Nunca seré ella
No lloré delante de Alessandro.
Me repetí que aquello era una victoria mientras caminaba por el jardín de la residencia Vescari, con la carpeta apretada contra el pecho y las palabras que acababa de escuchar todavía resonando en mi cabeza.
No estoy enamorado de ti.
Lo sabía. Siempre lo había sabido, aunque una parte de mí hubiera conservado la esperanza de que, al menos, quisiera intentarlo.
Pero una cosa era sospechar que nunca me amaría y otra muy distinta escucharlo decirlo con aquella indiferencia, como si mis sentimientos fueran una molestia que necesitaba quitarse de encima.
Me detuve junto a una fuente y respiré profundamente.
No iba a llorar por él.
No allí.
—Valentina, querida.
Reconocí la voz de Claudia antes de volverme.
Venía caminando por el sendero con un bolso pequeño sobre el hombro. Su vestido blanco se movía suavemente con la brisa y su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre la espalda. A primera vista, parecía una mujer amable, de esas que siempre tienen una sonrisa preparada.
Me había encontrado con ella en algunas reuniones familiares, pero nunca habíamos conversado a solas.
—Hola, Claudia.
Ella me dio dos besos en las mejillas.
—Me alegra encontrarte. Alessandro me ha contado que nuestras familias están organizando todo.
No supe qué responder.
Claudia observó la carpeta que llevaba entre las manos y después volvió a mirarme.
—Debe de ser emocionante, ¿verdad? Casarse con alguien a quien conoces desde hace tantos años.
Había algo extraño en su tono. Su sonrisa seguía intacta, pero sus ojos parecían examinar cada una de mis reacciones.
—Es una situación complicada —respondí.
—Imagino que sí. Aunque, si te soy sincera, yo no podría casarme con un hombre al que no amo.
Sentí que el comentario iba dirigido a mí, aunque no encontré una manera de demostrarlo.
—Cada persona tiene sus circunstancias.
—Por supuesto.
Claudia acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Alessandro es un hombre difícil. Tiene un carácter fuerte y no le gusta que lo presionen. Pero conmigo siempre ha sido maravilloso. Supongo que hay personas que simplemente saben sacar lo mejor de él.
Sonrió al terminar la frase.
Yo bajé la mirada hacia mis manos.
No necesitaba que me explicara que Alessandro podía ser cariñoso. Lo había visto con ella en más de una ocasión. La manera en que la miraba, cómo suavizaba la voz al hablarle y la paciencia que parecía tener para escucharla eran cosas que nunca había conseguido despertar en él.
Conmigo era diferente.
Siempre lo había sido.
—Me alegro de que seas feliz con él —dije, intentando mantener la voz firme.
Claudia inclinó ligeramente la cabeza.
—Eres muy dulce, Valentina. Ahora entiendo por qué nuestras familias pensaron en ti.
No supe si aquello era un cumplido o una forma delicada de recordarme que no representaba ninguna amenaza.
Ella se acercó un poco más y me tomó la mano.
—Solo espero que no confundas las cosas después de la boda. Alessandro puede ser muy atento cuando quiere, pero eso no significa que esté enamorado. Y sería una pena que terminaras lastimada por esperar algo que él no puede darte.
Retiré la mano con suavidad.
—Sé perfectamente lo que estoy aceptando.
—Me alegra escucharlo.
Claudia volvió a sonreír, como si acabáramos de mantener una conversación agradable entre amigas.
Después se despidió y siguió caminando hacia la casa.
Yo permanecí junto a la fuente, inmóvil.
Por primera vez, no sentí celos de ella únicamente porque Alessandro la amara. Sentí algo más difícil de admitir: la humillación de saber que, para Claudia, yo era una mujer a la que podía advertirle que no se hiciera ilusiones.
Y lo peor era que tenía razón.
Regresé a casa poco después del mediodía.
Mi madre me esperaba en el salón, revisando algunas revistas que había dejado sobre la mesa. En cuanto me vio entrar, dejó lo que estaba haciendo.
—¿Cómo te fue?
Dejé la carpeta a un lado y me senté junto a ella.
—Ya hablamos de las condiciones.
—¿Y qué piensas hacer?
Miré mis manos.
Podía decirle que no. Podía negarme a casarme con un hombre que me había dejado claro que nunca me amaría. Mis padres habían dicho que no me obligarían, y quería creerles.