La Belleza de una Margarita

Capitulo 41: EDITADO

La luna de miel se sintió como un respiro después de haber permanecido tanto tiempo a flote en el mar sin tener un rumbo claro, pudo olvidarse de sus preocupaciones; de su familia, de la sociedad y de su vida. Al despertar cada mañana podía observar el rostro de Liam a su lado, disipando cualquier sombra de miedo que se pudiera alojar en su corazón. Fue como haber cruzado el desierto para llegar a un oasis. Fueron los días más felices de su vida, donde solo eran ellos dos y su amor, quería que la luna de miel se extendiera. No quería salir de ese paraíso para volver a desierto, quería quedarse a su lado sin tener ninguna preocupación, pero sabía que su refugio no duraría mucho tiempo, no cuando el deber golpea la puerta de su felicidad. El verano todavía se aferraba a las costas de Inglaterra cuando el enorme buque de la Marina Real se preparaba para zarpar, finalmente había llegado el momento en que Liam tenía que partir al mar para cumplir con su deber ante su nación. Desde el puerto, decenas de marineros recorrían la cubierta transportando barriles, enrollando gruesas cuerdas y asegurando las velas que ondeaban suavemente con la brisa marina. El aire olía intensamente a sal, madera húmeda y carbón, mientras el sonido de las gaviotas se mezclaba con las voces de los oficiales que organizaban la partida. Barbara permanecía de pie sobre el muelle, observando aquel constante ir y venir de hombres vestidos con uniformes azul marino. Nunca había estado en un puerto militar y le sorprendía el orden con el que todos parecían moverse. Frente a ella, Liam terminaba de revisar la documentación que un joven teniente acababa de entregarle. Tras firmarla con rapidez, el muchacho hizo una reverencia antes de regresar corriendo hacia el barco. Solo entonces Liam volvió toda su atención hacia Barbara, durante unos segundos ninguno de los dos habló, él sonrió primero.

—No me mires con esa cara.

Barbara desvió la vista hacia el suelo.

—¿Qué cara?

—La que hace que me den ganas de ser un desertor.

Ella dejó escapar una pequeña risa, aunque estaba lejos de sentirse divertida.

—¿Tan evidente soy?

—Solo para mí.

Liam dio un paso hacia ella, tomando ambas manos entre las suyas, las sentía frías.

—Barbara...

Ella levantó lentamente la mirada. Sus ojos color avellana parecían más apagados que durante la luna de miel.

—¿Debes irte tan pronto? —se lamentó.

Liam suspiró.

—Ojalá pudiera decirte que no —su voz llevaba ese tono resignado que únicamente aparecía cuando hablaba de su deber—. Pero tengo un deber que cumplir.

Era lo que más temía en cuanto se dio cuenta que los días de su luna de miel comenzaba a caducar, que aquella calidez que le daba Liam a su vida se esfumaría. sabía. Desde el momento en que aceptó casarse con un oficial de la Marina Real comprendió que tendría que compartir a su esposo con el océano, aceptar que el deber siempre reclamaría una parte de él y aprender a convivir con las despedidas. Aun así, por mucho que se hubiera preparado para ese momento, seguía doliendo y dolía muchísimo. No sabía si podía acostumbrarse a no tener la presencia de Liam a su lado, su vida se había vuelto un completo desastre, pero lo único que tenía seguro era la compañía de Liam, era el quien más la calmaba, quien la consolaba y a su lado podía olvidarse que su padre le había dado la espalda a su matrimonio. Pero cuando él se fuera, todos sus buenos pensamientos se irían con él, y solo dejarían la ansiedad que comenzaría a consumirla. Pero no quería verse como una niña chiquita que se niega a despedirse de su papá, porque no quería depender tampoco de Liam y no quería que él se marchará preocupándose por ella en la tierra. Intentó obligarse a sonreír, pero parecía más bien una mueca chueca y si volvía a intentarlo sabría que terminaría llorando.

—Prometí que no lloraría —murmuró intentando sonreír.

—Y yo prometí que volvería.

Ella soltó una leve risa entrecortada.

—No es justo.

—¿Qué cosa?

—Que apenas aprendí cómo era despertar contigo... y ya tengas que marcharte otra vez.

Liam sintió un nudo en el pecho, acercó una mano al rostro de Barbara y acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Créeme... si dependiera de mí, me quedaría.

Ella sabía que decía la verdad. Por primera vez desde que lo conocía, Liam no estaba huyendo de un compromiso ni buscando cualquier excusa para escapar de él. Todo lo contrario, estaba dejando atrás aquello que más deseaba proteger: a ella. Mientras apretaba suavemente sus manos entre las suyas, Barbara comprendió que aquella despedida le dolía tanto a él como a ella.

—¿Sabes qué es lo único bueno de todo esto?

Barbara negó lentamente con la cabeza. Liam sonrió, pero no lo hizo como el teniente respetado por sus hombres. Sonrió simplemente como un muchacho, con esa calidez despreocupada que solo aparecía cuando estaba junto a ella, como un hombre profundamente enamorado que había encontrado, por fin, el lugar al que siempre había querido pertenecer.

—Durante años partí al mar sin que nadie esperara mi regreso —confesó con una serenidad que ocultaba una tristeza antigua—. Cuando terminaba una misión... simplemente volvía, no había cartas esperándome, ni abrazos al desembarcar, mis padres ya estaba acostumbrados a que me marchará e incluso yo, solo había otro viaje, otra orden, otro puerto. —Sus ojos grises buscaron los de Barbara y, al encontrarlos, una sonrisa llena de ternura iluminó su rostro, una que ella supo que jamás olvidaría—. Pero ahora... ahora sé que hay alguien esperándome.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 26.09.2026

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