La condena de amarte

Capítulo 6

Alessandro

Nunca me habían gustado las reuniones en las que mi padre utilizaba la palabra familia para justificar decisiones que, en realidad, tenían que ver con dinero. Mucho menos cuando esas decisiones involucraban mi vida.

Aquella mañana, apenas terminé de desayunar, encontré una carpeta sobre el escritorio de mi despacho. Mi padre la había dejado allí antes de salir a una reunión. En la portada estaban escritos dos apellidos: Vescari y Bellini. No necesité abrirla para imaginar su contenido.

Sin embargo, lo hice.

Había documentos relacionados con las empresas, propuestas para reorganizar algunas inversiones y, al final, una hoja con los posibles términos del matrimonio. La fecha tentativa de la boda, la residencia que compartiríamos y ciertas cláusulas sobre nuestras responsabilidades públicas. Todo estaba organizado con una precisión que me resultó irritante.

Lo más absurdo era que habían dedicado más tiempo a planificar mi boda que a preguntarme si realmente quería casarme.

—Una manera elegante de organizar una condena —murmuré, cerrando la carpeta.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio. Era Claudia.

¿Podemos vernos hoy? Necesito hablar contigo.

Contesté que iría a buscarla por la tarde. Después me quedé unos segundos mirando la pantalla, recordando la última conversación que habíamos tenido. Ella había intentado mostrarse tranquila, pero conocía lo suficiente sus expresiones para saber que la situación le dolía. No podía culparla. Si alguien me dijera que debía compartir su vida con otra persona por conveniencia, tampoco lo aceptaría de buen grado.

La diferencia era que yo no tenía intención de permitir que aquel acuerdo interfiriera con lo nuestro.

Guardé los documentos y salí de la oficina. Antes de llegar al automóvil, mi padre me llamó para recordarme que esa tarde debíamos reunirnos nuevamente con los Bellini. Según él, había asuntos que resolver y no convenía prolongar las negociaciones.

—¿Negociaciones? —pregunté—. Estamos hablando de un matrimonio, no de comprar otra empresa.

—Precisamente por eso debes comportarte como un adulto, Alessandro. Las decisiones importantes no siempre se toman por gusto.

—Y eso no significa que debas decidirlas por mí.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—Esta tarde hablaremos de las condiciones. Quiero que estés presente.

La llamada terminó antes de que pudiera responder. Guardé el teléfono con más fuerza de la necesaria y seguí caminando.

Llegué a la casa de los Bellini unos minutos antes de la hora acordada. Era una propiedad que conocía desde niño; había pasado allí cumpleaños, vacaciones y tardes enteras durante las cuales nuestros padres hablaban de negocios mientras nosotros encontrábamos cualquier excusa para salir al jardín.

Por eso me resultaba extraño que ahora necesitáramos una reunión formal para decidir qué iba a ocurrir entre Valentina y yo.

La encontré en la sala contigua al comedor, junto a una ventana abierta. Tenía varios documentos sobre las piernas y un bolígrafo entre los dedos. Llevaba una blusa clara y una falda larga de color oscuro. Su cabello castaño caía sobre sus hombros, y algunos mechones se movían con la corriente de aire que entraba desde el jardín.

Levantó la mirada cuando escuchó mis pasos.

—Llegaste temprano —comentó.

—Tú también.

—Mi padre me pidió que revisara los documentos antes de la reunión.

Asentí y miré las hojas que sostenía.

—¿Y qué te parecen?

Valentina bajó la vista hacia el papel.

—Todavía estoy leyéndolos.

—No parece una respuesta muy útil.

—Es la única que tengo por ahora. No voy a fingir que entiendo cada cláusula solo para darte una respuesta que te agrade.

Su tono no fue desafiante, pero sí lo bastante firme para sorprenderme. Valentina acostumbraba a medir sus palabras conmigo. Desde pequeños había sido así: procuraba evitar las discusiones y casi siempre terminaba cediendo para mantener la paz. No estaba acostumbrado a escucharla responder de aquella manera.

—No necesito que me agrade nada —contesté—. Solo quiero saber si entiendes lo que estás aceptando.

—Todavía no he aceptado.

La miré.

—Creí que tus padres ya habían hablado contigo.

—Hablaron conmigo. Eso no significa que haya tomado una decisión.

No supe qué responder inmediatamente. Por alguna razón, había supuesto que Valentina terminaría aceptando. Quizá porque llevaba años queriendo estar cerca de mí, o porque nuestros padres conocían sus sentimientos mejor de lo que ella imaginaba. Pero aquella respuesta me recordó que no podía dar por hecho que aceptaría cualquier cosa que le ofrecieran.

—Entonces, ¿qué estás esperando?

Ella dejó el bolígrafo sobre los documentos.

—Tener claro en qué me estoy metiendo.




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