La condena de amarte

Capítulo 7

Alessandro

A las siete y media de la mañana, mi despacho ya estaba iluminado y la ciudad comenzaba a despertar detrás de los ventanales.

Desde el piso treinta y dos de Vescari Holdings, Milán parecía una maqueta perfectamente organizada. Los edificios se alzaban entre la neblina matutina y los automóviles avanzaban por las calles como pequeñas piezas de un tablero. Era una vista que nunca me cansaba, quizá porque me recordaba algo que había aprendido desde muy joven: las cosas funcionaban mejor cuando cada pieza ocupaba el lugar que le correspondía.

Por eso me molestaba tanto el asunto de mi matrimonio.

—El informe de las inversiones en Turín está listo —anunció Lorenzo, mi asistente, al entrar con una carpeta—. También confirmaron la reunión con los socios de la constructora para las diez.

—¿Y el contrato de adquisición?

—Está pendiente de su aprobación.

Extendió los documentos sobre mi escritorio. Los revisé mientras él me explicaba las modificaciones que había solicitado el departamento financiero. Encontré dos cifras que no coincidían con las proyecciones originales y marqué ambas con el bolígrafo.

—Dile a Conti que quiero el informe corregido antes del mediodía. No voy a aprobar una operación de esta magnitud con números que no cuadran.

—Se lo comunicaré.

Lorenzo hizo una pausa antes de recoger los documentos restantes.

—Su padre también llamó. Preguntó si hoy podrá confirmar la fecha de la boda con los Bellini.

Levanté la mirada lentamente.

—¿Mi padre cree que dirijo una empresa o una oficina de planificación matrimonial?

Mi asistente mantuvo una expresión profesional, aunque percibí el esfuerzo que hizo por no sonreír.

—No sabría decirle, señor.

—Entonces hazme un favor: cuando llame de nuevo, dile que estoy ocupado trabajando.

—Por supuesto.

Cuando salió, me recosté en la silla y observé el anillo de sello que llevaba en la mano derecha. El apellido Vescari había estado ligado a aquella empresa mucho antes de que yo naciera. Mi abuelo la había construido desde abajo y mi padre había conseguido expandirla. Ahora me correspondía a mí mantenerla en crecimiento, tomar decisiones difíciles y asegurarme de que nadie pusiera en riesgo lo que tantas generaciones habían levantado.

No tenía intención de permitir que un matrimonio organizado por nuestros padres se interpusiera en mis responsabilidades.

A las diez, la sala de juntas estaba ocupada por seis personas que esperaban mi opinión sobre la adquisición de una compañía de logística. La reunión duró casi dos horas. Escuché las propuestas, cuestioné los riesgos y rechacé una cláusula que dejaba demasiado margen de maniobra al vendedor.

No levanté la voz en ningún momento. No lo necesitaba. En mi experiencia, un hombre que debía gritar para conseguir que lo escucharan probablemente no sabía explicar sus argumentos.

Cuando finalmente aprobamos los términos definitivos, todos abandonaron la sala con sus respectivas tareas.

Solo entonces regresé a mi despacho.

Me serví una pequeña medida del whisky que guardaba en el mueble junto a la ventana. Era un single malt de dieciocho años que había recibido de un socio escocés después del cierre de una operación importante. No acostumbraba beber durante las reuniones y mucho menos cuando tenía decisiones pendientes, pero aquel día necesitaba unos minutos de tranquilidad antes de volver a los números.

El aroma ahumado se mezcló con el del cuero de los sillones mientras contemplaba la ciudad.

Mi teléfono vibró.

Claudia.

¿Podemos cenar juntos esta noche?

Respondí que sí. Después apareció un segundo mensaje, esta vez de mi padre.

Necesitamos cerrar el asunto del matrimonio. Los Bellini esperan una respuesta.

Dejé el vaso sobre la mesa y escribí una contestación breve.

Esta tarde hablaré con ellos.

No añadí nada más.

Llegué a la residencia de los Bellini poco después de las seis. Esta vez no había documentos dispersos sobre la mesa ni una reunión preparada para discutir cada detalle. Mi padre y el señor Bellini estaban en el despacho privado, revisando la versión definitiva del acuerdo.

Valentina esperaba junto a su madre en la sala.

Al verla, me detuve apenas un instante.

Llevaba un vestido verde oscuro de líneas sencillas, con el cabello castaño recogido parcialmente y algunos mechones sueltos alrededor del rostro. No tenía nada de extraordinario en su manera de vestir, y, sin embargo, había algo en su apariencia que me hizo mirarla una segunda vez.

Valentina siempre había sido bonita. Eso no era un descubrimiento. Pero con los años sus facciones habían adquirido una elegancia que yo nunca me había detenido a observar de verdad. Sus ojos destacaban cuando levantaba la mirada y su sonrisa, cuando aparecía, tenía una calidez que contrastaba con el ambiente frío de aquella casa.




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