MIÉRCOLES 21, JULIO 2021.
DANTE.
El teléfono me despertó antes de que el sol terminara de asomar por encima de los pinos del jardín. Marco, con la voz más ligera que le había escuchado en semanas.
—Buenos días, jefe. Le llamo porque el muelle sur amaneció tranquilo. Ni un solo coche sospechoso en toda la noche, y la aduana ya liberó el contenedor catorce sin ninguna objeción. Salió hace veinte minutos rumbo al almacén de siempre.
Me quedé un segundo en silencio, con la vista fija en el techo de mi habitación, dejando que la noticia terminara de asentarse.
—¿Y los Caruso?
—Nada, jefe. Ni rastro desde la paliza del sábado. Parece que Salvatore entendió el mensaje a la primera.
—Que no bajen la guardia de todas formas. Un silencio así puede ser calma, o puede ser que alguien esté preparando el golpe siguiente.
—Entendido. Luca ya está al tanto.
Colgué y me quedé un rato más tendido, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, repasando los últimos cuatro días como quien repasa una cuenta que por fin cuadra. El contenedor estaba a salvo, Bellini había pagado hasta el último céntimo, y Caruso, con suerte, había aprendido a no confundir un territorio vacío con uno desprotegido. Por primera vez en toda la semana sentí que los hombros se me aflojaban un grado, uno solo, lo justo para respirar sin que me doliera.
Me levanté y entré en la ducha dejando que el agua fresca me cayera sobre la nuca durante un buen rato, agradecido por ese alivio contra el calor que ya empezaba a pegarse a las paredes de la casa, con la cabeza todavía puesta en el puerto, en Vitale y en la cara de Audrey preguntando por el chaîné.
Me vestí sin pensarlo demasiado: todo en negro, porque hacía años que había dejado de intentar ser otra cosa. Las botas, pulidas por Rosa aunque yo nunca se lo pidiera; el reloj, en su sitio de siempre; y en la muñeca contraria, la pulsera de cadena plateada que Anastasia me había regalado años atrás, la única joya que nunca me había quitado desde entonces. Me miré al espejo un segundo, lo justo para comprobar que seguía pareciendo el mismo hombre de siempre, y bajé a desayunar.
Bajé con esa sensación todavía pegada a la piel, calma que se esfumó por completo en cuanto crucé la puerta del comedor.
Audrey ya estaba sentada en su silla, con el pelo medio recogido y un plato de fruta intacto delante, discutiendo con Rosa sobre algo que por la cara de ambas llevaba un buen rato de ida y vuelta.
—Buenos días —saludé, sentándome frente a ella—¿Por qué esa cara tan seria tan temprano?
—Papi, dile a Rosa que las trenzas de ayer estaban mal hechas.
—No estaban mal hechas, cucciola. Estaban apretadas, que es distinto.
—Me dolió todo el día.
—La próxima vez te las hago más sueltas, señorita —intervino Rosa.
—Elodie nunca me hace doler nada cuando me toca el pelo.
—Elodie solo te acomoda el lazo, cucciola. No es lo mismo que hacer una trenza completa.
—Pues Rosa debería aprender de ella.
—Rosa lleva veinte años haciendo trenzas, cucciola. Creo que puede arreglárselas sola.
Rosa levantó las cejas hacia mí, con esa paciencia suya que llevaba quince años a mi lado sin perder jamás el filo, y se marchó hacia la cocina murmurando algo sobre que ella ya había criado a dos generaciones de Romano y nunca nadie se había quejado tanto de un peinado.
—Elodie es profesora de ballet, no peluquera —le dije, sirviéndome café—. Seguro tiene las manos ocupadas con doce niñas cada tarde.
—Pero a mí me mira más. Soy su favorita.
—¿Te lo dijo ella?
—No hace falta que lo diga. Se nota.
Sonreí sin poder evitarlo, y ella aprovechó mi gesto para seguir hablando, saltando de un tema a otro con esa facilidad que solo tienen los niños antes de que el mundo les enseñe a medir las palabras. Me contó que Valeria se había resbalado dos veces el martes, que la pianista de la academia tenía una sortija enorme que brillaba cuando tocaba las teclas rápido, y que el viernes pensaba hacer el chaîné sin caerse ni una sola vez, porque ya había practicado con el cuadro de su cuarto como punto fijo, tal como Elodie le había enseñado.
—Como hoy no hay ballet, ¿qué quieres hacer?
—Quiero ir a la tienda de los peluches. Mi conejo necesita un amigo.
—Tu conejo tiene suficientes amigos en la estantería, cucciola.
—Este amigo es distinto. Va a ser una amiga.
No encontré ningún argumento sólido para rebatir esa lógica, así que terminé asintiendo mientras Rosa volvía con una jarra de zumo y una mirada que decía, sin palabras, que ya sabía exactamente cómo iba a terminar esa tarde.
—Hoy tengo que pasar por la oficina del hotel un par de horas, cucciola. Te quedas con Rosa, y en cuanto vuelva vamos directos a la tienda.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Terminado el desayuno, salí hacia la oficina del hotel con la promesa todavía resonándome en la cabeza, divertido a mi pesar, y conduje con las ventanillas bajadas, dejando que el aire de la mañana se llevara el resto del cansancio acumulado.
Pasé el resto de la mañana entre llamadas y papeles: Marina me hizo firmar la renovación de un contrato con uno de los proveedores del hotel, revisé con calma el reporte completo de Marco sobre el muelle sur, y hablé dos veces con Luca, que insistía en que, pese a la calma, convenía mantener la vigilancia discreta cerca de la academia al menos una semana más, por si acaso Alessandro Vitale solo estaba tomando aire antes del siguiente movimiento.
—Está bien —le dije, cerrando la carpeta frente a mí—. Pero que sigan siendo discretos. No quiero que nadie en ese edificio note nada raro.
—El puerto está limpio, jefe. Por cierto —añadió, —, el viernes hay clase de ballet.
—Lo sé, Luca.
—Solo confirmo. Lleva toda la semana con el calendario en la cabeza.
—¿Algo más que informar, o ya terminaste?