El silencio dentro del almacén cuatro se volvió absoluto en cuanto me detuve frente a la mesa de madera. Los dos focos amarillos que colgaban del techo proyectaban sombras largas, recortando las siluetas de Marco y los ocho hombres asignados al turno nocturno del puerto. El olor a salitre, metal frío y combustible viejo impregnaba el aire cerrado de la noche, y la tensión acumulada durante la tarde se respiraba en cada rincón.
—Buenas noches —saludé, paseando la mirada con calma por cada uno de los rostros presentes. Ninguno parpadeó—. Sé que todos han visto los movimientos de la tarde en el muelle sur.
—Marco nos dio el reporte preliminar, jefe —tomó la palabra el capitán del turno, dando un paso al frente—. La gente de los Caruso lleva rondando el depósito desde pasadas las cuatro. Están esperando que la guardia de la aduana cambie a las dos de la mañana para forzar los sellos del contenedor catorce.
—Salvatore Caruso está cometiendo el error más grande de su vida —repuse con voz firme, bajando levemente el tono para imprimirle a cada palabra un peso helado y definitivo—. Cree que porque Renato Bellini quedó fuera de juego y el contenedor tiene una retención cautelar, el muelle pasó a ser tierra de nadie. Lo que Caruso ignora es que la mano de Alessandro Vitale meciéndole la cuna lo va a dejar arruinado antes de que amanezca sobre el Tíber.
Un murmullo sutil y tenso recorrió al grupo al escuchar el apellido del napolitano. La sola mención de Alessandro Vitale traía de vuelta el recuerdo amargo de los eventos de hace tres años y la tragedia que redefinió los cimientos de la organización.
—No vamos a armar un tiroteo con armas de fuego en las dársenas porque no le voy a regalar a Vitale los titulares sangrientos que busca para atraer a la policía —continué, fijando los ojos en Marco—. Pero a la gente de Caruso hay que darles el escarmiento que les prometí. Tomarás a seis hombres y bloquearás los accesos del muelle sur a la una y media en punto. Cuando intenten tocar el sello de la aduana en el contenedor catorce, caen sobre ellos.
—¿Instrucciones de fuerza, jefe? —inquirió Marco, ajustándose los guantes de cuero.
—Limpien el muelle con las manos y las defensas de goma —ordené sin pestañear—. Los someten, los desarman y les dan una paliza que les recuerde a quién le pertenece este puerto. Les quitan los vehículos, los dejan a pie y ensangrentados en la carretera de salida, y les envían un mensaje inequívoco a través del dolor: el sector sur es territorio de la familia Romano.
—Entendido —asintió Marco con una sonrisa sombría—. No van a olvidar esta noche.
—Y para Salvatore Caruso en persona, tenemos el golpe final —retomé, mirando a Luca—. Luca le entregará una carta en mano a su cuñado en la pizzería del centro a las tres de la madrugada, cuando reciba a sus hombres golpeados. Le dejaré completamente claro que si un solo hombre suyo vuelve a cruzar el límite del muelle o a servir de peón para las intenciones de Vitale en Roma, retiraré las licencias de transporte de grano que su familia opera en el norte. En menos de veinticuatro horas estará en la quiebra absoluta.
—Primero la fuerza en la calle y luego la soga al cuello en los negocios —comentó Luca, dando una calada profunda a su cigarrillo—. Caruso preferirá replegarse, tragarse el orgullo y pedir disculpas antes que perder lo único que le queda.
—Quiero patrullas dobles en todos los depósitos durante todo el fin de semana —concluí, dando por terminada la reunión—. Nadie se relaja, nadie baja la guardia. ¿Ha quedado claro?
—¡Entendido, jefe! —respondieron al unísono.
Los hombres se dispersaron con rapidez hacia sus respectivos puestos. Me quedé a solas con Luca en mitad del almacén vacío, escuchando el lejano e incesante romper de las olas contra el espigón exterior del puerto.
—Vitale está midiendo la velocidad de tus reflejos, Dante —comentó Luca en voz baja—. Sabía que mover a los Caruso cerca del contenedor catorce nos obligaría a actuar. Quiere saber cuántos hombres tienes operativos en la ciudad y cuánto tardas en responder.
—Lo sé —respondí, caminando hacia el portón abierto para respirar el aire húmedo y salado de la madrugada—. Por eso la respuesta tiene que ser brutal y contundente. Si le demostramos que aplastamos a sus peones sin pestañear, entenderá que Roma no está desprotegida y que sus provocaciones no me van a hacer perder la cabeza.
—¿Y qué hay de la seguridad para la Academia Aurora? —preguntó Luca, mirándome de reojo—. El martes por la tarde Audrey vuelve a su clase de ballet. Si las ratas de Vitale están rastreando tus rutinas habituales, ese edificio y sus alrededores pueden convertirse en un objetivo fácil.
La sola mención de la academia hizo que la imagen de Elodie Leclerc irrumpiera en mi mente con una claridad abrumadora: su postura impecable y erguida, la delicadeza con la que sostenía el ramo de peonías y esa mirada gris, serena e implacable con la que me había sostenido la firmeza a los ojos. La sola idea de que la sombra siniestra de Vitale pudiera proyectarse sobre ella, o sobre el espacio donde Audrey aprendía a sonreír de nuevo, hizo que me corriera un nudo de hielo por la espalda.
—Coloca a dos hombres vestidos de civil en la cafetería que está justo en la esquina —ordené, manteniendo la voz más rígida e impersonal de lo normal—. Que vigilen la calle principal y la entrada del callejón trasero durante todo el turno. Pero no quiero que se acerquen al portal ni que crucen palabra con el personal del lugar. La señorita Leclerc no debe notar absolutamente nada extraño en su rutina.
—Descuide, jefe. Ni ella ni nadie sabrán que estamos allí.
Subí de nuevo al todoterreno para emprender el regreso a casa. Eran más de las dos de la mañana cuando el vehículo atravesó los portones principales de la residencia. Despedí al chófer con un gesto breve, verifiqué con la mirada la posición discreta pero atenta de los guardias apostados entre la sombra de los cipreses del jardín y me adentré en el silencio denso y acogedor de la propiedad.