La Corona de Valyorye

Prólogo

En el Reino de Valyorye, las personas nacían sabiendo cuál sería su lugar en el mundo.

Los nobles privilegiados nacían entre estructuras enormes y paredes de mármol, ropajes elegantes y disfrutaban de grandes banquetes. Desde pequeños se tenían que aprender las reglas que había en la corte, las obligaciones que implicaba tener un apellido muy importante. Y sobre todo, a no mezclarse con quienes estaban por debajo de ellos.

Los plebeyos, en cambio, contaban con una realidad totalmente distinta. Vivían en pequeñas casas, suelen trabajar desde muy jóvenes y aprendían que los sueños, por más grandes que fueran, no siempre se hacían realidad.

Durante mucho tiempo, la familia real había mantenido aquella separación.

Y nadie se atrevía a cuestionarla.

En el corazón de Valyorye se encontraba el palacio real, hogar del rey David y de su único hijo, el príncipe Damien, heredero del trono. El joven príncipe había sido educado para gobernar algún día. Tenía una personalidad seria, ideales firmes y una opinión muy clara sobre las personas que pertenecían a las clases más humildes.

Para Damien, un príncipe debía conocer su lugar y jamás olvidar quién era.

Muy lejos del palacio, en una pequeña casa rodeada de calles tranquilas, vivía Elaine.

Ella no tenía riquezas ni un apellido importante. Su familia llevaba una vida sencilla y trabajaba para salir adelante. Sin embargo, Elaine tenía algo que no podía comprarse con oro: una enorme curiosidad por el mundo.

Le gustaba leer y soñaba con conocer lugares que solo había visto en los libros y, aunque no lo sabía todavía, estaba a punto de entrar en un mundo completamente diferente al suyo.

Porque algunas historias comienzan mucho antes de que sus protagonistas sepan que están destinadas a encontrarse.

Y la de Elaine y Damien comenzaría con un encuentro que ninguno de los dos había planeado. Un encuentro que pondría a prueba las reglas de Valyorye.

Su encuentro demostraría que, incluso en un reino donde todos conocían su lugar, el corazón no siempre obedecía las ordenes que se le son impuestas. El corazón no distingue entre las barreras impuestas, solo se deja guiar por lo que siente como lo es el amor, pero a veces el amor no es suficiente para tener un futuro juntos.




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