El viaje de regreso al penthouse fue un descenso a un infierno diferente.
El Maybach se movía en un silencio sepulcral, roto solo por la respiración tensa de Isabella y el sonido casi inaudible de la tela cara del traje de Alexander al moverse.
Ella se había apartado. Él no había insistido.
La brecha entre ellos era ahora un abismo frío. La alianza forjada en la batalla contra Dietrich se había resquebrajado con la brutalidad de la captura de Sebastian.
Llegaron. El garaje subterráneo. El ascensor privado.
Las puertas se abrieron al ático . La luz artificial de la noche (eran casi las 10 pm) hacía que el lugar pareciera aún más frío, más irreal.
Hawk estaba allí. Esperando. Su rostro, una máscara.
—Señor. El paquete está asegurado en la biblioteca. Está... desorientado, pero contenido.
"Contenido". La palabra sonó obscena.
Alexander asintió. —Bien. Mantenga a sus hombres fuera de la vista, pero listos. Nadie entra, nadie sale.
—Sí, señor.
Hawk se retiró hacia el área de servicio.
Alexander se quitó el saco. Lo dejó caer sobre uno de los sofás blancos.
Se dirigió a la barra. Se sirvió un whisky. Solo uno. Lo sostuvo, pero no bebió.
Isabella se quedó parada junto al ascensor.
No sabía dónde iba. No sabía qué hacer. Se sintió como un fantasma en su prisión.
—Ven—dijo él, sin mirarla. Su voz era plana.
Ella no se movió.
Él se giró. La miro. —¿Miedo?
—Asco —replicó ella.
Él absorbió el golpe. Un leve tic en su mandíbula. —Es necesario. Para terminarlo. Para que estés a salvo.
—¿a salvo? —Ella se rió, su risa rota de nuevo—.
¿Secuestrando gente? ¿Drogándola? ¿Así es como usted... como tu ... mantienes a la gente "a salvo"?
Él dejó el vaso de whisky en la barra con un tintineo seco. Camino hacia ella.
— ¿Preferirías que lo hubiera dejado libre? ¿Después de lo que oíste en esa grabación? ¿Después de su amenaza en "The Aviary"?
—¡Había otras formas!
-¡No! —Su voz era un látigo—. ¡No con él! ¡No con mi padre! ¡La única forma de detener a una serpiente es cortarle la cabeza! ¡Y eso es lo que vamos a hacer!
Se detuvo frente a ella. Tan cerca como la noche anterior. Pero esta vez, no había calor. Solo hielo.
—Vas a quedarte aquí —ordenó—. No vas a intervenir. No vas a decir nada. Solo vas a observar. Quiero que veas cómo termina.
Quiero que veas cómo te libero.
La palabra "líbero" sonó hueca.
Él se dio vuelta. Y caminó hacia la biblioteca.
Hacia el Ala Oeste. Hacia su hermano.
Isabella lo vio irse. Y una parte de ella quiso gritarle que se detuviera. Que esto estaba mal. Que se estaban convirtiendo en los monstruos que decían odiar.
Pero otra parte... la parte que había probado el poder, la parte que había sido humillada, la parte que temía la "correa" de Sebastian... esa parte se quedó callada. Y observó.
Se acercó sigilosamente al umbral de la biblioteca. Se quedó en las sombras del gran salón, oculta.
La biblioteca estaba iluminada solo por una lámpara de escritorio sobre la mesa donde Alexander había roto el vaso.
Sebastian estaba allí.
Sentado. No estaba atado. Estaba desplomado en uno de los sillones de cuero frente al escritorio. Su traje azul estaba arrugado. Su cabello, normalmente perfecto, estaba despeinado.
Y sus ojos... sus ojos azules estaban inyectados en sangre, mirando a Alexander con un odio puro marcado.
Alexander estaba de pie frente a él. Entre Sebastián y la salida. El depredador alfa, controlando la jaula.
—Despertaste —dijo Alexander, su voz tranquila.
Sebastián no respondió. Solo lo miro con odio.
—¿Confundido? —preguntó Alexander—. ¿Te preguntás cómo tu plan perfecto salió tan mal?
—Isabella... —gruñó Sebastián—. Esa perra traidora...
—Ella cumplió mis órdenes —lo corrigió Alexander—. Como una buena empleada.
— ¿Empleada? —Sebastián se río, una risa áspera—. ¿Es eso lo que te dice? ¿Mientras se acuesta en tu cama?
Alexander no reaccionó al veneno. —Ella no es el tema aquí, Sebastián. El tema eres tú. Y tu... futuro. O la falta de él.
— ¿Vas a matarme? —preguntó Sebastián, casi con aburrimiento—. Adelante. Hazme un favor. Papá te odiará para siempre.
—Tentador —admitió Alexander—. Pero no. Tengo algo mejor.
Camino hacia el escritorio. Cogió un sobre manila. Lo arrojó sobre la mesa frente a Sebastián.
—Tu libertad.
Sebastián lo miró con desconfianza. — ¿Qué es esto?
—La anulación.
Firmada por ella. Esperando tu firma.
Una copia para ti, una para mí. Anulación total.
Como si nunca hubiera existido. Libre.
Sebastián lo miró. Luego empezó a reír. Una risa histérica, incrédula.
—¿Y crees que voy a firmar eso? ¿Después de lo que me hiciste? ¿Después de que ella me traicionó?
¡Ni loco! ¡Sigue siendo mi esposa! ¡Y voy a usar eso para destruirte!
—No, no lo harás. —La voz de Alexander era de hielo puro.
—Ah, ¿no? ¿Y quién me va a detener? ¿Tu? ¿Tus matones?
—Yo. —Alexander sacó su teléfono seguro. Abrió un archivo—. Y esto.
Apreto "Play".
El sonido llenó la biblioteca silenciosa. La voz áspera de Dietrich. El grito ahogado de Sebastián.
El CRACK del golpe. La amenaza contra Isabella.
Isabella, en el umbral, cerró los ojos. Oírlo de nuevo fue como una puñalada.
Sebastián quedó congelado en el sillón. El color desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron con un horror primordial.
Alexander detuvo la grabación.
—Papá siempre fue... persuasivo, ¿verdad? —dijo Alexander, su voz suave, casi compasiva.
Pero era la compasión de un cirujano antes de cortar—. Lástima que mamá lo grabará todo. Y que yo lo encontrara.
Sebastián lo miró. Roto. Humillado. Expuesto en su momento más débil.
—¿Qué... qué quieres? —susurró.
#314 en Thriller
#105 en Suspenso
matrimonio forzado y amor prohibido, oficina jefe, tragedia dark romance
Editado: 23.10.2026