A las cuatro y cuarto empezaron a llegar las familias del grupo de iniciación, y con ellas, el murmullo cotidiano del vestíbulo. Salí a recibirlas, todavía con el cuaderno bajo el brazo, y me detuve en seco junto a la puerta de cristal, porque desde el sofá de terciopelo verde llegaban dos voces bajas que no habían notado mi presencia.
—...no sé por qué le sorprende tanto —decía la señora Benedetti, con la copa de agua con gas suspendida a media altura—. Con los Romano nunca se pregunta nada. Se sonríe y se agradece.
—Dicen que la directora recibió una llamada antes incluso de que entraran por la puerta —murmuró la otra, una mujer rubia de perlas grandes—. Y ya se sabe que en Aurora las plazas se cuentan con los dedos de una mano.
—Precisamente por eso —remató la primera, y entonces me vio.
El silencio se instaló entre las tres, sin ninguna prisa. La señora Benedetti se enderezó, la de las perlas bajó la vista hacia su bolso, y yo sonreí con toda la cortesía que me quedaba.
—Buenas tardes, señoras. Las niñas ya pueden pasar al vestuario.
—Por supuesto, señorita Leclerc —dijo la Benedetti, con una risita ligera—. Estábamos comentando lo bien que está quedando el jardín de la entrada.
No había ningún jardín en la entrada. Había, como mucho, una maceta con un helecho cansado junto a la puerta.
Asentí sin decir nada y me alejé hacia el salón con la sensación de haber pisado sin querer el borde de una conversación que no me pertenecía. Podía ser el esnobismo habitual de las familias con recursos, esa costumbre suya de cuchichear sobre quien acababa de llegar; podía ser cualquier cosa. Aun así, recordé la manera en que Dante había pronunciado «Romano» el primer día, lento y seco, como quien deja caer una piedra en un pozo y espera oír el eco. Y recordé, también, que Gia no lograba ubicar de dónde le sonaba el apellido.
Sacudí la cabeza. No era asunto mío, y no pensaba convertirlo en uno.
—Señorita Leclerc, ¿tiene un momento?
La señora Fontanelli se acercaba con Bianca de la mano y con esa sonrisa fina que nunca le llegaba a los ojos. Llevaba un bolso nuevo, más grande que el anterior, y Bianca lucía un tutú blanco de tul que brillaba bajo las lámparas.
—Buenas tardes, señora Fontanelli.
—Quería comentarle que Bianca ha estado practicando los giros en casa. Todos los días, con una profesora particular. Y me preguntaba si hoy podría ocupar un sitio más adelantado para demostrar el avance.
—Todas las niñas rotan de posición durante los ejercicios —respondí con voz amable y pareja—. Hoy Bianca estará en la segunda fila, y la semana que viene, en otra. Es la manera de que todas ganen confianza.
—Comprendo. Aunque hay quien opina que el talento debe potenciarse.
—Y estoy de acuerdo, señora Fontanelli. Por eso mismo me ocupo de que el talento de cada una tenga su turno.
Bianca me miró de reojo, con una expresión que mezclaba alivio y timidez, y me devolvió una sonrisa diminuta. Su madre apretó los labios, asintió con rigidez y se retiró hacia el sofá con el bolso balanceándose a cada paso.
A las cinco menos diez, el mecanismo magnético de la puerta principal anunció una nueva llegada, y el murmullo de las madres se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Audrey entró corriendo, con un maillot lila, un tutú rosa de tul que rebotaba a cada zancada y dos trenzas atadas con cintas a juego. Se detuvo frente a mí con las mejillas encendidas y una sonrisa que le ocupaba toda la cara, y antes de que pudiera saludarla, ya estaba hablando.
—¡Elodie, ya me lo aprendí! Se llama chainé. Chené. ¡Chainé! Me lo hice repetir siete veces en el coche, ¿a que lo dije bien?
—Perfecto, preciosa —dije, agachándome hasta quedar a su altura y arreglándole una cinta que se le había torcido—. Pronunciado como una auténtica parisina.
—¿Hoy voy a dar muchas vueltas?
—Hoy vas a dar muchas vueltas, y probablemente te marees un poquito, y no pasa nada. Lo importante es levantarse y volver a intentarlo.
—Yo me levanto siempre —declaró, con una seriedad adorable—. Papi dice que soy de las que se levantan.
Alcé la vista buscando a su padre, y lo encontré en la entrada, con una mano apoyada en el marco de la puerta.
Dante Romano no había terminado de cruzar el umbral. Se había quedado un instante de más en el vano, con la cabeza ligeramente girada hacia la calle, recorriendo con la mirada la acera de enfrente, la esquina, los ventanales del edificio vecino. Fue un segundo, quizá dos, pero lo bastante largo para que me diera cuenta. Después entró, cerró la puerta despacio y, sin que nadie se lo pidiera, se quitó los zapatos: primero el izquierdo, luego el derecho, con la solemnidad de quien cumple un juramento. Los dejó alineados junto al zócalo, y a mí me costó una barbaridad mantener la expresión serena.
—Buenas tardes, señorita Leclerc.
—Buenas tardes, señor Romano.
Vestía otra vez de oscuro, con la camisa abierta en el cuello y la chaqueta doblada sobre el brazo, pero algo en él había cambiado desde el viernes. Se le notaban unas sombras finas bajo los ojos verdes, como si hubiera dormido bastante menos de lo que le correspondía, y la mandíbula, siempre firme, tenía una tensión que no era la de la mera seriedad. El teléfono le vibró en la mano; lo miró, leyó algo en la pantalla y lo guardó en el bolsillo sin cambiar el gesto, aunque los nudillos se le pusieron blancos un segundo.
Caminó hacia el fondo del salón, pero no se apoyó en la pared del piano, donde había estado el viernes. Eligió la esquina contraria, la que le permitía ver la puerta de entrada y los ventanales a la vez, y allí se quedó de pie, con los brazos cruzados y los hombros más rígidos de lo habitual.
Los padres de mis alumnas solían mirar el reloj, o el móvil, o a las otras madres. Él miraba la calle, como si esperara que algo cruzara por ella.
No supe qué pensar. Recordé lo que había dicho en el despacho de la señora Marchetti sobre la madre de Audrey, la frase seca y sin adornos con que había cerrado el tema, y me pregunté si a veces las pérdidas dejaban a ciertos hombres vigilando las puertas, como si con eso pudieran impedir que algo volviera a entrar sin permiso. Era una explicación amable, y quise creerla. Aun así, me quedó rondando una duda pequeña, ligera pero persistente, como una nota desafinada en medio de una melodía conocida.