La cita del divorcio

Capítulo 46: La Victoria Amarga

El silencio después de la llamada fue más ensordecedor que cualquier explosión.

"...es hora de que negociemos los términos de su rendición."

Alexander seguía de pie junto al escritorio, el teléfono aún en su mano.

La luz de la ciudad se reflejaba en sus ojos, pero eran opacos. Indescifrables.

Había hecho jaque mate al Rey.

Isabella lo observaba desde su silla.

El aire en el penthouse crepitaba con una tensión casi insoportable.

Él había ganado. Habían ganado.

La bala de plata encontrada en el laberinto de Eleanor había dado en el blanco.

Pero él no parecía victorioso.

Parecía... vacío.

Ella bajó la mirada a su propia pantalla.

Al disco duro de Eleanor.

La carpeta que seguía allí, ominosa.

"ST - Incidente Iglesia - Testimonio Ocular".

La advertencia de Eleanor resonaba en su cabeza.

"La verdadera guerra... siempre fue contra Sebastián." "Está obsesionado contigo."

Alexander había descartado la advertencia.

Ciego por su propia guerra contra Dietrich.

¿Pero y si Eleanor hubiera dicho la verdad por una vez? ¿Y si el verdadero peligro no era el Rey herido, sino el Príncipe Psicópata?

Sus dedos flotaron sobre el trackpad.

Un clic. Solo un clic y podría...

No.

Se detuvo.

¿Qué estaba haciendo? Acababan de ganar.

Alexander acababa de lograr la victoria de su vida, la que llevaba persiguiendo desde niño.

¿Y ella iba a sabotear ese momento?

¿Iba a clavarle una cuña de duda, basada en las palabras venenosas de Eleanor?

Le debía lealtad. Se la había jurado.

Había elegido su bando.

Y además... ¿qué encontraría? ¿Un "testimonio ocular"

de qué? ¿De qué Sebastián huyó? Ya lo sabía.

¿Quizás una justificación? ¿Una excusa? ¿Algo que lo haría parecer menos cobarde? No. Alexander tenía razón. Eleanor era una manipuladora.

Probablemente era otra mentira, otro intento de sembrar discordia.

Cerró la ventana del explorador de archivos. Dejó el disco duro tranquilo. Por ahora.

El silencio se estiró. Uno. Dos. Cinco minutos.

Alexander no se movía. Seguía mirando la ciudad, perdido en sus pensamientos.

-¿Alexander? —Su voz era suave.

Él parecía despertar. Parpadeo.

Se giró hacia ella.

La máscara de hielo estaba de vuelta, pero era delgada. Quebradiza.

— ¿Qué pasa ahora? —preguntó ella.

—Ahora... —dijo él, su voz recuperando algo de su fuerza—... esperamos.

—¿Esperar? ¿A qué?

—A que el Rey decida cómo abdicar. —Caminó hacia la barra.

Se sirvió un vaso de agua, no de whisky. Un cambio—.

Puede que intente una última jugada.

Puede que intente sacrificarnos a ambos para salvarse.

Puede que... simplemente... se rinda.

—¿Crees que se rendirá? ¿Dietrich Thorne?

Alexander bebió el agua. —No lo sé. —La admisión fue sorprendente—.

Nunca lo he acorralado así. Siempre juegue según sus reglas.

Hasta ahora.

Se apoyó en la barra. La miro. — ¿Qué encontraste en esos correos? ¿Los de Eleanor y Smithson?

La pregunta la tomó por sorpresa.

Cambiando de tema. O quizás... auditándola de nuevo.

—Confirmaban... lo que usted dijo —mintió Isabella—.

Que trabajaron juntos en la anulación.

Para borrar el rastro del acuerdo original. Para proteger a Dietrich.

Él ascendió. Como si lo esperara. —¿Algo más?

—No. Nada relevante.

La mentira le quemó la garganta.

Pero la sostuvo. Por él.

Él la estudió. Sus ojos eran demasiado penetrantes.

Vio la evasión. Pero no la presionó.

Quizás no quería saber. O quizás estaba demasiado concentrado en Dietrich.

—Bien. —Volvió al escritorio—.

Mientras esperamos la llamada del Rey... hay trabajo que hacer.

Abra su computadora portátil. La guerra nunca paraba.

—La caída de las acciones se ha detenido. La recompra funcionó.

Pero necesitamos consolidarnos.

Quiero un plan para reestructurar la deuda de Acero Atlas usando los activos congelados de Eleanor como garantía colateral.

— ¿Usar el dinero robado de Eleanor para pagar la compañía que le quitaste a Dietrich?

—Poético, ¿verdad?

Trabajaron.

La tensión era diferente ahora.

Ya no era la tensión del miedo.

Era la tensión de la anticipación. La calma antes del final.

Isabella se sumergió en los números.

Era más fácil que pensar en las mentiras, en las carpetas sin abrir, en la mirada vacía de Alexander.

Pasó una hora. Dos. El sol empezó a bajar de nuevo, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.

Bzzt.

El teléfono de Alexander.

Ambos se congelaron. Se miraron.

Él lo cogió. Miró la pantalla.

Su rostro se endureció. —Es él.

Contestó. Puso el altavoz.

—Alexander. —La voz de Dietrich Thorne. Ya no era la voz del poder tranquilo. Era... tensa. Cansada. Derrotada—. Recibí tu... mensaje.

—Padre —dijo Alexander. La palabra sonó extraña. Formal. Fría—. Esperaba tu llamada.

— La grabación. Berlin. Es...auténtica. —No era una pregunta.

—Por supuesto. Eleanor era muchas cosas, pero era meticulosa.

Hubo un silencio. Isabella podía oír la pesada respiración de Dietrich al otro lado de la línea.

— ¿Qué quieres? —La pregunta era rendición.

Alexander miró a Isabella. Y ella vio la victoria en sus ojos.

Pero no era triunfante. Era... amarga.

—Quiero tres cosas, padre.

—Dilas .

—Uno: Total retirada.

Te retirarás de Thorne Enterprises.

Mañana. Anunciarás motivos de salud.

Sebastián asumirá como CEO interino.

— ¿Sebastián? ¡Es un idiota!

—Es tu idiota. Y es lo suficientemente incompetente como para que yo pueda desmantelar tu imperio pieza por pieza desde dentro en los próximos cinco años sin que él se dé cuenta.




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