Dos Mundos
En el reino de Valyorye, las personas aprendían desde pequeñas que el lugar donde nacían podía determinar el rumbo de toda una vida.
Los que nacían dentro de los muros del palacio estaban destinados a conocer el lujo, las fiestas y las obligaciones de la nobleza. Los hijos de las familias más importantes aprendían desde pequeños a comportarse frente a los reyes, a bailar en los grandes salones y a elegir cuidadosamente cada palabra que pronunciaban.
Fuera de aquellas enormes murallas existía un mundo completamente diferente.
Allí estaban los comerciantes, los campesinos, los artesanos y las familias que trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer para conseguir lo necesario para vivir.
Entre ellos estaba Eleine.
Ella vivía con sus padres en una pequeña casa ubicada cerca de la plaza principal de Valorye. No era una casa grande ni tenía los enormes jardines que podían encontrarse en las propiedades de los nobles, pero para Eleine siempre había sido su hogar.
Aquella mañana, los primeros rayos de sol atravesaron la pequeña ventana de su habitación. Eleine abrió lentamente los ojos.
Durante unos segundos permaneció mirando el techo, todavía adormecida, hasta que recordó algo. Su libro.
Giró rápidamente hacia la mesa que estaba junto a su cama y encontró el libro abierto exactamente en la página donde había dejado de leer la noche anterior -Sonrió-
Se incorporó y tomó el libro entre sus manos. Era uno de sus favoritos. Las páginas estaban un poco gastadas y algunas esquinas dobladas, pero Eleine cuidaba cada uno de sus libros como si fueran pequeños tesoros.
Para ella, los libros eran una puerta.
Una puerta hacia lugares que nunca había visto.
Hacia castillos lejanos, ciudades desconocidas y personas cuyas vidas eran completamente diferentes a la suya.
A veces imaginaba cómo sería conocer aquellos lugares.
Después recordaba quién era.
Y entonces volvía a cerrar el libro.
—Eleine.
La voz de su madre llegó desde la planta baja.
—¡Ya voy!
Eleine dejó el libro sobre la mesa y comenzó a arreglarse.
Su cabello cobrizo bajo la luz del amanecer, era difícil de acomodar cuando se levantaba. después de varios intentos terminó recogiéndolo de manera sencilla.
Se miró brevemente en el pequeño espejo de su habitación.
Sus ojos marrones resaltaban incluso con la poca luz que entraba por la ventana.
—Perfecto —murmuró
Bajó las escaleras y encontró a su madre preparando el desayuno.
—Buenos días —dijo Eleine.
Elara la miró y levantó una ceja.
—¿A qué hora te acostaste anoche?
Eleine se quedó quieta.
—No lo sé.
—Eleine.
—Un poco tarde.
—¿Otra vez leyendo?
Eleine sonrió.
—Solo estaba terminando un capítulo.
—Siempre estás terminando un capítulo.
Desde la otra habitación, Enzo soltó una pequeña risa.
—Déjala, Elara. Al menos sabemos dónde está cuando desaparece.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —respondió su madre.
Eleine tomó asiento junto a su padre.
Enzo era un hombre alto, de tez clara y cabello cobrizo. Sus ojos café claro tenían una expresión tranquila que contrastaba con el cansancio que normalmente llevaba en el rostro después de un día de trabajo.
Eleine había heredado de él parte de sus rasgos.
—Hoy tienes que ayudarme en la tienda —le recordó Enzo.
—Lo sé.
—Y después debes llevar estas telas a la casa de los vecinos.
—También lo sé.
Elara colocó el desayuno sobre la mesa.
—Y antes de que salgas, necesito que pases por el mercado.
Eleine miró a sus padres.
—¿Algo más?
Ambos se miraron.
—Que no te distraigas leyendo —dijeron al mismo tiempo.
Eleine soltó una carcajada.
—No prometo nada.
Aquella mañana comenzó como cualquier otra.
Después del desayuno, Eleine salió de casa con una pequeña cesta entre las manos.
Las calles de Valyorye ya estaban llenas de personas.
Los comerciantes levantaban las puertas de sus tiendas. Los vendedores anunciaban sus productos y los niños corrían de un lado a otro mientras sus madres intentaban seguirles el paso.
Eleine conocía casi todas aquellas calles.
Había crecido allí.
Conocía al panadero que siempre le regalaba un trozo de pan cuando ayudaba a su madre. Conocía a la mujer que vendía flores cerca de la fuente y al anciano que pasaba las mañanas sentado frente a su pequeño taller.
Pero había un lugar que siempre lograba llamar su atención.
El castillo.
Desde casi cualquier punto elevado de Valorye podían verse las torres del palacio.
Eran enormes.
Sus paredes de piedra clara brillaban bajo el sol y los estandartes del reino ondeaban sobre las torres.
Eleine se detuvo unos segundos para observarlo.
Había escuchado cientos de historias sobre aquel lugar.
Historias sobre grandes bailes, reuniones de nobles, celebraciones y banquetes.
Pero había una persona de la que escuchaba hablar más que de ninguna otra.
El príncipe heredero.
Damien.
El único hijo del rey David.
Eleine no lo había visto nunca.
Solo conocía los rumores.
Decían que era serio.
Que había sido educado desde niño para convertirse en rey.
Que rara vez aparecía en las celebraciones públicas.
Y que, a diferencia de otros jóvenes de la nobleza, no parecía interesado en llamar la atención.
Eleine nunca había entendido por qué le resultaba tan curioso alguien a quien ni siquiera conocía.
Tal vez porque su vida era completamente diferente.
Mientras ella se preocupaba por ayudar a sus padres y conseguir tiempo para leer, Damien había nacido sabiendo que algún día llevaría la corona de Valorye.
Dos mundos completamente distintos.
Dos vidas que nunca deberían cruzarse.