La chica peculiar

Capítulo 6: Incapaz

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Tori, Tori está volando. Eso es imposible, Tori no puede volar, es un ave herida. Lo recuerdo, lloré cuando se fue. Mi mamá trataba de consolarme y explicarme que es natural que los seres vivos mueran. Lo que ella no entendía es que seguiría llorando sin importar que me dijera o explicara. Nunca supe del dolor de la muerte hasta ese entonces. Llorar era lo normal, al igual que la muerte.  

Ese no es Tori. Tori es un pájaro maltratado y sin rumbo. A la que estoy viendo, soy yo, cayendo una y otra vez al abismo, partiéndome y rearmándome incontables veces. Ahora comprendo lo que Tori sentía, su dolor y sus deseos de libertad, lo que el anhelaba al observar a otros pájaros en el patio trasero de mi casa. Yo también quiero emprender vuelo e irme de mi caída. ¿Estaré herida? ¿Por eso es que no consigo volar?

Tori iba a morir inevitablemente, en el fondo lo sabía, solo que no quería aceptarlo. Cuando uno muere todo se termina, es el fin. No quiero ser como Tori y pensar que mi destino es maldecirme por siempre hasta el final de los tiempos. En parte porque aún hay muchas cosas que no he podido hacer, por otra, redimirme. Quiero ser mejor de lo que soy, con Lila, con mi mamá... Y aunque no tenga a nadie más, era feliz. Incluiría a mi papá, sin embargo, cuando lo de Tori sucedió, él estaba engañando a mi madre con la chica de la limpieza.

Es una pena que tenga que pasar por todo esto para darme cuenta. Ahora no sé si tengo vuelta atrás, si puedo regresar a tierra firme.

Cuando menos lo esperé, me detuve. El cielo se apagó y mi conciencia se iba desvaneciendo poco a poco.

El canto de las aves me despertó. Me encontraba desnuda debajo de las reconfortantes sabanas de mi cama, empapada debido al calor del verano.

—¡Mamá! —llamé.

No respondía.

Miré la hora en el reloj: 07:23 AM. ¿Se habrá ido al trabajo?, me pregunté mientras tomaba una ducha de agua hirviendo (no tan así) y dejaba cargar mi boca con agua para luego ingerirla. Estaba sedienta y no me importaba que sea de la ducha. Luego cepillé mis dientes, me vestí para la escuela y me quedé a esperar paciente en la silla de la mesa principal. Dejando que la silenciosa mañana me llene de paz. De vez en cuando le eché un ojo a la televisión con el volumen bajo, en el canal de las noticias donde me interesaba más la hora que las terribles acciones de nosotros los humanos: "Asesinato en la calle..." o "Denuncias a un ginecólogo por...". Los minutos transcurrían eternos y aburridos. Me tocó esperar.

Faltando media hora para que comenzaran las clases, impaciente, me subí a mi bicicleta y me marché de casa. Cuesta abajo me dejé guiar por la gravedad, algo que se agradece cuando es “temprano”, pero al salir de la escuela es un martirio para mis delgadas piernas.

Pronto me topé con el clamor de una multitud frente a un relativamente nuevo comercio. Pancartas y cacerolas reclamando por los injustos despidos. La situación económica era desfavorable para los que vivían el día a día en Welttob. Y eso me incluía.

Si se preguntan cómo voy a una escuela de renombre teniendo las monedas contadas, tengo que decir que es gracias a que mi mamá y la de Lila son grandes amigas. Además, mi papá aún tiene un poco de dignidad.

Pasé por un sitio de comida rápida, la lavandería y la casa de Lila para finalmente llegar a El lago diáfano. El maravilloso establecimiento en el cual, en la entrada, esperaba Sábita apoyado sobre la pared y charlando con un grupo de chicas y chicos. Desde esta distancia parecía tan decente, nada comparado a la bestia inmunda del otro día. Me pregunto cómo se pondrá al verme.

—Sábita —Me acerco con la bici a mi lado—, tenemos que hablar —digo, con cara de pocos amigos.

El grupo a su lado me mira raro, de no ser porque estaba concentrada en Sábita sus miradas me pondrían de los nervios. Y más cuando una de las chicas murmura sobre mi aspecto. Supongo que mis ojeras me dan una apariencia de loca.

Me responde con amabilidad, con todo el temple del mundo. ¿En verdad es Sábita?

—Claro, sígueme, hablemos en privado —dijo.

Asiento, aunque poco tardo en darme cuenta que no debía aceptar ir con alguien como él a solas. Lo acompaño hacia un lateral de la escuela donde nadie nos podría ver. Frente a frente me quedé sin palabras en la boca. Puse en duda sobre si su actitud calma se debía al hecho de que todo fue una pesadilla.

—Celeste, ¿qué querías decirme? Te escucho.

Tragué saliva.

—No quiero que nos veamos nunca más. Fue una equivocación, Lila no se merece...

—¿Qué es lo que no merezco? —Lila me interrumpió.

Por un fugaz instante, otra vez, pude notar la expresión diabólica en Sábita. Su sonrisa de oreja a oreja, la de un lobo disfrazado de cordero, de un demonio en la tierra.

—Yo le explico —se me adelantó Sábita—. Cómo acabas de oír y, tal como te dije que esperaras escondida, esta fue mi mejor manera de expresarte mis disculpas, Lila. Celeste y yo, estuvimos saliendo a tus espaldas —En ese momento su voz se puso más intensa y sus gestos cambiaron exageradamente—. Su egoísmo, el egoísmo de Celeste me persuadió, sabía que estaba mal, pero amenazo con mentir sobre que la abuse el día en que se juntaron a hacer el trabajo de historia. No supe cómo manejar esa situación, por favor perdóname, Lila.

Sus lastimeros ojos eran tan falsos que me repugnaba saber que Lila le estaba creyendo. Quise decir algo, pero la cólera de Lila se desato sobre mí. Antes de que se me acercara para golpearme, Sábita se interpuso haciendo de niño bueno.

—Lila, te lo pido, no te pelees. Es una chiquilla manipuladora, no te ensucies las manos por alguien así.

Ahí estaba yo, de nuevo, corriendo asustada cómo una estúpida.




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