"Sebastián."
Las palabras de Alexander resonaron en el auricular, frías y afiladas como el hielo.
Isabella se quedó quieta junto al escritorio de vidrio. La laptop seguía abierta frente a ella, mostrando el laberinto de archivos de Eleanor.
La carpeta "ST - Incidente Iglesia" estaba cerrada, pero su sombra se proyectaba sobre todo.
—A... ¿Sebastián? —repitió, asegurándose de haber oído bien—.
¿Ahora? ¿Por qué? ¡Acabamos de neutralizar a Dietrich!
— Exactamente. —La voz de Alexander era helada—. Mi padre está herido. Humillado. Se retirará a lamerse las heridas. Pero Sebastián... él es diferente.
—¿Diferente cómo?
—Es débil. Es impredecible. Y ahora... está desesperado. —Hubo una pausa—.
Acaba de perder su única carta contra mí: Tu.
Su "correa" se rompió.
—Él cree que todavía estoy casada con él —le recordó Isabella.
La anulación era un secreto entre ella, Alexander y los abogados.
— Cree que perdiste tu valor como rehén. Te enfrentaste a él. Elegiste mi bando. Para él, estás "contaminada". Ya no sos su premio.
» Pero —continuó Alexander, y su voz se endureció— sigue siendo un Thorne.
Sigue siendo el "heredero" (aunque sea de un imperio en ruinas).
Y odia perder.
Especialmente contra mí.
—¿Qué creés que hará?
— Intentará salvar algo de las cenizas. Intentará demostrarle a papá que no es un completo inútil.
¿Y cuál es la única cosa que cree que aún puede controlar?
Isabella no tuvo que preguntar. La respuesta estaba en la grabación que acababa de escuchar. En la amenaza de Dietrich.
—A mí —susurró.
— A ti. —La confirmación fue un golpe sordo—.
No como esposa. No como rehén. Sino como... venganza.
Si no puede tenerte, se asegurará de que yo tampoco te tenga.
La advertencia de Eleanor. "Está obsesionado contigo."
"No se detendrá ante nada."
El frío que sintió Isabella no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
Era el frio del miedo puro.
— ¿Dónde está él? —preguntó, su voz era apenas un hilo.
— En Chicago.
—¿¡QUÉ!?
— Llegó anoche. En un Jet privado.
Se registró en la Península con un nombre falso.
Hawk lo tiene vigilado desde que aterrizó.
Sebastián. En la misma ciudad. A pocas cuadras.
Sabiendo que ella estaba aquí. Sabiendo que había "perdido".
—¿Por qué no me lo dijiste?
— Porque hasta ahora, era irrelevante.
Un perro ladrando fuera de la jaula. —La voz de Alexander era despiadada—.
Pero ahora... ahora que papá está fuera de juego... el perro rabioso está suelto.
Y hay que ponerlo a dormir.
— ¿Ponerlo a...? ¡Alexander, no! ¡No puedés...!
— ¿Matarlo? —Se rio —.
No seas melodramática, Isabella. No soy mi padre.
Yo no "desaparezco" a la gente.
"No. Yo tengo algo mucho más... elegante en mente.
Isabella esperaba, el corazón latiendo con fuerza.
— Tu anulación —dijo él—.
El arma que él cree que no tenemos.
—¿Qué pasa con ella?
— La vamos a usar. Pero no legalmente. No todavía.
» Quiero que lo cites.
—¡Yo!
¿Citarlo?
— Exactamente. Él te citó a ti para humillarte.
Ahora tu lo vas a citar a él... para destruirlo.
—¿Dónde? ¿Cuándo?
— Aquí.
Isabella miró alrededor del ático .
—¿Aquí? ¿En este piso? ¡Es una locura!
—Es perfecto. —La satisfacción en la voz de Alexander era palpable—.
Este es mi territorio. Mi fortaleza.
Él vendrá aquí, creyendo que viene a reclamarte".
—Y qué pasará cuando llegue?
— Tu lo recibirás. Sola.
El pánico la golpeó de nuevo.
—¿Sola? ¡Alexander, El...!
—Él es un cobarde, Isabella.
Solo ataca cuando cree que tiene ventaja.
Vendrá aquí esperando encontrarte sola, asustada.
» Y encontrará... —hizo una pausa— ...a la Reina en su trono.
—No entiendo...
— Lo vas a recibir.
Vas a escuchar sus amenazas, sus súplicas, su veneno.
Vas a dejar que crea que te está recuperando.
—¿Para qué?
— Para que yo pueda escucharlo todo.
—La revelación fue un golpe frío—.
Este lugar está cableado, Isabella.
Cada palabra, cada susurro. Lo grabaré.
—¿Y luego?
— Luego... le mostrarás los papeles de la anulación.
Isabella visualizó la escena. La humillación.
La rabia de Sebastián al darse cuenta de que había sido engañado de nuevo.
—Se volverá loco —susurró ella.
—Sí . Y cuando lo haga... cuando pierda el control...
—Alexander hizo una pausa—. ...yo entraré.
—¿Y qué harás?
— Le ofreceré un trato. El mismo que le ofrecí a mamá.
» Su silencio... a cambio de su libertad.
Isabella estaba horrorizada. — ¿Qué libertad?
— La grabación de la iglesia. —Alexander fue implacable—.
La prueba de que papá lo golpeó. La prueba de que lo amenazó.
La usaré para asegurarme de que Sebastián desaparezca. Para siempre.
Lejos de ti. Lejos de mí.
Era... maquiavélico. Estaba usando la verdad (la que Isabella le había ocultado) para exiliar a su propio hermano.
— ¿Cómo...? ¿Cómo sabés de la grabación de la iglesia?
El silencio al otro lado de la línea era largo. Demasiado largo.
— Porque la encontré —dijo él finalmente.
Su voz era plana. Muerta—. Mientras tu dormías.
Isabella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Él lo sabía.
Sabía de la carpeta. Sabía el golpe.
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Editado: 23.10.2026