SÁBADO 17, JULIO 2021.
DANTE.
El salón privado olía a café frío y a madera pulida, en la última planta de uno de mis hoteles. Bellini entró con la camisa mejor planchada que la del miércoles, aunque el temblor de sus manos delataba que había dormido poco. Se sentó frente a mí sin que nadie se lo indicara, con los papeles ya listos sobre la mesa, como quien entiende que la puntualidad es lo único que todavía puede salvarlo de algo peor.
—Todo está en orden, Dante —dijo, empujando la carpeta hacia mi lado de la mesa—. El pago completo, los intereses, y he firmado de nuevo cada contrato con tus condiciones.
No respondí de inmediato. Repasé la primera hoja con calma, luego la segunda, mientras Luca permanecía de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y esa expresión suya de quien ya sabe cómo va a terminar la reunión antes de que empiece.
—Bien —dije al fin, cerrando la carpeta con dos dedos—. Esto se termina aquí.
—¿Aquí? —repitió Bellini, con una esperanza que no supo disimular.
—Aquí. No habrá una segunda conversación sobre este asunto, Renato. Si vuelvo a encontrar un solo número torcido en tus cuentas, no habrá papeles que firmar la próxima vez.
—Entendido. Gracias, Dante.
—No me agradezcas. Agradécele a tus hijos, que fueron los que evitaron que esto se alargara más de la cuenta.
Bellini se puso de pie con una rapidez que casi tiró la silla, recogió lo poco que le quedaba de dignidad y salió del salón sin mirar atrás. Cinco minutos, tal como había prometido. No necesitaba más tiempo para cerrar algo que ya estaba decidido desde el muelle.
Apenas se cerró la puerta detrás de él, Marina entró con una carpeta gruesa entre las manos, la misma que solía traer cada vez que necesitaba mi firma para algo del hotel.
—Señor Romano, antes de que se marche, necesito su firma en dos contratos de proveedores y la aprobación del presupuesto de la reforma del ala oeste —dijo, tendiéndome la carpeta abierta por la primera página—. También llegó la confirmación de la inspección sanitaria de la cocina principal, todo en regla.
Firmé donde ella señaló, sin necesidad de leer cada línea; llevaba diez años administrando ese hotel mejor de lo que yo mismo habría podido hacerlo.
—Bien. ¿Algo más?
—Nada urgente, señor Romano.
—Gracias, Marina.
Se retiró hacia el ascensor con la carpeta bajo el brazo, y Luca esperó a que las puertas se cerraran del todo antes de hablar.
—Limpio —dijo—. Al menos por ahora.
—Por ahora es lo único que existe en este negocio.
Salimos hacia el coche por un pasillo lateral, evitando el vestíbulo principal, donde a esa hora ya empezaban a moverse los primeros huéspedes con maletas y prisas de fin de semana. El sol de la mañana caía de lleno sobre la calle, y el aire todavía guardaba ese frescor propio de las horas tempranas, antes de que el calor de julio terminara de instalarse sobre Roma.
—Bueno —empezó Luca, apenas cerró la puerta del coche—, ¿vamos a hablar de anoche o prefiere que finjamos los dos que no pasó nada?
—Prefiero que conduzcas.
—Puedo hacer las dos cosas a la vez, jefe. Soy un hombre de muchos talentos.
—Uno de esos talentos debería ser el silencio.
—Ese lo dejé en casa esta mañana, junto con las ganas de fingir que no vi cómo miraba usted a la señorita Leclerc entre el postre y el café.
Miré por la ventanilla, sin darle el gusto de una respuesta inmediata. Las calles de Roma pasaban despacio, con las persianas todavía bajas de los comercios que abrían tarde los sábados, y una parte de mí seguía atascada en la mesa del restaurante, en la manera en que Elodie había sostenido mi mirada un segundo de más antes de volver a su plato, como si no le costara ningún esfuerzo hacerlo.
—No la estaba mirando —dije, finalmente, porque el silencio empezaba a sonar más sospechoso que cualquier palabra.
—Claro que no. Y yo tampoco estaba mirando a la tal Gia.
—Tú sí la estabas mirando.
—Esa tal Gia no dejaba de mirarme a mí tampoco, para que lo sepa —añadió, con un tono demasiado despreocupado para ser sincero—. Y usted no dejaba de mirar a la señorita Leclerc entre el postre y el café.
No le contesté, porque Luca llevaba quince años a mi lado y sabía exactamente cuándo callarme era más elocuente que cualquier discurso que pudiera improvisar. Lo cierto era que la postura de Elodie no se me borraba con facilidad de la cabeza: la manera en que había sostenido el ramo con cuidado, la calma con la que le había hablado a Audrey, la firmeza con la que me había hecho quitarme los zapatos sin que le temblara la voz ni un instante. Llevaba años tratando con gente que se derretía o se endurecía frente a mi apellido, y ella no había hecho ninguna de las dos cosas.
—Cuide ese asunto de todas formas, Luca. No quiero problemas cerca de la academia de mi hija.
—Jefe, con todo respeto, solo ha ido dos veces a esa academia y ya piensa en la señorita Leclerc más de lo que piensa en el puerto.
—Conduce.
Luca se rió por lo bajo, sin insistir más, y el resto del trayecto lo hicimos casi en silencio, con la radio encendida a un volumen bajo y las calles de Roma quedando atrás una tras otra, mientras yo intentaba, sin mucho éxito, apartar de mi cabeza la imagen de unos ojos grises que no sabían mentir.
La casa apareció al final del camino de grava, con las contraventanas verdes abiertas de par en par y el sol de la mañana entrando de lleno por cada ventana del piso bajo. Apenas crucé la puerta, escuché los pasos apresurados de Audrey bajando la escalera con esa torpeza adorable de quien todavía no domina del todo la velocidad de sus propias piernas.
—¡Papi!
Se detuvo frente a mí con las zapatillas de casa puestas al revés, el pelo suelto y despeinado de una noche entera de sueño, y un papel doblado varias veces sujeto entre las dos manos, como si temiera que alguien se lo fuera a arrebatar antes de que yo pudiera verlo.