Las últimas luces del atardecer caen pesadamente sobre la casa; el silencio vespertino de la ciudad resulta inquietante.
—Todo está tan silencioso, Drusila. Tenemos suerte de que el gremio haga patrullas en la ciudad; ya no se escuchan gritos como los de las últimas dos noches... ¿Se habrá calmado la situación?
—Ya te dije, Silvia, solo llámame Drusila. «Excelencia» es solo un título decorativo de una religión que ya no existe. Si es cierto que el nuevo senador está próximo a venir, imagino que eso ayudará a calmar el caos.
—Claro, Exce... Drusila-chan. Pero es ridículo que los cristianos hicieran un complot para matar al senador; suena como una excusa de esa víbora de Airlia. He oído rumores de que, si un cristiano sale de su casa, ya no vuelve. Los ánimos están muy caldeados desde el fallecimiento del senador Tulius.
Me acerqué a Silvia, le tomé las manos y las apreté suavemente.
—¿Estás preocupada por ellos? Sabes que, aunque mi título sea casi decorativo, la gente tiende a respetarme por temor a alguna maldición. Si necesitas algo...
Silvia, cabizbaja, acercó mis manos a su corazón.
—Es verdad que no tengo muy buenos recuerdos de mis ex-hermanos de fe, pero... no soy quién para desearles el mal. Son tan víctimas de todo esto como... —suspiró— Claudia.
Sus ojos se posaron sobre la cajita. Señalándola con el índice y con la mirada fija en ella, observó cómo desprendía continuamente una tenue aura verde.
—¿Alguna novedad? —Esa aura verde se ha estado emitiendo desde que Calendre falleció. Por su composición, es un procesado de dilitio, un mineral usado para mantener a una persona o un objeto en un tiempo o dimensión en los que no debiera estar, o donde la historia no quiere que esté.
—Entonces... ¿Claudia...?
—No. Ni Claudia, ni Karina, ni tú requirieron ese proceso, ya que de algún modo son parte de esta época, aunque sus conciencias sean del futuro. Mira mi brazalete.
Silvia se quedó mirando el brazalete dorado de Drusila y abrió la boca, sorprendida.
—Se supone que esos brazaletes son los de una sacerdotisa, pero tienen un pequeño acabado... verde.
—Sí, Señor Dilitio, te presento a Silvia; Silvia, este es el Señor Dilitio. En este caso, estoy segura de que la caja desaparecerá cuando se haya consumido el dilitio, pero no lo de adentro. Espero que sea algo importante —dije apretando el puño y dando un golpe suave a la mesa:
—. Este estúpido y enredado relojero me deberá dar una gran explicación cuando todo esto termine.
Noté que Silvia tenía la mirada perdida; imagino que tantas explicaciones ya debían de haberla mareado. Me miró e hizo un puchero al levantarse; sus cachetes inflados la hacían ver adorable.
—Ya Claudia lleva dos días encerrada probándose vestidos, maquillaje y cremas, preocupada por temas de cortesana. Dice que es para cuando llegue la gente. Sé que es una cortesana y que no es la misma, pero...
Tomé a Silvia de los hombros intentando calmarla.
—Probablemente nuestra Claudia esté lidiando con el dolor de la pérdida. Dado que su mente está afectada por los nanobióticos, quizás considere que ser una mejor cortesana es su forma de ayudarnos.
—Pero tiene esos ojos llenos de lujuria cuando piensa en volver a atender clientes... Siento como si quisiera devorar al próximo cliente que tenga la mala suerte de venir o... quizás devorarme a mí —dijo sonrojada.
Tomé nuevamente la mano de Silvia y la conduje a la habitación de Claudia.
—Habla con ella, necesita procesar el dolor. Calendre era su ídola y perderla de esa manera debe de estar afectándole. Eres una aventurera, tómalo como un quest.
—¿Qué es un quest?. Silvia Inclino su cabeza con curiosidad ante el termino
No le respondí. Abrí la puerta, empujé a Silvia a la habitación de Claudia y cerré. Más tranquila, me quedé mirando la caja.
Cada una debe hacer su parte.
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Claudia estaba acostada con una cabecera sobre su cabeza; sus manos afirmaban otra y varias más se apilaban en su espalda. Balbuceó un poco y, emergiendo de aquel mar de cabeceras, murmuró:
—Esclava, no necesito nada hasta que venga el próximo cliente.
Esto solo frustró más a Silvia.
—¿Qué es eso de “esclava” y de “próximo cliente”? —le sacó la cabecera y le dijo al oído, con firmeza—. ¡Mi nombre es Silvia! Y no te refieras a las personas que lleguen como clientes; tú les decías almas en busca de consuelo.
Claudia saltó, sobresaltada y algo molesta.
—No estoy para juegos. Perdimos la batalla, todo por intentar hacer algo que nunca he hecho. En cambio, atender clientes, lucir bella para ellos, deslizarme en sus brazos, poder adorar...
El rostro de Silvia cambiaba con cada frase que pronunciaba Claudia: su ceño se fruncía más, sus ojos se entrecerraban, inclinaba la cabeza y apretaba los dientes. —Lo mejor es cuando hay una conexión de...
Silvia no aguantó más.
—¡Oye, señorita cortesana! No estás aquí solo para atender clientes, sino para salvar el tiempo, ¿recuerdas? Si vencemos a la Neoreina y encontramos la hoja del Libro de los Secretos, todo este mundo extraño volverá a ser normal y, por ende, Calendre no será convocada y seguirá viva.
—Lo sé, lo sé... ¿pero no te das cuenta de que incluso ganando, pierdo?
La voz de Silvia tomo un tono más conciliatorio mientras acariciaba el cabello de Claudia
—Sé que podemos perder, pero recuerdo que en el torneo hablaste sobre la fuerza de los débiles, antes de que te pasara lo de la entinización. Eso me inspiró, ¿sabes? Tal vez no deberías desechar esos pensamientos, por más humanos o errados que sean.
Entonces abrazó a Claudia.
—Antes no eras perfecta, Claudia, pero esa es la Claudia que necesito.
—¿Por qué siempre te me acercas tanto, Silvia...?
—¡Porque intento hallarte! Sé que estás en esa cabecita. Es hora de que retomemos nuestro propósito, ¿no crees?
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Editado: 17.10.2026