La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 16

—Es una alumna maravillosa, señor Romano. No hay nada que agradecer.

—Aun así, gracias.

Lo dijo mirándome a los ojos, sin prisa, con el mismo tono seco y sincero de antes, y por un segundo tuve la sensación absurda de que quería añadir algo más y se lo estaba tragando. Al final se limitó a asentir y a ponerle la mano en el hombro a Audrey.

—Vamos, angelo mio. Luca ya nos espera.

Sonó natural, tan cotidiano como cualquier otra frase de despedida, pero esas palabras, «Luca ya nos espera», se me quedaron dando vueltas, sin motivo aparente.

Audrey me abrazó por última vez, muy fuerte, y se dejó llevar hacia la puerta con una mano en la de su padre y la otra agitándose en el aire en un saludo interminable. Yo los seguí hasta el umbral del salón, con las cintas y el zapato huérfano todavía entre los brazos, y me quedé allí, con la puerta de cristal abierta, viéndolos calzarse en el vestíbulo.

Fue entonces cuando volvió a sonar el mecanismo magnético, y desde el umbral vi cómo Gia cruzaba la puerta principal con una carpeta de cuero bajo el brazo, el moño alto algo desordenado por el viento de la calle y un vestido crema de tirantes anchos que le sentaba como un guante. Los tacones le repiquetearon sobre el mármol, y traía el gesto de quien viene de una reunión larga y todavía no ha decidido si le ha gustado o no. Dio dos pasos hacia el interior, levantó la vista y se quedó quieta, con la carpeta en el aire.

Luca, que seguía junto a la puerta, con las manos entrelazadas, se giró con toda la lentitud del mundo.

No pude escuchar lo que se dijeron. Estaba a diez metros, con Dante y Audrey calzándose a mi izquierda y las madres rezagadas pasando frente a mí, pero lo vi todo con una claridad casi cinematográfica. Gia levantó la barbilla, lo justo para que el moño se le balanceara. Luca inclinó la cabeza, apenas un centímetro, y le dijo algo breve. Ella contestó, seria, con una ceja arqueada, y a él se le dibujó en la comisura de los labios una sonrisa pequeña, torcida, de esas que se escapan sin permiso. Después Gia se echó la carpeta al otro brazo, rebuscó en el bolso con calma teatral y sacó el teléfono; Luca sacó el suyo y ambos, sin dejar de sostenerse la mirada, se lo tendieron el uno al otro como quien intercambia un secreto de estado.

Sentí que me ardían las mejillas de pura incredulidad.

—Ni lo sueñes —murmuré para mis adentros, y solté una risa corta contra el hombro.

A mi izquierda, Dante se había incorporado con los zapatos ya puestos y la chaqueta sobre el brazo, y miraba la escena con las cejas levantadas y una expresión impagable, entre la sorpresa y el fastidio. Cruzamos la mirada por encima de la cabeza de Audrey, y por primera vez desde que lo conocía, lo vi al borde de reírse. No lo hizo, claro. Se aclaró la garganta, con esa dignidad suya tan medida, y pronunció un solo nombre en voz baja pero firme.

—Luca.

Luca se giró como un niño sorprendido con las manos en el tarro de las galletas, guardó el teléfono con una compostura admirable y siguió a su jefe hasta la salida. Antes de cruzar la puerta echó un último vistazo hacia atrás, muy breve, y Gia le contestó con un pequeño gesto de despedida, casi imperceptible, que solo un ojo entrenado habría sabido leer.

La puerta se cerró detrás de los tres, y el vestíbulo quedó en silencio.

—Elodie Leclerc —dijo Gia, atravesando el mármol con paso lento y triunfal—. Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara dice muchísimo.

—Mi cara siempre ha sido muy expresiva.

—Pues disciplínala, que tengo una reunión con mi abuela y no puedo desmayarme de felicidad en mitad del vestíbulo.

Se detuvo a mi lado, me dio un beso rápido en la mejilla y desapareció escaleras arriba, hacia el despacho de la señora Marchetti, con la carpeta pegada al pecho y los tacones marcando un ritmo alegre sobre cada peldaño. La oí tararear algo desafinado desde el descansillo; después, una puerta se abrió, una voz grave y elegante le dio la bienvenida, y el silencio volvió a apoderarse del edificio.

Terminé de recoger el salón con calma. Dejé las cintas sueltas en la cesta de objetos perdidos, coloqué el zapato huérfano sobre el piano, por si su dueña volvía a buscarlo, y apagué la mitad de las luces. Los ventanales dejaban pasar el último resplandor anaranjado de la tarde, y sobre el suelo pulido flotaban motas de polvo dorado que subían y bajaban al ritmo de una música que ya nadie tocaba.

Me quedé un momento frente al cuadro de la bailarina de tul, sola, con las manos vacías. Era un retrato antiguo, algo desvaído por los años, de una joven de perfil con un brazo alzado y la mirada perdida más allá del marco. Siempre me había parecido serena, pero esa tarde tuve la impresión de que miraba algo lejano, algo que estaba a punto de llegar y que ninguna de las dos alcanzaba a ver todavía.

Sacudí la cabeza y cogí mi bolsa.

Gia bajó a las siete menos cuarto, con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa que le duró todo el camino hasta la calle. Caminamos juntas por las calles empedradas, con el sol ya muy bajo y una brisa cálida que traía olor a pan tostado y a jazmín. Yo llevaba la bolsa colgada al hombro y ella hablaba sin pausa, gesticulando con la mano libre, como quien reproduce con detalle una escena de teatro.

—Te lo cuento todo desde el principio, porque si me interrumpes se pierde el efecto —empezó—. Voy entrando al vestíbulo, ¿vale? Cansadísima, con esas dos horas de reunión sobre suelas de cuero, y lo primero que veo es esa chaqueta oscura junto a la puerta, apoyada en el marco como si fuera el dueño del edificio.

—Vi el resto desde el salón.

—Ya sé que lo viste. Pero yo no sabía si iba a tener valor. Y entonces me dije: Gia, o lo haces ahora o te pasas la vida esperando a que el destino haga el trabajo por ti.

—Muy poético.

—Muy práctico. Me acerqué y le dije: «Señor Ferrara, imagino». —Se detuvo un segundo, con los ojos brillantes—. Y él, con una ceja levantada, me contestó: «¿Me ha investigado, señorita?».




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.