Las horas que siguieron a la llamada fueron un purgatorio helado.
El sol se puso sobre Chicago, pintando el cielo de tonos violentos de naranja y púrpura que se reflejaban en las ventanas del penthouse .
Alexander había vuelto al Ala Oeste, a su guarida, dejando a Isabella sola en el vasto salón.
Sola con el eco de la voz de Sebastián.
Sola con la verdad que le había ocultado a Alexander.
Sola con la orden de tenderle una trampa a su propio (legalmente) esposo.
No hubo más comunicaciones.
No hubo más órdenes. Solo el silencio.
A las 7 pm, Isabella se dio cuenta de que tenía que prepararse.
¿Para qué? ¿Para una cita falsa? ¿Para una emboscada?
Fue a su habitación.
Abrió el armario. Los trajes de VP. La ropa cara de "amante". Sus viejos jeans.
Nada parecía correcto.
¿Cómo se vestía un cebo?
Eligió la neutralidad. Unos pantalones negros de vestir, de corte impecable .
Una blusa de seda color borgoña oscuro, casi negro. Elegante, pero severo. El pelo...lo dejó suelto, pero lo alisó, controlando las ondas. Maquillaje mínimo. Labios desnudos .
Quería parecer profesional, pero accesible. Se miró en el espejo. Vio a una extraña. Una mujer hecha de retazos: la eficiencia de Alexander, la herida de Sebastian, la manipulación de Eleanor. Y debajo de todo eso...
¿Quién era Isabella Rossi? Ya no lo sabía.
A las 8:30 pm, él apareció.
Salió del Ala Oeste. Se había cambiado.
Ya no llevaba el traje gris del día. Llevaba pantalones negros, zapatos de cuero impecables y un suéter de cuello alto de cachemira negro.
Informal, pero la informalidad de un depredador que no necesita armadura.
No dijo nada sobre su aspecto. Solo la evaluó. Asintió.
—Hawk está abajo. —Su voz era tranquila. Demasiado tranquilo—.
Te dará el auricular.
—Ya sé el plan.
—El plan siempre cambia.
—Se acercó. Se detuvo a un metro.
La tensión entre ellos era una cuerda a punto de romperse—.
Recordá: él cree que sos débil. Cree que tenés miedo de mí. Usalo.
—Y si... y si no funciona? ¿Y si no viene?
—Vendrá. —La seguridad en su voz era absoluta—.
La curiosidad. El ego. Y la necesidad de restregarme su "victoria" en la cara.
Vendrá.
Le tendió algo. Un pequeño botón metálico.
—¿Qué es esto?
—Un botón de pánico.
Discreto. Si algo... realmente sale mal... aprietalo.
Hawk entrará. Pero solo como último recurso.
¿Entendido? Arruinaría la grabación.
Isabella tomó el botón frío. Lo deslizó en el bolsillo de su pantalón.
—Entendido.
—Bien. Vamos.
Bajaron en el ascensor en silencio.
En el garaje el Maybach esperaba.
Esta vez, él no subió con ella.
—Hawk te lleva. Yo voy en el vehículo de vigilancia.
Estaré escuchando cada palabra.
Abrió la puerta para ella. Un gesto frío, impersonal.
Ella subió. Hawk cerró la puerta. Se sentó en el asiento del copiloto.
El conductor arrancó.
Estaba sola en la parte de atrás.
Hawk le pasó el auricular. Isabella se lo puso.
El frio familiar en su oido.
Sonó un clic.
—Prueba . —La voz de Alexander. De hielo puro.
—le oigo —susurró ella.
-Bien . No hables a menos que sea necesario.
Él podría tener contramedidas. Concéntrate.
El viaje al Península fue el más largo de su vida. Veinte minutos que se sintieron como veinte años.
Isabella repasó mentalmente la grabación de la iglesia.
El golpe. La amenaza. "O la próxima vez... será para ella."
¿Estaba llevando a un hombre abusado a una trampa?
¿O estaba neutralizando a un monstruo obsesivo?
Ya no sabía la diferencia. Solo sabía que tenía que sobrevivir.
Y que la única forma de sobrevivir era al lado de Alexander.
Llegaron.
El Península. Un bastión de lujo.
Luces cálidas, porteros uniformados.
El opuesto exacto del minimalismo brutal de "The Aviary".
Este era el territorio de Sebastián. Cómodo. Opulento. Falso.
—Diez minutos antes de las nueve —dijo Hawk—.
Vaya al bar. Pida una mesa tranquila. Espere.
—¿Y tu?
—Estaremos cerca. Invisibles.
Isabella respiró hondo.
Abrió la puerta. Salió.
Entro al lobby del hotel. Mármol, arañas de cristal, el murmullo suave del dinero.
Siguió las señales hacia "The Bar". Era oscuro, íntimo, paneles de madera, sofás de cuero. Olía a whisky caro y a cigarros (aunque ya no se permitía fumar).
Una anfitriona elegante la saludó.
—Una mesa para dos, por favor. Tranquila.
La llevó a un rincón apartado. Una pequeña mesa redonda, dos sillones de cuero enfrentados. Perfecto para una conversación... o una emboscada.
Isabella se sentó de cara a la entrada. Pidió agua sin gas.
Esperó.
El reloj en su teléfono marcaba las 8:58 pm
El clic en su oido —Está entrando. —La voz de Alexander. Tensa.
Isabella levantó la vista.
Sebastian Thorne entró al bar.
Se veía... diferente. No llevaba la camisa de lino lavanda. Llevaba un traje.
Azul oscuro. Elegante. Pero no le quedaba bien.
Parecía... prestado. O como si hubiera perdido peso.
Su cabello estaba perfecto, pero había ojeras bajo sus ojos azules.
Y la sonrisa perezosa... no estaba.
En su lugar, había una tensión nerviosa que intentaba ocultar.
La vio. Y caminó hacia ella.
-Isabella. —Su voz era más baja.
Menos arrogante.
Se sentó frente a ella. El mesero apareció.
-Whisky. Macallan 18.
Solo —ordenó, sin mirar al mesero.
Sus ojos estaban fijos en ella.
—Te ves... —empezó él.
—Cansada —terminó ella. Era la verdad.
-Si. —Él está avanzando—. Supongo que jugar a ser la Reina de Hielo agota.
—¿Qué quieres preguntar, Sebastián? —Fue directa.
#314 en Thriller
#105 en Suspenso
matrimonio forzado y amor prohibido, oficina jefe, tragedia dark romance
Editado: 23.10.2026