niños cuando intentan hacer algo bien frente a un adulto.

​—Muy bien, mis niñas —dije, proyectando la voz con la calidez habitual con la que iniciaba cada jornada—. Hoy vamos a repasar la postura de la reverencia desde el principio. Por favor, colóquense todas en sus posiciones correspondientes sobre la pista.

​Caminé despacio entre las dos filas que se habían formado, corrigiendo la inclinación de un codo por aquí, ajustando la colocación de un pie torcido allá y dando pautas suaves, mientras la música del piano comenzaba a llenar todo el espacio con notas melódicas y pausadas. Cuando llegué al puesto que ocupaba Audrey, la vi bajar la cabecita con una torpeza francamente adorable: había colocado el pie derecho demasiado adelante sobre la línea y lucía una sonrisa radiante que sobrepasaba por completo la solemnidad del movimiento tradicional.

​Aplaudí suavemente con las palmas para motivarla a corregir el paso, porque en este salón el entusiasmo sincero y las ganas de intentar siempre valen muchísimo más que una técnica perfecta durante los primeros días de aprendizaje. Esta pequeña, con su alegría espontánea, su falta de pretensiones y su mirada llena de ilusión cada vez que me miraba, se estaba ganando un espacio muy grande en mi corazón mucho más rápido de lo que yo me habría atrevido a admitir en voz alta.

​—Excelente trabajo, Bianca —le hablé un momento después a la hija de la señora Fontanelli, que se esforzaba visiblemente por mantener la espalda completamente recta y la barbilla elevada—. Estás marcando los pasos con mucha precisión y elegancia, solo recuerda no apresurar la salida del movimiento para no perder la compostura.

​Por el rabillo del ojo noté cómo la señora Fontanelli asentía satisfecha desde su asiento en la sala de espera, absolutamente convencida de que mis palabras hacia la niña confirmaban la distinción natural de su hija sobre las demás. No creí necesario aclarar nada más ni matizar el comentario, y me limité a continuar con el desarrollo previsto para el grupo.

​La sesión transcurrió con fluidez entre intentos de giros simples, pequeños desequilibrios inevitables sobre la pista y risas contagiosas de las niñas que se levantaban sin dudarlo tras cada tropiezo leve. En un par de ocasiones dirigí la mirada hacia el fondo del estudio casi por pura inercia: Dante Romano continuaba allí, firme, erguido e inmóvil contra la pared, siguiendo cada pequeño avance de Audrey con una devoción tan absoluta y silenciosa que resultaba verdaderamente conmovedor ver a un hombre de su porte dedicado por entero a la felicidad de su pequeña.




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