Alessandro
—No voy a casarme con ella.
Lo repetí por tercera vez desde que salí de la casa de los Bellini, pero mi padre parecía tener una capacidad extraordinaria para ignorar todo aquello que no coincidiera con sus planes.
Estaba sentado frente a mí, en el despacho de nuestra residencia, con una carpeta abierta sobre el escritorio y una expresión que conocía demasiado bien. Era la misma que utilizaba cuando una negociación no salía como esperaba. La diferencia era que esta vez el negocio del que hablábamos era mi vida.
—No te he preguntado si quieres casarte, Alessandro. Te estoy explicando lo que necesitamos hacer.
Solté una risa seca y me aflojé el cuello de la camisa.
—Qué conveniente. Mi matrimonio se ha convertido en otra de tus negociaciones.
—Algún día entenderás que dirigir una familia implica responsabilidades.
—Tengo responsabilidades. Llevo años ocupándome de esta empresa, resolviendo problemas que otros provocan y manteniendo nuestro apellido donde debe estar. No necesito una esposa para demostrarte que puedo hacer mi trabajo.
Mi padre cerró la carpeta.
—Los Bellini están en una posición delicada. Si rompemos nuestra alianza ahora, las consecuencias no afectarán solamente a sus negocios. También afectarán a los nuestros.
No necesitaba que me explicara los detalles. Había leído los informes financieros y sabía que nuestra asociación era mucho más importante de lo que mi padre estaba dispuesto a admitir. Una ruptura en aquel momento podía costarnos años de trabajo.
Pero eso no significaba que estuviera dispuesto a sacrificar mi vida para solucionarlo.
—Busca otra alternativa.
—Ya lo he hecho.
—Entonces busca otra.
Mi padre se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, los jardines estaban perfectamente iluminados, y el personal terminaba de recoger las mesas de la terraza. Todo en aquella casa parecía funcionar con una precisión que me resultaba asfixiante.
—El acuerdo se formalizará con el matrimonio. Es lo que ambas familias han aceptado.
—Ambas familias —repetí—. Curioso. No recuerdo haber dado mi opinión.
—Tu opinión no cambiará las circunstancias.
Lo miré sin responder.
Había muchas cosas que podía tolerar de mi padre, pero pocas me irritaban tanto como su costumbre de confundir la obediencia con el respeto.
Y, sin embargo, había un detalle que ninguno de los dos podía ignorar.
Yo tenía una vida fuera de aquella casa. Una vida que había imaginado junto a una mujer que no tenía nada que ver con los intereses de los Vescari.
Claudia.
Pensar en ella me produjo una presión incómoda en el pecho. Hacía semanas que nuestras conversaciones se habían vuelto difíciles y que cada intento de acercarme terminaba convirtiéndose en una discusión. Ella sabía que mi familia nunca había aprobado nuestra relación, pero también sabía que yo no acostumbraba a renunciar a lo que quería.
Hasta aquella noche, nunca había considerado que pudiera perderla por una decisión tomada sin mi consentimiento.
—¿Claudia sabe algo de esto? —preguntó mi padre.
Su nombre en aquella conversación me hizo tensar la mandíbula.
—No la metas en esto.
—Ya está dentro, Alessandro. Aunque te empeñes en fingir lo contrario.
Tomé mi chaqueta del respaldo de la silla.
—Esta conversación ha terminado.
—La boda se celebrará dentro de dos meses. Tendrás tiempo suficiente para aceptar la realidad.
Me detuve junto a la puerta.
Dos meses.
Mi padre acababa de establecer la fecha de mi matrimonio como si estuviera programando una reunión.
—Si crees que voy a convertirme en el marido perfecto para complacerlos, te equivocas.
—No te he pedido que seas un marido perfecto. Te he pedido que cumplas con tu palabra.
Salí antes de responderle.
Encontré a Claudia en el apartamento donde solíamos vernos cuando ninguno de los dos quería soportar las preguntas de nuestras respectivas familias. Estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados y el teléfono sobre la mesa.
No se acercó cuando entré.
—¿Es verdad? —preguntó.
Dejé las llaves en el recibidor.
—¿Qué cosa?
Me dirigió una mirada que me hizo arrepentirme de haber formulado una pregunta tan estúpida.
—No me hagas esto, Alessandro. Me han llamado para preguntarme si asistiré a tu boda.
Guardé silencio unos segundos.
—Todavía no hay nada firmado.
—Pero vas a hacerlo.
No era una pregunta.