La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 07

El ascensor subió suave y silencioso hasta el tercer piso, donde llegué cargando el ramo de peonías con un brazo y el bolso colgado del otro hombro. Tenía los pies cansados de una jornada entera de clases, pero llevaba una sonrisa pequeña pegada a la cara desde que había salido de la academia.

—¡Ya llegué! —anuncié al abrir la puerta.

Gia asomó la cabeza desde la cocina, con el pelo castaño claro suelto y una copa de vino ya servida en la mano. Se quedó mirando el ramo con los ojos muy abiertos, como si acabara de ver aterrizar un cometa en mitad del salón.

—Elodie Leclerc. —Dejó la copa sobre la encimera y se acercó despacio, con los brazos cruzados y una ceja levantada—. ¿Quién es y por qué no me lo habías presentado?

—No hay ningún él, Gia.

—Ese ramo dice otra cosa. Ese ramo grita otra cosa.

Me reí y avancé hasta la sala para dejar las peonías sobre la mesa baja, con cuidado de no aplastar ningún pétalo contra el cristal. El aroma dulce y fresco de las flores ya se había mezclado con el olor a vela de vainilla que Gia siempre encendía al llegar la tarde.

—Es un regalo de una alumna nueva. Se llama Audrey, tiene cinco años y un padre que, al parecer, no sabe hacer las cosas a medias.

—Ajá. ¿Y el padre tiene nombre, o vamos a fingir que las flores se compraron solas?

—Dante Romano.

Gia se quedó quieta un segundo, con la copa a medio camino de la boca, y después soltó una risa corta.

—Ese nombre me suena de algo, pero ahora mismo no consigo ubicarlo. Da igual, cuéntame el resto mientras buscamos un florero decente, porque esto no puede quedarse en la jarra de la cocina.

Sacó del armario alto un florero de cristal transparente, uno de los que su abuela le había regalado el año pasado «porque una casa sin flores frescas es una casa a medio vivir», según sus palabras exactas, y entre las dos acomodamos el ramo con calma, girando cada tallo hasta que quedó repartido de forma pareja. Mientras trabajábamos, le conté lo del hombre que se había quitado los zapatos sin rechistar, lo de las once madres calladas de golpe en cuanto él cruzó la puerta, y lo de Audrey tirándome de la falda para que cerrará los ojos.

—Espera, espera. —Gia levantó una mano, todavía con un tallo de peonía entre los dedos—. ¿Un hombre que hace callar a once madres solo con entrar y tú me lo cuentas como si fuera el dato menos interesante de la tarde?

—Porque lo interesante de la tarde fue la niña, Gia. El padre solo estaba ahí, de pie, con cara de piedra.

—Con cara de piedra y un ramo de floristería cara, apunto.

No le contesté, porque no tenía ninguna respuesta preparada para eso, y me limité a terminar de acomodar la última flor mientras ella se apartaba un paso para admirar el resultado con las manos en la cintura, como si acabara de terminar una escultura.

—Bueno —dijo, sacudiéndose las manos—, esto hay que celebrarlo con algo mejor que pasta hervida en casa. Ha sido una semana larga para las dos, y yo llevo tres días pensando en esa mesa junto a la ventana del restaurante de La Terrazza dell'Anima.

—Gia, son las siete y media.

—Y a las nueve estaremos sentadas con una copa de vino, cenando algo que no hayamos cocinado nosotras. Ve a ducharte que ya hueles.

Fue imposible discutirle nada cuando ya tenía la reserva medio hecha en la cabeza, así que me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara el cansancio del día, el aroma a talco y el peso de la conversación con la señora Fontanelli. Salí con el pelo envuelto en una toalla y la piel todavía tibia, y me tomé mi tiempo frente al espejo: crema, un toque de perfume en el cuello y las muñecas, las pestañas repasadas con calma. Después fui hasta el armario y elegí un top negro estilo corsé, con el escote en forma de corazón y unos tirantes finos rematados en encaje, que combiné con un pantalón de tiro alto y pernera ancha en un tono beige muy suave. Cerré la cintura con un cinturón negro delgado de hebilla plateada y terminé con unas sandalias de tacón alto, con una tira fina sobre los dedos y una pequeña pulsera ajustada al tobillo. Me solté el pelo, que todavía guardaba algo de la onda natural del día, y los últimos mechones sueltos me cayeron sobre los hombros con más facilidad de la que solía llevar en clase.

—Estás guapísima —me dijo Gia cuando salí al salón, ya lista ella también, con un vestido verde oscuro que le sentaba perfecto—. Esta noche vamos a hacer que alguien se arrepienta de no habernos invitado antes.

—No vamos a hacer nada de eso, Gia.

—Habla por ti.

Caminamos hacia el centro histórico con la brisa de julio suavizando el calor del día, entre calles empedradas y fachadas iluminadas por la luz templada de las farolas. Gia hablaba sin parar, sobre un vecino que llevaba semanas escuchando ópera a un volumen indebido, sobre un plan que tenía para el fin de semana, y sobre la posibilidad remota de que yo, algún día, le contara todos los detalles que seguía guardándome sobre mi vida en París. Yo escuchaba y reía, con la ligereza propia de un viernes por fin terminado, disfrutando de esa sensación agradable de caminar sin prisa por una ciudad que empezaba a sentir un poco más mía cada semana que pasaba.

El restaurante ocupaba un rincón discreto y elegante cerca de la plaza, con manteles blancos, velas bajas sobre cada mesa y un ambiente cálido que invitaba a quedarse más de lo previsto. Nos sentaron junto a un ventanal amplio, y en cuanto la carta llegó a nuestras manos, Gia ya había decidido pedir dos platos distintos «para probar de todo», mientras yo me inclinaba por algo más sencillo, acompañado de una copa de vino blanco que brindamos entre risas por el fin de semana que teníamos por delante.

—A esto me refería —dijo Gia, apoyando la barbilla sobre la palma de la mano—. Una mesa bonita, buena comida y ninguna madre reclamando por la posición de su hija en la fila.

—Eso ha sido solo hoy, Gia. Mañana seguro me toca otra.




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