A la mañana siguiente, encontré a mi madre preparando café en la cocina. Había dormido poco y mal, y todavía podía recordar cada palabra de la conversación de la noche anterior.
Sobre todo, aquella frase.
Valentina no tiene nada que ver con esto.
Me senté frente a ella y acepté la taza que me ofreció.
—¿Papá sigue pensando que debo aceptar?
Mi madre dejó la cafetera sobre la encimera.
—Tu padre cree que este matrimonio puede ayudar a ambas familias.
—No te he preguntado eso.
Ella suspiró y se sentó a mi lado.
—No, cariño. Tu padre no quiere obligarte a hacer algo que te haga infeliz. Pero también cree que deberías escuchar las condiciones antes de tomar una decisión.
Miré el café sin probarlo.
¿Y qué condiciones podían ofrecerme que hicieran menos dolorosa la idea de casarme con un hombre que acababa de dejar claro que no me quería?
Dinero, estabilidad, una posición respetable.
Cualquier cosa menos lo único que yo habría deseado recibir de Alessandro.
—¿Tú crees que él aceptará?
Mi madre tardó un instante en contestar.
—No lo sé.
Aquella respuesta fue más honesta que cualquier intento de tranquilizarme.
Me levanté y llevé mi taza al fregadero. Necesitaba salir de casa, caminar un rato y pensar sin tener a mis padres pendientes de cada gesto que hacía.
Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, mi padre me llamó desde el despacho.
—Valentina, ¿puedes venir un momento?
Lo encontré revisando unos documentos. Cuando me vio entrar, dejó los papeles a un lado y señaló la silla frente a él.
—He hablado con el señor Vescari esta mañana. Nos gustaría que ambos conocieran los términos del acuerdo antes de decidir.
Me senté despacio.
—¿Y si no quiero casarme?
Mi padre no intentó ocultar su preocupación.
—Entonces tendremos que buscar otra solución. No voy a decirte que será sencillo, pero tampoco quiero que aceptes por miedo a decepcionarnos.
Agradecí que me dijera aquello, aunque no consiguió aliviar la confusión que llevaba dentro.
—¿Y si acepto y él nunca llega a quererme?
Mi padre guardó silencio.
No necesitaba que respondiera. Los dos sabíamos que esa posibilidad no era una simple preocupación. Era lo más probable.
—No puedes construir tu felicidad alrededor de una persona que quizá nunca te dé lo que necesitas —dijo finalmente—. Lo único que puedo pedirte es que seas sincera contigo misma.
Salí del despacho con aquellas palabras acompañándome.
Ser sincera conmigo misma.
El problema era que llevaba años evitando hacerlo.
Desde pequeña, Alessandro había sido mi debilidad. Cuando nuestras familias se reunían, yo buscaba su presencia incluso cuando él apenas reparaba en la mía. Recordaba sus cumpleaños, sus gustos y las pequeñas cosas que le molestaban. Sabía cuándo estaba de mal humor y cuándo prefería que nadie le hablara.
Había aprendido a conocerlo desde la distancia.
Y quizá ese había sido mi primer error: confundir el tiempo que llevaba queriéndolo con la certeza de que algún día me correspondería.
Por la tarde salí a caminar por el centro. Necesitaba despejarme antes de que mi cabeza terminara convirtiendo aquella situación en una tragedia imposible de resolver.
Me detuve frente a una pequeña cafetería que frecuentaba durante la universidad. El lugar seguía prácticamente igual: mesas de madera, plantas junto a los ventanales y el olor a pan recién hecho que se escapaba cada vez que alguien abría la puerta.
—¿Valentina Bellini?
Me giré al escuchar mi nombre.
Un hombre se acercaba desde la acera de enfrente. Tardé unos segundos en reconocerlo, hasta que sonrió de aquella manera que me resultaba familiar.
—¿Matteo?
—Por fin. Empezaba a pensar que te habías olvidado de todos nosotros.
Me reí y acepté el abrazo que me ofreció.
Matteo Ricci había estudiado conmigo durante algunos años. Siempre había sido amable, divertido y mucho más atento de lo que yo estaba acostumbrada a recibir de las personas que me gustaban. Después de graduarnos, nuestros caminos se habían separado, aunque de vez en cuando intercambiábamos mensajes.
Nos sentamos en la cafetería y hablamos de nuestras vidas. Me contó que había regresado a la ciudad por trabajo y me preguntó por mi familia.
—¿Y tú? —preguntó después—. ¿Sigues trabajando con tu padre?
—Lo ayudo algunas veces, pero últimamente hay demasiadas cosas que resolver.