La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 18

El chófer nos dejó justo en la puerta, y entramos a un local pequeño de escaparate abarrotado, con una campanilla que sonó al abrir la puerta y un olor dulzón a tela nueva flotando entre los estantes.

Audrey soltó mi mano apenas cruzamos el umbral y se internó entre los pasillos con una seriedad de compradora experta, deteniéndose frente a cada estante el tiempo justo para emitir su veredicto antes de seguir adelante.

—Este oso es demasiado grande, papi. No le va a caber la ropa que le hago.

—¿Le haces ropa a los osos?

—A veces. Con pañuelos.

Siguió avanzando, descartando una jirafa de cuello demasiado largo «porque se le iba a enredar en las cortinas de su cuarto» y un gato de ojos amarillos que, según ella, «miraba feo, como si estuviera planeando algo». La dependienta, una mujer mayor con gafas colgando de una cadena, nos siguió a cierta distancia con una sonrisa paciente, acostumbrada sin duda a clientas de cinco años con criterios tan firmes como los de cualquier comprador adulto.

Fue frente al último estante, el de los peluches más pequeños, donde Audrey se detuvo de golpe y se quedó mirando fijamente una coneja de tela suave, con un lazo rosa cosido en una de las orejas y los ojos bordados en un hilo negro brillante.

—Este —anunció al fin, sosteniéndola en alto con las dos manos, como si presentara un trofeo—. Se va a llamar Fiore, y va a ser la mejor amiga de mi conejo.

—Parece una buena elección.

—Papi, ¿tú tenías amigos así de pequeño? ¿De peluche, digo?

—Tenía uno. Un perro de tela, creo, aunque ya casi no me acuerdo de cómo era.

—¿Y por qué no lo tienes ya?

Me quedé un instante sin saber qué responder, porque la pregunta, hecha con toda la inocencia del mundo, arrastraba detrás un pasado que yo apenas había terminado de ordenar para mí mismo. Opté por la verdad más simple que pude encontrar.

—Porque los niños crecen, cucciola, y a veces las cosas de la infancia se quedan guardadas en una caja.

—Yo nunca voy a guardar a Fiore en una caja.

—Eso espero.

Pagué en la caja mientras Audrey sostenía a Fiore contra el pecho, hablándole en susurros sobre el conejo que la esperaba en casa, y la dependienta nos despidió con un comentario sobre lo bien acompañada que iba a estar esa coneja.

Salimos con la bolsa colgando de su muñeca. Le pedí al chófer que nos esperara unas calles más adelante, porque Audrey quería caminar un poco y presentarle a Fiore los escaparates del camino antes de volver a casa. Avanzamos despacio por una calle flanqueada de cafeterías con las terrazas llenas de gente disfrutando del calor de julio, con el coche adelantándose poco a poco por la misma calle y uno de mis hombres caminando media cuadra por delante, sin perder de vista cada esquina antes de que Audrey llegara a ella. Ella hablaba sin parar, presentándole a Fiore cada escaparate que pasábamos, como si la peluche necesitara conocer la ciudad entera antes de llegar a casa, ajena por completo a que cada uno de sus pasos estaba vigilado por ojos distintos a los míos.

Al llegar a la esquina acordada, el chófer ya nos esperaba con la puerta abierta. Subimos los dos al asiento trasero, con Fiore todavía apretada contra el pecho de Audrey, y el resto del camino lo hicimos en coche, con las calles del centro quedando atrás poco a poco y dando paso a avenidas más anchas, bordeadas de árboles que empezaban a proyectar sombras más largas sobre el asfalto.

Fue entonces cuando pasamos junto a una plaza pequeña, con una fuente de piedra en el centro y bancos de madera repartidos bajo un par de pinos que apenas se movían con la brisa tibia de la tarde. Le pedí al chófer que se detuviera un momento; Audrey llevaba toda la semana pidiendo ver los patos de cerca otra vez, y aquella fuente, aunque no tuviera patos, siempre le arrancaba una sonrisa. Bajamos del coche, y uno de mis hombres se quedó apostado junto a la entrada mientras yo dejaba que Audrey se acercara un poco más al agua.

Justo a nuestra derecha, sentada en el borde de la fuente, una niña de la misma edad que Audrey, con dos coletas torcidas y un vestido de flores, corría hacia una mujer que la esperaba con los brazos extendidos, de rodillas en el suelo, sin importarle que la falda se le ensuciara un poco contra la piedra. La niña se lanzó contra ella con tanta fuerza que las dos cayeron sentadas entre risas, y la mujer le llenó la cara de besos antes de levantarse con la pequeña en brazos, hablándole bajito al oído mientras caminaban hacia un coche aparcado a unos metros.

Sentí que la mano de Audrey se apretaba despacio contra la mía, un poco más fuerte a cada segundo que duraba la escena, como si necesitara sujetarse de algo real mientras algo más, dentro de ella, se le soltaba sin permiso.

No dijo nada de inmediato. Se quedó mirando, inmóvil, con Fiore apretada contra el pecho y la barbilla ligeramente hacia abajo, siguiendo con los ojos cada gesto: el abrazo, los besos, la mano de la mujer sosteniendo la nuca de la niña como quien sostiene algo que nunca pensó en soltar. No sonrió, ni hizo ningún comentario sobre lo bonito del vestido de la otra niña, como habría hecho cualquier otro día. Solo miró, con una seriedad que no le había visto nunca y que me dolió más que cualquier grito.

El coche arrancó y dobló la esquina, y el eco de esa risa compartida tardó un momento en apagarse del todo en el aire de la tarde. Solo entonces Audrey se giró hacia mí, despacio, con los ojos brillantes de una forma que no tenía nada que ver con el sol.

—Papi, ¿por qué esa niña tiene mamá y yo no?

La pregunta cayó sobre mí con el peso exacto de una piedra lanzada desde muy alto, directa, sin ningún aviso previo, y por primera vez en mucho tiempo no supe en qué parte del cuerpo me dolía más.

Me agaché hasta quedar a su altura, despacio, con las rodillas apoyadas en la piedra tibia del borde de la fuente, y le sostuve la cara entre las manos un segundo antes de hablar, porque necesitaba que me mirara a mí y no al lugar por donde se había ido aquel coche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.