—Es que Elodie es lo más interesante que me pasó esta semana, papi. Más interesante que las zanahorias, que ni siquiera son interesantes nunca.
—Eso no era muy difícil de superar.
—¡Papi!
Se rió con esa risa suya de burbuja, la misma que yo llevaba años intentando provocar a base de cosquillas y que ahora, sin ningún esfuerzo de mi parte, aparecía cada vez que el nombre de Elodie Leclerc se colaba en la conversación. Terminó el desayuno entre más planes para el parque, más detalles sobre el giro nuevo que aprendería el martes y una lista mental que iba construyendo en voz alta sobre todo lo que quería contarle a su profesora en la próxima clase.
Terminado el desayuno, Audrey se fue directo al salón a practicar la reverencia frente al espejo grande, exigiéndome que la calificara después de cada intento, mientras yo aprovechaba para revisar en el despacho los documentos pendientes.
El teléfono sonó a media mañana. Luca, esta vez sin ningún tono de burla en la voz.
—Jefe, tengo lo de la profesora.
—Dime.
—Elodie Leclerc, veintiocho años, nacida en París. Sin antecedentes, sin deudas, sin ningún nombre que debiera preocuparle en su entorno. Estudió danza desde niña, trabajó dos años en una compañía pequeña de Lyon antes de venir a Roma. La contrataron en Aurora hace unos meses, con las mejores referencias de sus antiguos empleadores. Limpia, jefe. Tan limpia que hasta aburre.
—Sigue investigando de todas formas —ordené, mirando por el ventanal del despacho hacia el jardín—. Quiero saber la razón exacta por la que dejó Francia.
—¿Sospecha algo?
—Sospecho de todo el mundo, Luca. Es la única razón por la que mi hija sigue viva.
Un silencio breve se instaló al otro lado de la línea. Luca conocía de sobra el peso de esa frase y el recuerdo amargo que la acompañaba. Colgué y me quedé un momento con la vista fija en la pantalla, preguntándome por qué la confirmación de que Elodie era una mujer transparente me había producido un alivio que me negaba a profundizar.
A los pocos minutos volvió a sonar el teléfono. Esta vez era Marco.
—Jefe, informe rápido —dijo Marco—. Las patrullas del muelle norte están despejadas, pero el contenedor catorce sigue en el depósito del muelle sur, bajo el resguardo cautelar que ordenó la aduana el miércoles. Ningún inspector ha tocado el sello desde que Bellini firmó la cesión.
—Mantengan los sellos intactos y la guardia atenta —instruí—. Ese contenedor no se mueve hasta que yo mismo dé la orden.
Pasado el mediodía, Rosa nos sirvió el almuerzo en el comedor, y Audrey aprovechó cada plato para seguir hablando de Elodie con la misma insistencia de la mañana, hasta que finalmente, ya con el sol cayendo más de lado sobre el jardín, le anuncié que era hora de prepararse para el parque.
Subí con ella a cambiarse antes de salir. Rosa ya le había sacado del armario una blusa blanca de botones y mangas cortas abullonadas, con un cuello redondeado de esos que Audrey llamaba «de bebé» sin que a nadie le importara corregirla, rematado con un ribete delicado de encaje. La combinó con unos jeans con un lazo atado en cada pierna y unos zapatos rojos de charol con hebilla que insistió en abrocharse ella misma. Rosa le hizo un moño enorme de listón rojo a juego con los zapatos, y Audrey se plantó frente al espejo del pasillo, girando una vez para verse de perfil, satisfecha con el resultado.
Salimos hacia el parque de los patos a media tarde, cuando el sol de julio ya había perdido el filo más duro. Audrey corrió hacia el estanque en cuanto vio el agua, con la bolsa de pan que Rosa le había preparado, y se sentó en el borde de piedra a repartir migas entre gritos de emoción.
Me quedé de pie a unos pasos, con las manos en los bolsillos y la vista puesta en ella, disfrutando de esa sensación de calma.
Pero duró poco.
El teléfono vibró en mi bolsillo. La pantalla mostraba de nuevo el nombre de Marco.
—Dime —contesté, dando dos pasos hacia un lado sin perder de vista a Audrey.
—Jefe, tenemos un problema en el muelle sur —dijo Marco, y su voz sonaba notoriamente más tensa que en la mañana—. Hay tres tipos merodeando cerca del contenedor catorce, el que sigue retenido por la aduana. Son gente de los Caruso, pero no están solos.
Sentí cómo los músculos de la espalda se me agarrotaban al instante.
—¿A qué te refieres con que no están solos?
—Uno de los coches estacionados en la gasolinera vieja tiene matrícula de Nápoles. Es la gente de Alessandro Vitale, jefe. Los Caruso solo están haciendo el trabajo de campo para él. Creen que la caída de Bellini dejó el contenedor en tierra de nadie y están probando si el muelle quedó desprotegido.
El nombre de Alessandro Vitale cayó sobre mí como un hachazo de hielo. La imagen de la noche en que me arrebataron a mi esposa volvió a cruzarme la mente con la violencia de un relámpago, quemándome por dentro con la misma rabia añeja y el mismo instinto salvaje de protección que me había definido desde entonces.
—Escúchame bien, Marco —dije, bajando la voz a un susurro helado que no admitía réplica—. Que nadie se mueva. Ni un disparo, ni una provocación. Si Vitale está usando a los Caruso para tentarme, no le voy a dar la sangre que quiere ver en las noticias.
—¿Y el contenedor catorce?
—Nadie toca ese contenedor. Llama a Luca ahora mismo. Que reúna a los hombres en el almacén cuatro para esta noche. Y que aseguren el perímetro de mi casa antes de que anochezca.
Colgué y apreté el teléfono en la mano con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Miré hacia el estanque. Audrey seguía allí, riéndose mientras lanzaba migas al agua, ajena por completo a que la sombra del hombre que había destruido a nuestra familia acababa de proyectarse de nuevo sobre mis negocios.
—¡Papi, mira este! ¡Es el más gordo de todos!
Me acerqué despacio, tragué veneno y forcé una expresión serena mientras me sentaba a su lado en el borde de piedra.