Aurelia descubrió la traición una noche de lluvia. Había regresado antes de una recepción diplomática y cruzaba los pasillos del ala oriental cuando oyó la risa de su hermana detrás de una puerta entreabierta.
No era una risa de cortesía. Era íntima, confiada; la risa que Aurelia no escuchaba desde la infancia.
Empujó la puerta. Darien estaba junto a la ventana, con la camisa desabrochada en el cuello.
Seraphine se apartó de él como si el movimiento pudiera deshacer lo que Aurelia acababa de ver.
Durante un instante, nadie habló. La lluvia golpeó los cristales y una vela chisporroteó sobre la mesa.
—¿Desde cuándo? —preguntó Aurelia.
Darien se recompuso primero. Era un hombre acostumbrado a que los demás aceptaran sus
decisiones después de que él las pronunciara.
—Aurelia, escucha…
—No te he preguntado qué quieres explicarme. Te he preguntado desde cuándo.
Seraphine bajó la mirada. Ese gesto dolió más que cualquier confesión.
—Hace casi un año — admitió Darien — No quería que te enteraras así.
Aurelia miró a su hermana. En el mismo rostro que había amado desde la cuna encontró una desconocida.
—¿Y tú? —susurró.
—Yo también lo amo — respondió Seraphine, alzando por fin los ojos. — No quería seguir siendo la
sombra de tu vida.
La frase cayó entre ellas como una sentencia. Aurelia sintió que algo se desgarraba, pero no lloró.
Se negó a regalarles esa victoria.
Darien se acercó, y su voz cambió: ya no había culpa en ella, sino impaciencia.
—Esto no puede convertirse en un escándalo. El reino necesita estabilidad. Podemos llegar a un acuerdo.
—¿Un acuerdo?
—Anunciarás que te retiras de la vida pública por agotamiento. Seraphine ocupará tus funciones mientras te recuperas. Más adelante… veremos qué conviene hacer.
Aurelia comprendió entonces que la infidelidad no era el único secreto. Darien no estaba improvisando. Había preparado su reemplazo y su hermana había aceptado ser la pieza que lo hiciera posible.
—No solo me has engañado — dijo Aurelia — Has planeado borrarme.
—No me obligues a convertir esto en algo peor —replicó él.
Aurelia salió de la habitación con la espalda recta. Solo cuando llegó a sus aposentos cerró la puerta y apoyó ambas manos sobre la madera. No lloró por el hombre que había perdido. Lloró por la hermana que ya no sabía cómo recuperar.
Continuará...
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Editado: 30.10.2026