Claudia siempre había sabido cómo conseguir que el mundo pareciera menos complicado.
Aquella tarde, cuando llegué a su apartamento, la encontré sentada en el sofá, con las piernas recogidas y una taza de té entre las manos. Llevaba el cabello suelto y un vestido color crema que contrastaba con el rojo de sus labios. Al verme, dejó la taza sobre la mesa y se levantó para recibirme.
—Pensé que ya no vendrías.
Su voz tenía un matiz de reproche, pero enseguida rodeó mi cuello con los brazos y me besó la mejilla.
La abracé por la cintura. Con ella no necesitaba medir cada palabra ni fingir que todo estaba bajo control. Claudia conocía mis peores días, mis silencios y esa parte de mí que casi nunca permitía ver a los demás.
—Tenía cosas que resolver —respondí.
—¿Cosas relacionadas con tu futura esposa?
La pregunta borró cualquier rastro de tranquilidad.
Me aparté lo suficiente para mirarla.
—No quiero hablar de Valentina.
Claudia bajó la mirada y apoyó la cabeza contra mi pecho.
—Perdóname. Es que me cuesta imaginar que vas a casarte con otra mujer.
Su voz se quebró ligeramente. Le acaricié el cabello, sintiendo cómo la rabia que llevaba días acumulando volvía a crecer dentro de mí.
—No va a cambiar nada entre nosotros.
Ella levantó el rostro.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Claudia me besó y después me tomó de la mano para llevarme hasta el sofá. Durante un rato hablamos de cosas sin importancia. Me contó algunos detalles de su trabajo, se burló de una conocida que había intentado imitar su estilo y terminó riéndose cuando le dije que tenía demasiado tiempo libre para prestar atención a esas cosas.
Con ella todo resultaba sencillo.
O al menos eso quería creer.
Hasta que volvió a mencionar la boda.
—¿Ya sabes cuándo será?
—Dentro de dos meses, si mi padre consigue salirse con la suya.
—¿Y Valentina está de acuerdo?
Me encogí de hombros.
—No me interesa lo que piense.
Claudia guardó silencio. Después entrelazó sus dedos con los míos.
—Solo quiero que tengas cuidado, Alessandro. Una mujer enamorada puede llegar a confundir un acuerdo con una oportunidad.
La miré con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Qué estás intentando decir?
—Nada malo, cariño. Solo que no quiero que esa chica termine complicando nuestra relación. Tú sabes cuánto te quiero.
Me besó la mano con una ternura que consiguió tranquilizarme.
No pensé demasiado en sus palabras. Para mí, Valentina era simplemente la mujer con la que mi familia pretendía casarme. No había amor, promesas ni ilusiones de mi parte. Cuando todo aquello terminara, esperaba poder recuperar mi vida sin demasiadas complicaciones.
A la mañana siguiente llegué a la residencia de mis padres para revisar los términos del acuerdo matrimonial.
Mi padre ya estaba en el despacho, acompañado por el señor Bellini y algunos documentos que, según él, debíamos discutir antes de fijar la fecha definitiva.
Valentina llegó unos minutos después.
Llevaba un vestido azul claro, el cabello suelto y una carpeta entre las manos. Al verme, sus ojos se iluminaron apenas un instante, pero enseguida bajó la mirada.
No entendía por qué seguía mirándome de aquella manera.
¿Acaso no había escuchado lo que dije la noche en que anunciaron el matrimonio?
—Siéntate —le indiqué, señalando la silla frente a mí.
Ella obedeció sin decir nada.
Durante la siguiente media hora, nuestros padres hablaron de responsabilidades, acuerdos económicos y compromisos entre las familias. Yo apenas prestaba atención. Ya había decidido que cumpliría con lo necesario para proteger los intereses de los Vescari, pero no pensaba permitir que nadie se entrometiera en mi vida privada.
Cuando finalmente nos dejaron solos para discutir algunos detalles, Valentina cerró su carpeta.
—Alessandro, creo que deberíamos hablar de lo que va a pasar después de la boda.
La miré con impaciencia.
—¿Qué quieres saber?
Ella apretó los dedos alrededor de la carpeta.
—No sé. Supongo que cómo vamos a organizarnos, qué esperan nuestras familias de nosotros...
—Nuestras familias esperan que nos casemos. Eso es todo.
Valentina permaneció callada unos segundos.
—Pero vamos a vivir juntos.
—Y eso no significa que tengamos que fingir una relación que no existe.
Vi cómo su expresión cambiaba. Fue algo pequeño, apenas una tensión alrededor de sus labios, pero lo noté.