La noche se posó sobre la ciudad como una manta pesada. Desde el interior de la gasolinera, los chicos podían ver, a lo lejos, los resplandores anaranjados de incendios, como heridas abiertas en la piel de un mundo que se deshacía. El aire olía a caucho quemado, a gasolina, a desesperanza.
Nick extendía un mapa arrugado sobre la mesa registradora, con una linterna pequeña apuntando. Lo sostenía con una mano mientras con la otra marcaba rutas con un bolígrafo seco que apenas escribía.
—“Si tomamos la autopista 67 y rodeamos por esta zona boscosa... deberíamos llegar a la siguiente ciudad en unas cuatro horas, más o menos.”
Todos estaban en silencio. Escuchaban, pero nadie parecía tener energías para reaccionar de inmediato.
—“¿Quieres que salgamos ahora?” —preguntó Nickole, con los ojos algo rojos de cansancio—. “¿Y si descansamos al menos esta noche? Aquí estamos seguros. Podríamos... no sé, poner todo en orden en nuestras cabezas.”
Nick suspiró. Apoyó ambas manos sobre el mapa, agachando la cabeza.
—“No es mala idea. Pero si salimos ahora, podríamos ganar tiempo. Suministros, rutas de escape, puestos de evacuación... si es una infección, tal vez aún tengamos tiempo de aislarnos. Y... con algo de suerte, nuestros padres llegarán después.”
Su voz tembló un segundo. Todos notaron cómo evitó decir “si es que aún están vivos”.
Estefani, con un tono suave pero firme, intervino desde un rincón, sentada sobre un colchón improvisado:
—“Niki... estamos agotados. Tenemos comida, agua, medicamentos... solo una noche, por favor.”
Jordan, medio acostada sobre una caja de frituras, sonrió mientras masticaba un nacho.
—“Sí, Niki... tómatelo con calma. No vas a salvar al mundo en una sola noche, ¿o sí?” —bromeó mientras le ofrecía un nacho a Nick acercándolo a su boca—. “Ándale, líder, toma uno. Es de queso.”
Los demás rieron. Por un instante, por mínimo que fuera, hubo un momento de paz. Como si dentro de esas cuatro paredes el mundo exterior no existiera.
—“Está bien, está bien,” —cedió Nick mientras masticaba el nacho de mala gana—. “Nos quedaremos. Pero manténganse alerta. Si alguien intenta comernos la cara, quiero que estén listos.”
—“Tranquilo, hermanito,” —intervino Nickole, tirándose sobre un montón de mantas—. “Yo solo quiero comerme la cara de este desquiciado.”
Se lanzó encima de Marcus, lo agarró de los cachetes y los movió con fuerza.
—“Raaaaawr, cachetes sabrosos.”
—“¡Hey! ¡Ya basta!” —dijo Marcus, apartándola con vergüenza mientras las risas estallaban a su alrededor.
El motor del auto ronroneaba débilmente mientras atravesaban una avenida semi bloqueada por autos abandonados. El cielo gris, denso y cargado de humo, proyectaba una luz enfermiza sobre la ciudad. Al fondo, columnas negras se elevaban como heridas abiertas, y el olor a quemado se mezclaba con el hedor dulzón y pesado de la carne en descomposición.
Nick mantenía ambas manos firmes sobre el volante, los nudillos blancos por la presión.
—Carajo… —murmuró, sin apartar la vista del horizonte.
—Espero que no haya sido una mala idea.
Wendy, sentada a su lado, lo miró de reojo, con un gesto cansado pero determinado.
—Tal vez no sea tan malo… de cualquier forma tenemos que atravesarla.
En los asientos traseros, Alfred soltó un resoplido que sonó más a preocupación que a fastidio.
—¿Y ustedes creen que todavía tengan zonas en cuarentena? ¿O algún sitio donde evacuen gente? —se inclinó hacia adelante—. Esa ciudad también se está cayendo.
Emily, recostada contra la ventana y masticando chicle como si el fin del mundo no estuviera a metros de distancia, le dedicó una sonrisa burlona.
—¿Estás asustado, viejo?
—Eso es… búrlese, chica con un arma sin cargador —replicó Alfred, sin mirarla.
La risa se expandió por el auto, breve pero necesaria. Aunque no borraba el miedo, lo empujaba unos pasos atrás.
Las calles empezaron a angostarse. Los costados del camino estaban llenos de autos chocados, algunos con puertas abiertas y bolsas de supermercado derramadas en el suelo. Vidrios rotos brillaban entre charcos sucios, y de vez en cuando, un cuervo o un perro callejero salía huyendo al escuchar el motor.
Al llegar a una intersección, el paso estaba bloqueado por un derrumbe: un edificio había cedido y parte de su estructura reposaba en medio de la calle, aplastando vehículos.
Nick soltó el aire por la nariz.
—Hasta aquí llegamos.
Jordan se inclinó hacia adelante, mirando con ojos muy abiertos.
—¿Qué? ¿Vamos a bajar aquí?
Los demás empezaron a protestar, voces superpuestas llenas de nervios.
—Miren —dijo Nick, con tono firme—, es esto o volver por donde vinimos… y allá tampoco nos espera nada bueno.
Héctor frunció el ceño.
—¿Y a dónde piensas que iremos sin el auto? Esas cosas podrían… comernos.
Nick giró hacia él, intentando que su voz sonara tan tranquila como autoritaria.
—El auto no puede cruzar por aquí, y si seguimos dentro, el ruido atraerá a esas cosas. Vi varios helicópteros antes de entrar… quizá, del otro lado, el ejército esté recibiendo sobrevivientes.
Richard cruzó los brazos y señaló las cajas y mochilas en el asiento trasero.
—¿Y todo esto? ¿Lo vamos a cargar como mulas?
Nick miró los edificios frente a ellos: fachadas grises, balcones destrozados, cortinas ondeando por ventanas rotas.
—Podemos usar uno de esos departamentos como base. Dejamos las provisiones y, si necesitamos algo, bajamos.
No había entusiasmo en las caras, pero nadie propuso dar la vuelta. Bajaron del auto. El aire frío golpeó sus rostros, trayendo consigo el olor metálico de la sangre y el polvo. El silencio de la calle era extraño, interrumpido solo por el zumbido lejano de algún motor… o quizá por un grito apagado.
Nickole caminaba con pasos cortos, mirando a todas direcciones. Sus manos temblaban alrededor del palo de madera que llevaba. Héctor, al verla tan tensa, se le acercó y le puso un brazo sobre los hombros.