Capítulo 70.
— Bueno, es una gallina, pero no es real — inventó Alim para no desatar la ira de los médicos. — ¡Es un juguete!
— ¿Un juguete? — se sorprendió el hombre y se acercó a Ksiu, cuyos ojos se quedaron fijos en una sola posición y dejó de moverse por completo.
— Miren nada más, si parece una gallina de verdad — dijo el segundo hombre.
— Hoy en día estos chinos ya no hallan ni qué inventar. Es idéntica, pero es de juguete, no pone huevos — mintió Alim, mientras Mateo se ahogaba de la risa y se maravillaba de la compostura de Ksiu.
— De verdad parece viva — respondió el médico y tocó varias veces a la gallina, que permanecía inmóvil en la cama.
— ¡Uy, pero si hasta está calientita! — se sorprendió el otro hombre.
— ¡Es que es una bolsa de agua caliente! — improvisó Alim. — Se la pone en las piernas y da calor.
— ¿Y dónde la compraron? — se interesó el médico, manoseando a Ksiu, quien se aguantaba con todas sus fuerzas para no darle un picotazo al descarado.
— ¿Vinieron a hablar de la gallina o qué? — interrumpió Mateo, rescatando a la baronesa de la excesiva atención para que pudiera al menos parpadear, porque los médicos estaban más interesados en ella que en el paciente. En fin, pacientes en el departamento hay un montón, ¡pero una gallina así es única en su clase!
Los hombres de bata blanca se acercaron a Mateo, y Alim retiró a Ksiu de la cama para que la baronesa no se delatara.
Los médicos pidieron a todos los presentes que salieran y le hicieron un chequeo al paciente. Le preguntaron cómo se sentía, tomaron notas y dijeron que observarían su evolución. En el pasillo los detuvo Alim, cargando a Ksiu en brazos (la baronesa apenas podía respirar, pero fingía a la perfección).
— Disculpen, entiendo que aún no es momento, pero ¿cuándo podremos llevar de alta a Mateo del hospital? — preguntó la rubia. No le gustaba estar allí, para nada.
— Con semejante apoyo, el paciente se va a recuperar muy rápido — dijo uno de los hombres. — Específicamente no le sabría decir aún, pero mínimo una semana más debe quedarse en el hospital. El paciente pasó por una cirugía compleja. Es un milagro que haya recuperado el conocimiento tan rápido. Necesitamos hacerle estudios adicionales y ver su evolución.
— ¿Pero sí puedo venir a visitarlo? — preguntó Alim.
— Sí, pero en el horario establecido para ello. Por el día de hoy el horario de visitas ya terminó — respondió el médico sin emociones.
Alim le aclaró a la enfermera qué podía comer Mateo, pues se había comido casi todo lo que había traído Rayita. Eva llegó muy a tiempo trayendo un teléfono nuevo para que Mateo pudiera comunicarse con todos, ya que su dispositivo se había destrozado durante el accidente.
— Prometo venir mañana — le dijo Alim a Mateo, quien no quería soltarla por nada del mundo. — Necesitas descansar.
— Tengo tu número en el teléfono nuevo, así que te voy a estar llamando y escribiendo — respondió Mateo.
— Trato hecho — aceptó Alim y le dio un beso en la mejilla a Mateo.
— ¡Co! — alzó la voz Ksiu.
— Es una excelente actriz — sonrió Mateo.
— ¡Y vaya que sí! A los que les entregan los Óscares no es a los que se los merecen — confirmó Alim.
— ¡Co! — coincidió la baronesa.
La rubia salió del hospital cansada, pero de un humor maravilloso. Todos los miedos habían quedado atrás. Mateo, aunque aún tenía muchos moretones y arañazos, estaba vivo y consciente, y además... ella se había besado con él y no se había convertido en una anciana bruja. Lo había besado a propósito antes de irse del hospital para cerciorarse de que el sueño era solo eso: un simple sueño. Alim, casi dando brincos de alegría, caminaba hacia el restaurante.
— ¿Y bien, al final sí se besaron? — preguntó Ksiu cuando no había nadie alrededor.
— ¿Y por qué dices eso? — preguntó la bruja.
— Bastante con mirarte una sola vez y todo queda claro — respondió Ksiu. — Tus ojos echan chispas.
— ¡Uy, miren quién habla! Deberías verte a ti misma cuando Duque está cerca. ¿Y cómo lo dejaste solo? ¿No te da miedo que se busque a alguna otra gatita?
— No me da miedo. De la misma forma en que a ti no te da miedo que Mateo le ponga atención a alguna enfermera — respondió Ksiu. — Empate a uno.
— Mejor dime, ¿qué fue lo que hiciste para que Rayita te llevara al hospital cargando? — curoseó Alim.
— Ay, nada del otro mundo. Esos papeles tapiz se pueden volver a pegar, y si le pintan la puerta, no se va a ver nada. Rayita es buena mujer, pero como que tiene los nervios débiles. Le falta resistencia — dictaminó la gallina.
— ¿Acaso no habrá que hacer remodelaciones allá? — preguntó Alim, pues conocía de sobra a su familiar.
— Víctor Dmitrovich tiene manos de oro. Lo va a arreglar todo y va a demostrar que es un hombre de verdad. Para él me esforcé, para que tuviera la oportunidad de presumir sus talentos — inventó Ksiu.
— Vaya traviesa que me saliste — sonrió Alim y apretó a Ksiu contra ella.
— ¡Oye! No me vayas a aplastar. De por sí hoy respiraba un segundo sí y un segundo no cuando dijiste que era de juguete y ese doctor empezó a manosearme. Vaya manos tan largas — se indignó Ksiu.
— Pero estuviste insuperable — le hizo un cumplido Alim.
— Lo que es, es. No te lo voy a discutir — respondió Ksiu.