Amanecí lavándome las manos.
La tierra bajo las uñas no se iba con la primera agua, ni con la segunda. Tuve que frotar con el jabón de la cocina, despacio, uña por uña, mirándolas, mientras el sueño del pasillo se me iba deshaciendo en la memoria como se deshacen los sueños: por los bordes primero, después la escena entera, quedándome al final solo la certeza de la melodía, esa que ya podía tarareo completa y que me daba vergüenza saber de memoria.
Salí al jardín antes del café, con la luz baja y el pasto todavía mojado.
Mis huellas estaban ahí.
Descalzas, apenas marcadas, en la tierra floja del cantero de rosas: mis pies, mi tamaño, mis cinco dedos. Cinco pasos que empezaban — empecé a contarlas sin querer, como siempre, como quien mide su mala suerte — en el medio del cantero y caminaban hacia la pared de la casa, perdiéndose donde la tierra acaba y empieza el piso del corredor. Ninguna huella venía de la puerta hacia el cantero, que es como camina la gente: de adentro hacia afuera. Todas iban del cantero a la casa.
Como si yo hubiera nacido del lado de las rosas y vuelto a entrar.
No me acuerdo de nada. Dormí, soñé el pasillo, desperté en mi cama. En el medio, esa versión mía que camina de noche con los pies desnudos y la memoria apagada hizo lo que hizo, y no me dejó entrar a la parte en que lo hacía.
Tomé café de pie, con los ojos en el jardín, y saqué la conclusión única que me quedaba, que ya no era una conclusión sino una lista de compras: necesitaba hechos. Fechas. Nombres. Necesitaba saber cuántos, cuándo, y desde cuándo.
Agarré el cuaderno de Elena, el abrigo, y salí a buscar el archivo del municipio antes de que el miedo me encontrara desayunando.
[...]
El archivo municipal era un cuartito del fondo, con olor a papel viejo y a naftalina, atendido por un señor de lentes gruesos y chaleco de lana que supe era don Avelino antes de que nadie me lo dijera, porque era exactamente el hombre que uno imagina que guarda los papeles de un pueblo entero.
—Buen día —dije—. Quiero consultar el historial de una propiedad. La casa de...
—La de doña Rosa —dijo él, sin levantar la vista del registro que estaba copiando a mano, con una letra de escribano viejo, toda llenas y perfectas.
—Sí.
—Tome asiento, señorita Valdés.
Y ahí, en el cuartito del archivo, con la naftalina y la calma, se me paró el vello de los brazos de una manera nueva, porque yo no le había dicho mi apellido. Yo no le había dicho mi apellido a nadie en ese pueblo todavía.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Don Avelino levantó la vista por primera vez. Detrás de los lentes gruesos tenía unos ojos claros y gastados, de los que miraron tanto que ya no se sorprenden de lo que ven.
—Sé el nombre de todos los que preguntan por esa casa, hija —dijo, con una tranquilidad que no me tranquilizó nada—. Hace cuarenta años que pregunto lo mismo que usted. Siéntese. Esto va a tomar un rato.
[...]
Los registros oficiales decían poco, y lo poco que decían lo decían con esa prosa de las actas, que es la prosa del mundo cuando el mundo prefiere no enterarse: mudanzas, traspasos, dos o tres sucesiones, un remate de principios de siglo. Los habitantes anteriores constaban como "desocupado el inmueble" o "traslado con destino ignorado". Nadie figuraba como desaparecido. Desaparecido es una palabra grande, y en los registros del pueblo nunca pasó nada lo bastante grande como para usar palabras grandes.
Don Avelino lo sabía. Por eso tenía su propio cuaderno.
Era un cuaderno de tapas duras, forrado en tela, con las páginas llenas de esa letra de escribano viejo y muchas — muchas — columnas: nombres, años, edades, una última columna que no tenía título.
—Los registros dicen que se fueron —dijo, pasándome el cuaderno por encima del mostrador—. Yo anoto otra cosa. Anoto la edad que tenían cuando se fueron, la época del año, y si en la casa quedó algo o no quedó nada. Cuarenta años llevo. Mi abuelo empezó el cuaderno antes que yo. Pregúnteme por qué.
—¿Por qué?
—Porque mi abuela vivió en esa casa dos años —dijo, y se ajustó los lentes con un dedo, despacio, como si el gesto le ordenara también la cara—. Y en ese cuaderno no está, porque la sacamos a tiempo, y el que quita su gente de la lista se cree con derecho a vigilar la lista. Usted verá, señorita. Verá usted.
Pasé las páginas. La letra cambiaba de mano dos veces: la del abuelo, más apretada, y la de don Avelino, más redonda. Los años bajaban como escalones: nombres, edades, épocas.
—Fíjese en los años —dijo él, que ya sabía en qué página estaba—. Los grandes silencios.
Los conté, porque ya no me quedaba otro modo de mirar esa casa que no fuera contando. Los vacíos de la lista tenían un compás: cuando la casa estaba ocupada y atendida, el cuaderno se quedaba años sin escribir. Cuando quedaba sola, cada — clavé el dedo en la página, y volví a contar, casi rezando para que no me saliera lo que me salió— cada siete años, don Avelino. Cada siete años, en la lista de su abuelo, hay un nombre nuevo.
—Siete —repitió él, con una calma que era la peor manera de decir que sí—. Como las sillas, señorita. Como el escalón que no suena. Como los rosales del frente, que son siete, si usted se toma el trabajo de contarlos, cosa que la mayoría de este pueblo hizo una sola vez en su vida y después prefirió no repetir. Esa casa habla en siete. Siempre habló en siete. Mi abuelo decía que la pregunta no era qué significaba el siete. La pregunta era qué espera la casa al final de sus sietes.
Editado: 06.10.2026