La condena de amarte

Capítulo 8

Valentina

Nunca imaginé que una firma pudiera pesar tanto.

La tinta ya se había secado cuando salí del despacho de mi padre, pero todavía podía recordar el movimiento de mi mano sobre el papel y la sensación que me acompañó al dejar el bolígrafo. No había ocurrido nada extraordinario. Nadie había levantado la voz ni se había opuesto a la decisión. Nuestros padres estaban satisfechos y la fecha de la boda había quedado establecida.

En siete semanas me convertiría en la esposa de Alessandro Vescari.

Había pasado tantos años imaginando un futuro con él que, cuando por fin estaba a punto de suceder, me costaba reconocerlo como algo real.

—¿Estás bien? —preguntó mi madre al entrar en mi habitación.

Me encontraba sentada frente al tocador, todavía con el vestido verde de la tarde. Sobre la mesa descansaba una copia del acuerdo matrimonial, cuidadosamente guardada en una carpeta.

—Sí. Solo estoy cansada.

Mi madre se sentó a mi lado.

—Todavía puedes hablar conmigo, Valentina. No tienes que fingir que estás segura de todo solo porque ya firmaste.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—No estoy segura de todo. Pero sí estoy segura de que quiero tomar mis propias decisiones, aunque después tenga que asumir las consecuencias.

—¿Y estás segura de que esta es una decisión tuya?

La pregunta me dolió porque yo misma me la había hecho muchas veces.

Pensé en mi padre, en las empresas que nuestras familias habían construido juntas y en la forma en que todos parecían considerar aquel matrimonio una solución conveniente. Pero también pensé en Alessandro. En los años que llevaba queriéndolo, en las pequeñas esperanzas que había guardado y en la posibilidad, por mínima que fuera, de que algún día pudiéramos conocernos de otra manera.

No quería mentirme diciendo que mis sentimientos no habían influido.

—No sé si mi decisión sería la misma si no lo amara —admití—. Pero no he firmado porque crea que él va a enamorarse de mí. Sé que no puedo obligarlo a sentir algo que no siente.

Mi madre tomó mi mano.

—Entonces prométeme que no vas a convertir este matrimonio en una forma de castigarte por amarlo.

La miré, sorprendida.

—No quiero hacer eso.

—Tal vez no ahora. Pero conozco tu corazón. Cuando quieres a alguien, encuentras mil razones para comprenderlo, incluso cuando esa persona no hace el mismo esfuerzo por comprenderte a ti.

No tuve una respuesta inmediata. Mi madre no estaba intentando convencerme de que me arrepintiera. Solo me estaba recordando algo que yo necesitaba escuchar antes de comenzar aquella nueva etapa.

—Voy a intentarlo —le prometí.

Ella me besó la frente y se levantó para dejarme descansar.

Cuando la puerta se cerró, tomé el teléfono de la mesa. Tenía un mensaje de Matteo.

¿Cómo te fue con lo que tenías que resolver?

Sonreí ligeramente antes de contestar.

Ya está decidido. Me voy a casar.

Su respuesta llegó unos segundos después.

No sé si felicitarte o invitarte a un café para que me cuentes cómo te sientes.

Aquello me hizo reír por primera vez en todo el día.

Un café estaría bien.

Entonces queda pendiente. Y, Valentina, no tienes que fingir que todo está perfecto conmigo.

Leí el mensaje dos veces. Matteo tenía una manera de hablar que me resultaba extrañamente sencilla. No me exigía explicaciones ni parecía necesitar que yo estuviera bien para sentirse cómodo a mi lado.

Era agradable tener a alguien con quien no tuviera que medir cada palabra.

Dejé el teléfono y abrí la carpeta del acuerdo. Repasé las condiciones una vez más, deteniéndome en las cláusulas que protegían mi trabajo y mi independencia. No quería abandonar todo lo que había construido por convertirme en la esposa de Alessandro. Si iba a compartir mi vida con él, al menos conservaría una parte que me perteneciera por completo.

Era un comienzo pequeño, pero era mío.

A la mañana siguiente decidí visitar la empresa de mi padre para revisar unos asuntos relacionados con el proyecto en el que estaba trabajando. No tenía obligaciones hasta el mediodía y prefería mantener la cabeza ocupada antes de que los preparativos de la boda empezaran a llenar cada conversación familiar.

Mi padre me recibió en su despacho y me entregó una carpeta con los documentos que necesitaba. Hablamos durante casi una hora de mis responsabilidades, de las próximas semanas y de los cambios que tendríamos que realizar en algunos compromisos.

Cuando terminé, salí al vestíbulo con la intención de regresar a casa.

Fue entonces cuando vi a Alessandro.

Estaba junto a uno de los ascensores, hablando por teléfono con un hombre que reconocí como uno de los socios de su familia. Llevaba un traje gris oscuro, una camisa blanca y el cabello perfectamente arreglado. Tenía esa expresión seria que parecía acompañarlo incluso cuando no había ningún motivo para estar molesto.




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