MARTES 20, JULIO 2021.
ELODIE.
Me despertó el olor a café antes que la voz de Gia, lo cual habría sido un buen comienzo de día si ella no hubiera abierto la puerta de mi habitación sin llamar.
—Buenos días, bella durmiente —canturreó, entrando con una bandeja entre las manos y un cornetto ya mordido en la comisura de los labios—. Son las siete y cuarto, he bajado a la pastelería de la esquina y tú y yo tenemos una conversación pendiente.
—No tengo ninguna conversación pendiente antes de las ocho —murmuré, hundiendo la cara en la almohada.
—Esta sí, y lo sabes.
Se sentó en el borde de mi cama con la naturalidad de quien lleva media vida haciéndolo, dejó la bandeja sobre el edredón y me tendió una taza humeante. Llevaba el pelo castaño claro recogido en un moño torcido y una bata de seda color marfil que le habría costado a cualquiera medio sueldo, aunque en ella parecía un trapo cómodo. Yo todavía tenía el sueño pegado a las pestañas, pero acepté el café, porque negarle algo a Gia a esas horas era una batalla que jamás había ganado.
—Hoy es martes —empezó, muy solemne.
—Lo sé.
—Los martes va Audrey a clase.
—Eso también lo sé, Gia.
—Y si va Audrey, va su padre. Y sí va su padre, existe una probabilidad altísima de que vaya también cierto caballero de hombros anchos llamado Luca, de quien todavía no me has contado nada.
—Porque no hay nada que contar.
—Elodie. —Me miró por encima del borde de su taza con las cejas levantadas—. Tú sabes cosas de todo el mundo. Tienes una libreta.
—Es una libreta de alergias infantiles.
—Pues qué desperdicio de libreta.
Me incorporé despacio, me acomodé contra el cabecero y soplé el café antes de dar el primer sorbo, ganando tiempo. Por la ventana entraba una luz tibia y dorada que iluminaba las cortinas, y desde algún balcón vecino llegaba el murmullo de una radio con música ligera. Era una de esas mañanas romanas que prometían calor, pero que todavía guardaban un poco de frescor entre las persianas.
—Sé lo mismo que tú —dije al fin—. Se llama Luca, y en la ficha de Audrey aparece como Luca Ferrara. Dante lo puso de contacto de emergencia el día de la inscripción, justo después de sí mismo. Cuando le pregunté si era su asistente, me contestó que era su «mano derecha».
—Luca Ferrara —repitió Gia, sin escuchar ni una palabra de la última frase, con los ojos fijos en algún punto del techo—. Luca Ferrara. Suena a hombre que siempre llega puntual y nunca se explica.
—¿Has oído lo de la mano derecha?
—He oído un nombre y un apellido. Lo demás son adornos.
—A mí me pareció una manera rara de decir «asistente».
—Los hombres de negocios hablan raro, cariño. Se sienten más importantes.
—Pues Dante no parecía necesitar sentirse importante.
—Ay, qué frase tan interesante —susurró, con una sonrisa lenta que me hizo arrepentirme en el acto—. Guárdala, que vamos a volver a ella. Primero terminemos con Luca: ¿la ficha de Audrey trae su teléfono?
—Ni lo sueñes.
—Soy la directora administrativa de la academia.
—Y por eso mismo sabes que los datos de las familias no se reparten como sí fueran caramelos.
Gia soltó un suspiro dramático, digno de una actriz de teatro clásico, y se dejó caer de espaldas sobre mi cama, con los brazos abiertos y la taza en equilibrio milagroso sobre el pecho.
—Eres la aguafiestas con más principios de toda Roma. Es lo más insoportable que existe.
—Lo sé.
—Y lo peor es que te admiro por eso.
Me reí, y ella aprovechó el momento de debilidad para incorporarse de un salto y clavarme los ojos oscuros con una intensidad casi teatral.
—Bien. Ya que mi caso está perdido, hablemos del tuyo.
—No hay ningún caso.
—El viernes, en La Terrazza dell'Anima, Dante Romano te miró tres veces. Yo las conté.
—Estaba cuidando de su hija.
—Su hija estaba de espaldas a ti, Elodie. Y él no la miraba a ella.
—Miraba el postre. O la ventana. O al camarero.
—Miraba una mesa junto al ventanal en la que, por casualidad, estabas tú con un top de encaje y cara de pensar en otra cosa. —Levantó un dedo antes de que pudiera protestar—. Y no me hables de las peonías, porque un ramo así, en pleno julio, no lo elige un hombre distraído.
—Lo eligió Audrey.
—Claro. Y las peonías crecieron solas en el bolsillo de su chaqueta.
—¡Gia!
—Solo digo que cuando una mujer contesta «no» tan deprisa, suele haber un «quizá» escondido debajo.
Sentí que me subía el calor a las mejillas y me refugié en la taza, aunque ya solo quedaba el fondo, tibio y amargo. Dante Romano era el padre de una alumna; nada más. Lo repetí para mis adentros con toda la firmeza que pude reunir, y aun así tuve la sensación de que Gia lo escuchaba con perfecta claridad.
—Además —añadió, más suave, mientras recogía la bandeja y se ponía en pie—, todavía no logro ubicar de dónde me suena su apellido. Lo he oído en alguna parte, estoy segura, pero se me escapa. Seguro que es una tontería.
—Seguro.
—Hoy tengo reunión con los proveedores de las zapatillas, así que llegaré a la academia tarde. —Se detuvo en la puerta y me lanzó un beso con la punta de los dedos—. Si aparece cierto caballero, quiero un informe completo por mensaje. Con detalles.
—No soy tu espía.
—Eres mi mejor amiga, que es peor.
Se marchó riéndose, y yo me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada, con la taza vacía entre las manos y una sonrisa que no supe explicarme.
Me duché con el agua muy caliente, me recogí el pelo en el moño de siempre y elegí un maillot gris perla con una falda ligera de gasa del mismo tono. Guardé en la bolsa las zapatillas, la toalla pequeña y el cuaderno de la clase. Antes de salir, pasé por el salón, donde las peonías del viernes seguían abiertas dentro del florero de cristal, un poco más cansadas y más dulces que el primer día; una hoja rosada había caído sobre la mesa baja. La recogí con dos dedos, la dejé en un platito de porcelana y me quedé mirándola más tiempo del que cualquier persona sensata dedicaría a un pétalo caído.