La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 08

Detrás de ella avanzaba Dante, con esa misma calma contenida que ya le había visto en la academia, vestido de un modo más relajado, aunque sin perder ni un ápice de esa presencia suya que parecía ocupar cualquier espacio en el que entrara. A su lado caminaba otro hombre, alto y de porte serio, con una expresión atenta que recorría el lugar entero antes de que ninguno de los tres llegara a sentarse.

Audrey giró la cabeza hacia el salón con esa curiosidad natural de los niños que no dejan un solo rincón sin mirar, y entonces me encontró.

Tiró de la manga de su padre y le señaló hacia nuestra mesa con el dedo, diciéndole algo que no alcancé a escuchar. Dante siguió la dirección de su mano, y en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, le dijo algo breve a la niña.

Audrey caminó hacia nosotras, con pasos cortos y decididos, esquivando una silla y a un camarero con una bandeja en alto.

Llegó hasta nuestra mesa sin aliento, con las mejillas encendidas y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

—¡Elodie! No sabía que ibas a estar aquí.

—Yo tampoco sabía que te iba a ver esta noche —le contesté, girándome un poco en la silla para quedar de frente a ella—. ¿Te gusta el restaurante?

—Es bonito. Pero el mío de casa es más bonito.

Solté una risa que se me escapó sin permiso, y a mi lado Gia hizo lo mismo, encantada con la aparición repentina de la niña.

—Hola —le dijo Gia, apoyando la barbilla en la mano—. Tú debes de ser la famosa Audrey de las peonías.

—¿Ya viste el ramo? Yo elegí el lazo.

—Lo vi. Es precioso, como el lazo de tu pelo.

Audrey se llevó la mano al moño, orgullosa, justo cuando Dante llegó hasta la mesa con un paso mucho más pausado que el de su hija, seguido de cerca por el hombre que lo acompañaba.

—Buenas noches —saludó, con una inclinación breve de cabeza dirigida a las dos—. Disculpen la interrupción. Mi hija tiene poca paciencia para los protocolos.

—Ninguna interrupción, señor Romano —respondí—. Es un placer verla fuera del salón de clase, aunque sea un momento.

—Elodie es mi amiga —anunció Audrey, como si aquello zanjara cualquier otra consideración sobre el asunto—. Y esta es su amiga.

—Gia —se presentó ella misma, tendiéndole la mano a Dante con una sonrisa cordial antes de que nadie tuviera que hacer las presentaciones—. Trabajo en la academia, en la administración.

—Un placer —dijo Dante, estrechándosela sin apartar del todo la atención de su hija, que ya se había acomodado contra mi brazo como si llevara sentada ahí toda la noche.

El hombre que había entrado con ellos permaneció un paso atrás, con las manos entrelazadas por delante y una media sonrisa que no llegó a convertirse en nada más, aunque sus ojos se quedaron un instante de más sobre Gia, que le sostuvo la mirada sin ninguna intención de apartar la suya primero.

—Luca —dijo él, sin que nadie se lo pidiera, con una voz grave y un tono mucho más relajado que el de Dante—. Encantado.

—Gia —repitió ella, con una sonrisa un poco más lenta de lo habitual en ella.

—Vamos, cucciola, tu mesa te espera y la sopa se enfría —intervino Dante, apoyando una mano suave sobre el hombro de Audrey.

—Pero yo quiero quedarme con Elodie.

—Elodie está cenando con su amiga, angelo mio. Y nosotros con Luca. Ya la verás el martes en clase.

Audrey suspiró con un dramatismo que solo puede fabricar una niña de cinco años, pero se despidió con un abrazo rápido antes de dejarse llevar de la mano de su padre hacia la mesa del fondo, no sin antes volver la cabeza una última vez para dedicarme un saludo silencioso con la mano.

—Que disfruten la cena —dijo Dante, mirándome un segundo de más antes de girarse hacia su propia mesa.

—Igualmente, señor Romano.

Luca fue el último en darse la vuelta, y lo hizo despacio, con una mirada breve hacia Gia que ella recibió con la barbilla ligeramente alzada, sin ninguna intención de fingir que no lo había notado.

En cuanto los tres se alejaron lo suficiente, Gia se inclinó sobre la mesa con los ojos brillantes.

—Luca —repitió, saboreando el nombre como si fuera parte del menú—. Elodie, ese hombre me acaba de mirar como si yo fuera la última copa de vino que le quedaba en el mundo.

—Solo te ha saludado, Gia.

—Ha sido mucho más que eso y tú lo sabes.

Terminamos la cena entre risas contenidas y miradas discretas hacia la mesa del fondo, en algún momento entre el postre y el café, sentí de nuevo el peso breve de una mirada sobre mí, y al levantar la vista encontré los ojos de Dante posados en mi dirección antes de que él mismo los apartara con la misma discreción con la que los había dejado ir.

—Bueno —dijo Gia, pagando la cuenta con una sonrisa satisfecha—, esta noche ha sido mucho más interesante de lo que prometía.

—Ha sido una cena normal, Gia.

—Ha sido una cena con peonías de floristería cara, un hombre misteriosamente elegante saludándote desde el otro lado del salón y otro que no me quitó los ojos de encima. Llámalo como quieras, pero normal no ha sido.

No le contesté, porque una parte de mí, muy pequeña pero innegable, sabía que tenía razón.

Volvimos caminando a casa por las mismas calles empedradas, ahora más tranquilas, con Gia hablando entre risas sobre Luca y yo escuchando a medias, todavía con la sensación cálida de la cena y algo más difícil de nombrar rondándome por dentro. Al llegar al apartamento, mientras Gia se despedía con un bostezo camino a su habitación, me quedé un momento a solas en el salón, con la luz baja de una lámpara encendida junto al sofá.

Las peonías seguían allí, abiertas del todo bajo esa luz suave, llenando el aire con su aroma dulce y tranquilo. Las miré un rato, en silencio, pensando en lo curioso que resultaba que una tarde cualquiera de trabajo hubiera terminado con un ramo así sobre mi mesa, y en lo mucho más curioso que resultaba que un hombre como Dante Romano ya se hubiera colado, sin proponérselo del todo, en dos veces en mi mismo viernes.




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