El trayecto de vuelta desde el parque tuvo ese tono sereno y alegre que solo Audrey sabía construir a su alrededor con una facilidad pasmosa. El sol descendía de manera paulatina entre las copas de los pinos romanos, proyectando una luz dorada, densa y cálida sobre la grava de la entrada cuando estacioné el todoterreno cerca de la escalinata principal. La brisa tibia de la tarde apenas aliviaba el calor pesado que se había acumulado durante todo el día sobre el asfalto de la ciudad. Audrey bajó del vehículo sujetando la bolsa de tela vacía donde antes guardaba las migas de pan, balanceando los brazos con esa energía inagotable que parecía no resentirse lo más mínimo con el paso de las horas.
Cruzamos el umbral de la residencia y el aire fresco del interior de la casa nos recibió junto a un aroma suave, dulce y reconfortante de fruta fresca cortada y menta. Rosa salió de la cocina secándose las manos con un delantal de lino blanco, mirándonos con esa atención aguda y casi maternal que guardaba para cada uno de mis regresos.
—¿El estanque estaba tranquilo? —preguntó ella, inclinándose un poco para ayudar a Audrey a doblar la pequeña bolsa de tela.
—El pato más grande se comió casi todo el pan, Rosa —contó Audrey de inmediato, quitándose los zapatos rojos de charol con la ayuda del pequeño taburete situado en el recibidor—. Papi dice que es el jefe de la banda de los patos.
—No me extraña en absoluto —respondió Rosa, esbozando una sonrisa tibia antes de levantar la vista directamente hacia mí. Sus ojos oscuros, curtidos por años de observar cada uno de mis gestos desde que yo era un muchacho, recorrieron la postura rígida de mis hombros y la tensión helada que no logré disimular del todo en la línea de la mandíbula—. Serví limonada fresca en la terraza, Dante. Y preparé unas galletas pequeñas de almendra para Audrey.
—Gracias, Rosa. Nos vendrá bien a los dos.
Nos acomodamos en la mesa redonda del porche posterior, donde la sombra amplia del tejadillo nos resguardaba del calor persistente de la tarde. Audrey se sirvió un vaso de limonada con paciencia extrema, concentrada en no derramar una sola gota sobre el mantel, y después comenzó a repasar los movimientos que la señorita Leclerc le había enseñado el día anterior. Ajustaba la tela de sus jeans, abría los brazos en un arco que pretendía ser impecable y me miraba buscando una aprobación inmediata que le confirmara su progreso.
—¿Así está recta la espalda, papi? —inquirió, manteniendo el aire en los pulmones con un esfuerzo tierno e infantil.
—Está perfecta, cucciola. Pero no te olvides de respirar mientras lo haces —dije, forzando una sonrisa contenida mientras me acercaba a acomodarle el moño rojo de listón que Rosa le había preparado antes de salir hacia el parque.
Ella exhaló un suspiro ruidoso, lleno de alivio, y volvió a sentarse para dar un bocado a su galleta. Mientras hablaba de la música que sonaba en el piano de la academia y de cómo la señorita Leclerc le corregía la postura sujetándole la cintura con una suavidad absoluta, mi mente trabajaba en dos planos completamente distintos. Por un lado, registraba la cadencia limpia de su voz de cinco años; por el otro, la llamada de Marco resonaba en mi cabeza como una advertencia de guerra. Los Caruso no se habrían atrevido a tocar el muelle sur por iniciativa propia. La presencia de esa matrícula de Nápoles en la gasolinera vieja lo confirmaba todo: Alessandro Vitale estaba moviendo las piezas desde la sombra.
Rosa apareció de nuevo con pasos pausados, colocándose demasiado cerca de mi hombro, y se quedó allí parada un segundo de más.
—Tienes la mirada puesta en otro sitio esta tarde, Dante —dijo en un murmullo bajo, asegurándose de que Audrey estuviera distraída intentando atrapar una pequeña mariposa que volaba cerca de la mesa—. Es la misma sombra que llevabas en la frente el día que…
—Vitale está moviendo a los Caruso en el puerto —la interrumpí en un susurro seco, antes de que pronunciara el nombre de mi esposa o la fecha que esta casa aún intentaba olvidar. Mi voz sonó como una cuchillada helada—. Están merodeando el contenedor catorce en el muelle sur.
Rosa cerró los ojos un instante, inhalando hondo, y el color pareció abandonarle levemente el rostro. Comprendió al instante la magnitud del problema. No se trataba de una simple disputa por rutas de transporte ni de la ambición desmedida de un clan menor. Si Alessandro Vitale estaba detrás de las fichas de los Caruso, el hombre que me había arrebatado a mi esposa no había terminado con nosotros. El pasado no estaba muerto; estaba acechando de nuevo desde el norte de Campania.
—Dime si la niña estará segura aquí esta noche —murmuró Rosa, apretando las manos contra la tela del delantal con una fuerza contenida.
—Nadie tocará esta casa —afirmé, clavando la mirada en los ojos de la mujer que me había visto crecer—. Luca reforzará el perímetro exterior antes de las nueve. Tú solo mantén a Audrey adentro, pasa los cerrojos y no abras la puerta a nadie que no venga conmigo.
Rosa asintió en silencio, sin hacer más preguntas. Comprendía la gravedad de la situación y sabía que insistir no cambiaría la realidad de las cosas que yo debía ejecutar fuera de estos muros para mantenernos a salvo.
Al caer la penumbra, el calor pesado del mediodía dio paso a una noche estival más templada que traía el aroma acre de los jazmines del jardín. Llevé a Audrey arriba para iniciar su rutina nocturna, caminando despacio por el pasillo mientras ella me sujetaba con fuerza dos dedos de la mano derecha. El baño transcurrió entre salpicaduras breves, historias improvisadas sobre piratas que bailaban ballet en la cubierta de un barco y el agua tibia que llenaba la bañera.
Le puse un pijama ligero de algodón blanco con estampados de pequeñas flores amarillas, le cepillé el pelo con paciencia hasta dejarlo completamente suave y la acomode bajo la sábana fina de su cama. El cuarto estaba iluminado apenas por la lámpara baja de la mesilla, que proyectaba una luz dorada y apacible sobre los dibujos que ella había pegado en la pared durante la semana.