La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 15

Doce cabecitas se giraron a la vez hacia el mismo punto de la pared, y por un momento el salón entero pareció contener la respiración.

—Muy bien, mis niñas —dije, caminando despacio frente a la fila—. El chaîné es un giro muy sencillo, pero tiene una regla que no se puede romper: la mirada se queda fija en un solo lugar hasta el último instante. La cabeza es siempre la última en irse y la primera en llegar. ¿Quién quiere ver cómo se hace?

Doce manitas se levantaron al instante. Sonreí, me coloqué en el centro de la pista, lejos del espejo, y busqué mi punto en la pared del fondo, justo debajo del cuadro antiguo de la bailarina de tul. Después junté los talones, alcé los brazos en un arco suave y empecé a girar.

Media vuelta, otra media, los pies apenas rozando la madera; la cabeza quieta, quieta, y de pronto rápida, para volver a encontrar la pared antes de que el cuerpo terminara de dar la vuelta. Repetí el movimiento cuatro veces, cruzando el salón en línea recta con la falda de gasa flotando alrededor de las rodillas, y cuando me detuve, las niñas aplaudieron con esa devoción exagerada que solo tienen los niños frente a algo que todavía les parece magia.

—¡Otra vez, otra vez! —pidió Valeria, dando saltitos.

—Ahora les toca a ustedes. Por filas, de tres en tres, y sin prisa; no importa la velocidad, sino que no pierdan el punto.

La pianista empezó una melodía lenta, apenas un hilo de notas que subían y bajaban como una brisa, y las primeras tres niñas se colocaron en línea. Bianca, en la segunda fila, esperó su turno con la espalda recta y los labios apretados. Lo hizo bien, más de lo que su madre habría admitido en voz alta, y cuando llegó al final del salón me miró con una expresión tan sinceramente feliz que sentí un calorcito en el pecho.

—Perfecto, Bianca. Fíjate cómo no soltaste el punto en ningún momento.

—Lo miré todo el rato —susurró, radiante.

En el sofá del fondo, la señora Fontanelli no dijo nada, pero tampoco frunció el ceño, y para ella eso equivalía a una ovación.

Cuando llegó el turno del grupo de Audrey, la vi colocarse en la línea con la lengua asomada entre los dientes y las dos trenzas balanceándose a los lados de la cara. Se puso de puntillas antes de tiempo, respiró hondo y me lanzó una mirada de comprobación, como quien pregunta si va por buen camino.

—¿Ya tienes tu punto, preciosa?

—Sí. Es la bailarina del cuadro —anunció, señalando la pared con toda su dignidad—. Ella no se mueve nunca, así que es perfecta.

—Es una elección excelente.

Levanté una mano en señal de aprobación, y la pianista repitió el compás inicial. Audrey abrió los brazos, dio la primera media vuelta con una concentración adorable, la segunda con algo menos de equilibrio y en la tercera perdió por completo el punto. Sus ojos verdes se dispararon hacia el techo, después hacia el espejo, y el cuerpo, que ya no sabía hacia dónde ir, se le fue hacia un lado con una lentitud casi cómica hasta que terminó sentada sobre el suelo, con el tutú desparramado a su alrededor como una flor demasiado abierta.

El silencio duró un segundo. Uno solo.

Por el rabillo del ojo vi cómo, en la esquina del fondo, Dante Romano se despegaba de la pared con medio paso rápido, instintivo, casi imperceptible, como si todo su cuerpo se hubiera lanzado hacia delante antes de que le diera tiempo a pensarlo. Después se detuvo. Me pareció ver que cerraba una mano y apretaba los nudillos contra el muslo, en un esfuerzo evidente por quedarse quieto, y que volvía a apoyar la espalda contra la madera con una lentitud calculada.

Audrey no lloró. Parpadeó un par de veces, miró alrededor, comprobó que once pares de ojos la observaban y se puso en pie de un salto, sacudiéndose el tul con las dos manos.

—¡Me levanté! —anunció al salón entero.

—Y sin llorar —dije, acercándome a ella y agachándome a su altura—. ¿Te dolió?

—Un poquito. Pero solo el culito, la cara no.

Alguien soltó una risita contenida en la fila; yo me mordí el labio para no imitarla.

—Eso es lo más importante de todo, mi amor. No que no te caigas, sino que sepas dónde tienes que volver a mirar. ¿Lo intentamos otra vez?

—¿Con el mismo punto?

—Con el mismo punto. La bailarina del cuadro te espera.

Audrey asintió, se colocó de nuevo en su sitio, respiró hondo y me dedicó una sonrisa decidida, con el hueco del diente asomando entre los labios. Esta vez giró despacio, casi sin respirar, y consiguió dar cuatro medias vueltas seguidas sin apartar los ojos de la pared. Cuando terminó, se quedó de pie, temblando un poco por el esfuerzo, y me miró como si acabara de escalar una montaña.

—¡Lo hice! ¡Elodie, lo hice!

—Lo hiciste. Y muy, muy bien.

Corrió hacia mí con los brazos abiertos y me rodeó la cintura con un abrazo tan apretado que me quedé sin aire. Desde el fondo, mientras le acariciaba el pelo, sentí una mirada suave y quieta que no necesitaba girarme para reconocer. No la busqué, y él tampoco la desvió.

El resto de la clase transcurrió entre repeticiones, tropiezos alegres y aplausos, y el reloj de pared se acercó sin prisa a las seis menos diez. Fue entonces cuando el mecanismo magnético de la puerta principal volvió a sonar, breve y seco.

Reconocí primero la silueta, recortada contra la luz de la calle: un hombre alto, de hombros anchos, con una chaqueta oscura de corte fino y el pelo corto peinado hacia atrás. Se quedó de pie junto a la puerta del vestíbulo, sin cruzar hacia el salón, con las manos entrelazadas por delante y la mirada recorriendo el lugar de arriba abajo con una serenidad casi profesional. Las madres del sofá cuchichearon a media voz, y la señora Benedetti se irguió como si acabara de entrar el mismísimo Papa.

No hizo falta que nadie me dijera su nombre. Luca Ferrara.

Dante lo vio desde el fondo del salón. Le bastó una mirada, tan corta que casi me la perdí, y una inclinación mínima de cabeza para que el otro hombre asintiera y se quedara donde estaba, sin dar un solo paso más. Un minuto después, aprovechando que las niñas repetían la reverencia final, Dante cruzó el salón con paso tranquilo y salió al vestíbulo, y ambos se quedaron hablando al otro lado de la puerta de cristal.




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