La Boca Del Lobo

Capítulo 1. Quién se cree?

LA BOCA DEL LOBO

CAPÍTULO 1

El chico más peligroso de la universidad

MICAELA

La universidad tenía algo peculiar aquella mañana: todo el mundo parecía tener prisa, excepto las personas que, precisamente, más motivos tenían para legar tarde.

Entre estudiantes corriendo por los pasillos, conversaciones que se mezclaban con las risas y el sonido de los automóviles entrando al estacionamiento, yo caminaba intentando no dejar caer la carpeta que llevaba entre los brazos.

Mi novio iba unos pasos por delante de mí.

—¿Puedes esperarme? —le pedí, acelerando ligeramente el paso.

Él levantó una mano, indicándome que me había escuchado, aunque siguió hablando con el chico que lo acompañaba.

Suspiré.

Llevábamos saliendo varios meses y, a esas alturas, ya debería estar acostumbrada a ciertas cosas. A que se distrajera cuando hablaba con sus amigos. A que olvidara preguntarme cómo estaba. A que, de vez en cuando, pareciera más interesado en cualquier otra persona que en mí.

Pero lo quería.

O al menos eso me repetía cada vez que algo me molestaba.

—¡Mira quién llegó! —escuché decir a un muchacho desde el estacionamiento.

No presté demasiada atención hasta que oí una carcajada.

—Hermano, te juro que un día de estos te van a romper la cara por esa boca que tienes.

—Que hagan la fila —respondió otra voz, tranquila y descarada.

Por alguna razón, aquella respuesta consiguió que levantara la mirada.

Y ahí estaban.

Los cuatro.

Apoyados alrededor de un automóvil negro que parecía costar más que todos los semestres de mi carrera juntos.

Max estaba sentado sobre el capó, con el cabello claro despeinado y una sonrisa de esas que seguramente le habían conseguido más números de teléfono de los que podía recordar. Emiliano, a su lado, llevaba una chaqueta oscura y jugueteaba con las llaves de otro automóvil. El tercero estaba ocupado revisando su teléfono.

Y, en medio de ellos, estaba Ángel Gael.

No necesitaba que nadie me dijera quién era.

En la universidad todos conocían su nombre.

Era el chico de los tatuajes, los automóviles caros y las noches que terminaban demasiado tarde. El que podía aparecer con una mujer un viernes y con otra el lunes sin que pareciera importarle lo que dijeran de él.

El que había protagonizado más de una discusión en los pasillos.

El que sonreía como si supiera algo que los demás ignoraban.

Y, por supuesto, el que mi novio detestaba.

Gael tenía el cabello oscuro, ligeramente desordenado, varios tatuajes que le subían por el cuello y esa mirada insolente de quien jamás había tenido que esforzarse demasiado para conseguir lo que quería.

Era absurdamente guapo.

De esos hombres que consiguen que una chica pierda el hilo de una conversación con solo pasar a su lado.

Pero yo no tenía ningún interés en comprobarlo.

O eso pensaba.

—Mira esa de ahí —murmuró Max, inclinándose hacia Emiliano—. La que viene detrás del novio.

—¿La morena? —preguntó Emiliano.

—¿Ves a otra?

Los tres miraron en mi dirección.

Yo fingí no darme cuenta y continué caminando.

—Está bonita —comentó uno de ellos.

—Bonita se queda corto —añadió Max—. Tiene una cara de no romper un plato.

—Las peores son esas —respondió Gael.

Su voz me llegó con claridad.

No era especialmente alta, pero tenía algo que conseguía hacerse escuchar entre el ruido de la universidad.

Apreté la carpeta contra mi pecho.

Perfecto. Lo último que necesitaba era convertirme en tema de conversación para aquellos cuatro idiotas.

—¿Y tú qué dices, Gael? —insistió Max—. ¿No vas a saludarla?

Escuché una risa breve.

—¿Para qué? Si todavía no me ha dado la oportunidad de conocer ese trasero.

Me detuve.

No de golpe, pero sí lo suficiente para que mis pasos perdieran el ritmo.

¿Perdón?

Durante un instante pensé que había escuchado mal.

Quizá el cansancio. Quizá el ruido. Quizá mi imaginación, que acababa de regalarme una razón para odiar a un hombre al que ya encontraba insoportable sin conocerlo.

Entonces giré la cabeza.

—¿Qué acabas de decir?

Los amigos dejaron de reír durante un segundo.

Gael, en cambio, pareció encontrar mi reacción bastante entretenida.

Me miró de arriba abajo, sin ninguna prisa, antes de llevarse el cigarrillo a los labios.

—Que tienes un buen trasero, preciosa.

Sentí que el calor me subía por el cuello.

No porque el comentario me hubiera gustado.

Sino porque lo había dicho delante de sus amigos, con una tranquilidad tan insultante que parecía esperar que le diera las gracias.

—¿Tú siempre hablas así con las mujeres? —pregunté.

—Solo con las que me hacen preguntas.

Max soltó una carcajada.

—¡Joder, hermano!

—Cállate —le ordenó Emiliano, aunque también estaba sonriendo.

Yo debería haber seguido caminando.

Debería haberle dicho un par de cosas, haberlo mandado al demonio y haber continuado con mi mañana.

Pero me quedé allí, sosteniéndole la mirada a aquel imbécil que parecía disfrutar cada segundo de mi indignación.

—Eres un arrogante.

Gael ladeó la cabeza.

—Y tú sigues aquí hablando conmigo.

Aquello me dejó sin respuesta durante un segundo.

Uno solo.

—No te confundas. No eres tan importante.

—Entonces deja de mirarme así, preciosa.

—¿Así cómo?

Su sonrisa apareció lentamente.

—Como si quisieras matarme o besarme. Todavía no decido cuál de las dos.

—¡Qué asco me das!

—Eso dicen todas al principio.

Max casi se dobló de la risa.

—Te juro que un día te van a denunciar, cabrón.

—Cuando llegue ese día, hablamos.

Puse los ojos en blanco y me dispuse a marcharme.

Fue entonces cuando Gael se movió.

Su mano me alcanzó por detrás y me apretó una nalga con descaro, como si tuviera derecho a hacerlo.




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