La costumbre de esperarte

El sonido de una notificación.

Seúl, Corea del Sur. Octubre.

La lluvia había comenzado poco después de las siete.

Desde la ventana de su habitación, Seo Yoon-seo observaba cómo las luces de los edificios se desdibujaban sobre el asfalto mojado. Los automóviles avanzaban lentamente por la avenida y las personas corrían hacia las estaciones de metro, protegiéndose con paraguas negros.

Todo parecía continuar con absoluta normalidad.

Todo, excepto ella.

Sentada sobre la cama, con las piernas recogidas y el teléfono entre las manos, Yoon-seo llevaba casi veinte minutos mirando la misma conversación.

No había nada nuevo.

El último mensaje que había enviado seguía allí, acompañado de dos pequeñas palabras que le resultaban cada vez más difíciles de ignorar.

Leído.

—Qué tontería… —murmuró.

Bloqueó la pantalla y dejó el teléfono boca abajo sobre la manta.

Tenía tarea pendiente, un examen al día siguiente y un cuaderno abierto sobre el escritorio. Su madre le había pedido que bajara a cenar hacía unos minutos, pero ella había respondido que no tenía hambre.

No era del todo cierto.

Simplemente, no quería levantarse todavía.

Esperaba algo.

No sabía exactamente qué.

Tal vez una notificación. Un mensaje inesperado. Una explicación que no había pedido. O quizá solo quería ver el nombre de Kang Tae-gyeom aparecer en la pantalla para sentir que, por un instante, las cosas volvían a ser como antes.

Soltó una pequeña risa sin humor.

Desde cuándo se había convertido en alguien que esperaba tanto de un teléfono.

Un año atrás, Tae-gyeom habría encontrado graciosa aquella escena.

No porque se burlara de ella, sino porque conocía demasiado bien sus costumbres.

Sabía que Yoon-seo solía quedarse dormida mientras leía mensajes. Sabía que odiaba el café demasiado amargo, que escuchaba la misma canción cuando estaba triste y que enviaba fotografías de gatos cada vez que encontraba uno en la calle.

También sabía que, cuando algo le preocupaba, ella decía que estaba bien incluso antes de que alguien tuviera tiempo de preguntárselo.

—No tienes que fingir conmigo —le había dicho una vez.

Yoon-seo recordaba perfectamente aquella tarde.

Estaban sentados en un banco cerca de la escuela. El cielo tenía ese tono anaranjado que aparecía antes del anochecer, y Tae-gyeom sostenía una bebida fría mientras ella intentaba explicarle por qué había tenido un mal día.

No había sido una conversación extraordinaria.

No hubo promesas eternas ni declaraciones dignas de una película.

Él simplemente la escuchó.

Y, cuando terminó, le preguntó si quería caminar un rato antes de volver a casa.

Yoon-seo había pensado entonces que el amor quizá era eso: alguien que se quedaba un poquito más, incluso cuando no había nada importante que decir.

Nunca imaginó que, con el tiempo, empezaría a extrañar precisamente aquellas cosas pequeñas.

El teléfono vibró.

Yoon-seo levantó la cabeza tan rápido que casi se le cayó el bolígrafo de la mano.

Lo tomó.

Una notificación de una aplicación.

Nada más.

Su expresión cambió apenas un segundo, pero fue suficiente para que sintiera vergüenza de sí misma.

—En serio, Yoon-seo…

Dejó el teléfono sobre el escritorio y se obligó a regresar a sus apuntes.

Leyó la primera línea.

Después la segunda.

Al llegar a la tercera, se dio cuenta de que no había comprendido ninguna.

Volvió a mirar el teléfono.

Esta vez no lo tomó.

Solo lo observó desde donde estaba, como si su fuerza de voluntad pudiera hacer aparecer un mensaje.

No apareció.

Y entonces recordó algo que llevaba semanas intentando no pensar.

Antes, Tae-gyeom era quien iniciaba las conversaciones.

Le escribía para contarle que había visto algo extraño camino a casa. Le enviaba fotografías borrosas de sus comidas. Le preguntaba qué estaba haciendo incluso cuando acababan de despedirse.

A veces, cuando ella tardaba en responder, le mandaba otro mensaje.

Y después otro.

¿Estás ocupada?

¿Te pasó algo?

Bueno, cuando puedas, me hablas.

Yoon-seo sonrió al recordar aquello.

En aquella época le parecía adorable. Incluso se quejaba de que él no podía dejarla estudiar tranquila.

Ahora habría dado cualquier cosa por recibir uno de aquellos mensajes.

La sonrisa desapareció lentamente.

Quizá esa era la parte más extraña de crecer junto a alguien: un día descubrías que habías pasado tanto tiempo acostumbrándote a su presencia que no sabías qué hacer cuando empezaba a faltar.

A las nueve y diecisiete, Yoon-seo volvió a abrir la conversación.

Escribió:

¿Cómo estuvo tu día?

Lo leyó dos veces.

Después añadió un pequeño corazón.

Lo borró.

Volvió a escribirlo.

Lo borró otra vez.

Finalmente, envió el mensaje sin ningún emoji.

Dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Era ridículo sentirse nerviosa por algo tan sencillo. Había hablado con Tae-gyeom cientos de veces. Había compartido con él sus preocupaciones, sus alegrías y pensamientos que no se habría atrevido a contarle a nadie más.

Sin embargo, últimamente cada mensaje parecía convertirse en una especie de examen silencioso.

¿Estaría ocupado?

¿Respondería con cariño?

¿La conversación duraría más de cinco minutos?

¿O volvería a terminar con un «luego hablamos»?

Yoon-seo se detuvo.

No quería seguir pensando así.

Tae-gyeom tenía amigos. Tenía sus propios intereses, sus responsabilidades y derecho a disfrutar de su tiempo sin estar pendiente de ella.

Lo sabía.

Nunca había querido convertirse en una obligación para él.

Pero también había algo que no sabía cómo explicarse: entender que alguien necesitaba su espacio no hacía que la ausencia doliera menos.




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