La condena de amarte

Capítulo 1

Valentina

La primera vez que Alessandro Vescari me hizo llorar, tenía nueve años.

Yo había pasado toda la tarde preparando una pequeña tarjeta de cumpleaños para él. Había dibujado un pastel, escrito su nombre con letras doradas y añadido una frase que, a esa edad, me parecía la cosa más bonita del mundo: Para mi persona favorita.

Cuando se la entregué, Alessandro la miró durante unos segundos.

—¿Qué es esto?

—Un regalo para ti.

—Parece hecho por una niña pequeña.

Tenía razón. Éramos niños. Aun así, me arrebató la tarjeta de las manos, la dejó sobre una mesa y salió corriendo con sus amigos sin volver a mirarme.

Lloré en el baño de su casa, convencida de que nunca volvería a hablarle.

Al día siguiente, sin embargo, regresé a jugar con él.

Así empezó todo: yo encontrando razones para perdonarlo y él sin imaginar siquiera que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en la persona de la que más me costaría alejarme.

Las familias Vescari y Bellini llevaban décadas compartiendo algo más que una amistad. Sus negocios se habían entrelazado desde mucho antes de que Alessandro y yo naciéramos, y nuestras casas estaban tan cerca que durante la infancia era habitual que termináramos cenando juntos varias veces por semana.

Yo conocía los pasillos de su casa, sabía qué postre preparaba su madre los domingos y recordaba perfectamente dónde escondíamos las bicicletas cuando queríamos escaparnos de las reuniones familiares.

También conocía sus silencios.

Alessandro siempre había sido diferente conmigo. Podía pasar una tarde entera discutiendo con sus primos, hacer bromas con sus amigos y conversar con cualquier persona sin mostrar una pizca de timidez. Pero conmigo tenía una manera particular de ser distante, como si nunca supiera qué hacer con mi cariño.

Con los años, dejó de ser aquel niño que se burlaba de mis dibujos y se convirtió en un hombre al que todos parecían respetar.

A sus veintiocho años, era el futuro de la familia Vescari. Inteligente, ambicioso y demasiado orgulloso para admitir que necesitaba ayuda. Había heredado la elegancia de su padre y su costumbre de mantener las emociones bajo llave.

Yo tenía veinticuatro y, por desgracia, seguía siendo capaz de reconocer el sonido de su automóvil antes de verlo entrar en el jardín.

Aquella tarde estaba sentada en el balcón de la casa de mis padres cuando lo vi llegar. Bajó del vehículo vestido con un traje gris oscuro, hablando por teléfono. No parecía contento. De hecho, últimamente casi nunca lo parecía.

Lo observé apenas unos segundos antes de obligarme a mirar hacia otro lado.

No quería que nadie descubriera lo que sentía por él.

Aunque, si era sincera conmigo misma, probablemente mi familia lo sabía desde hacía años.

—Valentina, tu padre quiere que bajes —me llamó mi madre desde el interior de la casa—. Los Vescari ya llegaron.

Dejé el libro sobre la mesa y me levanté.

—¿Ocurre algo?

Mi madre tardó un instante en responder.

—Tenemos que hablar de tu futuro.

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

Cuando entré en el salón, encontré a mi padre sentado junto al señor Vescari. Mi madre estaba a su lado, mientras que la madre de Alessandro permanecía cerca de la ventana. Había café servido, pero nadie parecía haberlo probado.

Alessandro estaba de pie junto a la chimenea, con una mano en el bolsillo del pantalón y el teléfono en la otra.

Ni siquiera levantó la mirada cuando entré.

—Siéntate, hija —dijo mi padre.

Obedecí, aunque la inquietud comenzaba a instalarse en mi estómago.

Mi padre respiró profundamente antes de continuar.

—Las dos familias hemos estado atravesando una etapa complicada en nuestros negocios. Después de varias conversaciones, hemos llegado a un acuerdo que podría asegurar el futuro de ambas.

Miré a los presentes, intentando comprender por qué me habían llamado para escuchar una conversación empresarial.

Entonces el señor Vescari habló.

—Hemos decidido que ha llegado el momento de unir oficialmente a nuestras familias.

Alessandro levantó la cabeza.

Por primera vez desde que había entrado, pareció prestar atención.

—¿De qué estás hablando? —preguntó.

Su padre no se inmutó.

—De tu matrimonio.

El silencio que siguió fue tan repentino que pude escuchar el reloj de la pared.

Miré a Alessandro. Él dejó el teléfono sobre la repisa y soltó una risa breve, sin una pizca de humor.

—No pienso casarme con alguien que ustedes elijan.

—No te estamos pidiendo que te enamores —respondió su padre—. Estamos hablando de un acuerdo entre dos familias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.