A las ocho y media de la noche ya estaba de camino al Grand Ritz, escuchando una estación de radio con música nocturna electrónica, típica de viajes largos en carretera cuando uno volvía a casa. El trafico no era denso a esas horas, sino que fluía en suaves oleadas, y para su deleite, se hallaba de inmejorable humor. Tamborileaba con los pulgares sobre el volante del coche, meneando la cabeza de lado a lado tarareando las melodías. El traje a fin de cuentas le había quedado excelente, un poco justo en los brazos y en la espalda, pero nada de qué preocuparse. Al contrario, era algo que le gustaba. Le daba un aspecto fornido que lejos estaba de ser real, y aquello le parecía bueno. Al menos por una noche, podría permitirse disfrutar de la gente a su alrededor, mostrar la imagen triunfante y seguro de sí mismo que siempre había querido dar. Y eso era todo lo que le importaba.
Llegó al club casi cuarenta minutos después. Si bien ya conocía la dirección, advirtió donde era porque había dos hombres embutidos en frac a un costado de la acera: uno para recibir al invitado y otro para llevar el coche al estacionamiento. Maxwell detuvo el Citroën a un lado, bajó del mismo sin apagar el motor y mientras el aparcador rodeaba el coche por delante para subir al lado del conductor, él lo hizo por detrás, para estrecharle la mano al seguridad de la entrada.
—Maxwell Lewis —Se presentó. El hombre revisó una lista y asintió con la cabeza.
—Bienvenido, señor Lewis, que tenga una agradable noche. Pase por aquí —le indicó, señalándole con un gesto de la mano hacia la portería de hierro del club.
Maxwell asintió con la cabeza y avanzó por el camino empedrado, atravesando todo el jardín ornamental. La enorme edificación estilo barroca era imponente, de al menos cuatro plantas y más de cien ventanales, confeccionado enteramente en granito. La decoración de las luces y las cortinas rojas en terciopelo eran exquisitas, y subiendo los escalones de mármol de dos en dos, empujó las puertas de madera de ébano para entrar al gran salón.
Adentro, la música era suave y melódica, un pianista tocaba en un rincón una tonada ambiental que no interfería en absoluto con la charla de todos los presentes. Las cortinas de seda que cubrían las ventanas estaban atadas por la mitad con tiras blancas adornadas por borlas de nácar en su terminación, las dos estufas encendidas daban calidez al ambiente, y la decoración era exquisita. Había armaduras medievales que adornaban cada una de las cuatro esquinas del gran salón, y los cuadros que pendían de las paredes empapeladas eran impresionistas. En el centro del gran salón, había dos mesas largas dispuestas una al lado de la otra: una para la comida, y otra para la bebida, a libre consumición. Desde canapés hasta empanadillas de copetín, bocaditos salados, confituras dulces y mariscos en salsa de caviar. La bebida no se quedaba atrás: desde cervezas importadas conservadas en hielo, hasta whisky añejo, además de diversas marcas de champagne y licores a gusto.
Se sirvió una copa de licor, algo suave con lo que empezar la noche, y tomó un puñadito de maní con su mano libre. En el momento en que se lo echaba a la boca, escuchó una voz por detrás.
—¡Hola, Max! Que bueno verte, creí que no ibas a venir —Se giró sobre sus pies y allí lo vio, Kevin embutido en uno de sus acostumbrados trajes costosos a medida. El bolsillo en su pecho estaba adornado con un pañuelo blanco, y además el cabello excesivamente engominado le daban a una pinta a friki tremenda. Le dio un par de palmaditas en el brazo y le hizo un gesto para que lo siguiera—. Ven, tengo un par de personas importantes para presentarte.
Sin decir nada, Maxwell lo siguió a través de todo el salón, admirándolo todo como si fuera un niño pequeño en Disneylandia. Al fondo del mismo, había dos escaleras de mármol que se bifurcaban hacia los pisos superiores, donde imaginaba que debía haber más salones de conferencias o reuniones. Si bien el acceso no estaba restringido por algún tipo de cinta o similar, ya que había gente que subía y bajaba conversando entre sí, se dijo que tal vez debía ser algo privado que no le importaba en lo más mínimo. Aún así, ya lo inspeccionaría luego, pensó.
Kevin se acercó a un grupo de hombres de edad un tanto avanzada, vejetes y carcamanes antiguos en el mundo literario con muchas influencias importantes, pensó Maxwell en cuanto los vio. Reconocía bien esa clase de gente, siempre con la mirada altiva, la forma sofisticada de sostener las copas de sus bebidas, y esa expresión en el rostro de estar continuamente oliendo a mierda. Seguro que eran, como mínimo, dueños de importantes editoriales. Lo que aún no terminaba de entender, era qué demonios hacía Kevin presentándole alguien como él a estas personas.
—¡Qué tal, caballeros! —saludó. El trío de hombres lo miró con una sonrisa. —Espero que estén disfrutando la noche.
—Oh, ciertamente —respondió uno de ellos, quizá el más viejo de los tres, con profundas canas allí en el lugar de la cabeza donde aún no había atacado la calvicie, y espeso bigote acabado en punta.
—Quería presentarles a mi muchacho, es actualmente lo que mejor tenemos en la editorial —Maxwell lo miró sin poder evitar el gesto de incomprensión. ¿Realmente acababa de llamarlo “Mi muchacho” como si tuviera ocho años y fuera su tutor? Entonces Kevin lo miró de reojo, con su amplia sonrisa en falsete, como si fuera un vendedor de Tele Shopping intentando colarle una oferta a la anciana ignorante—. Maxwell, ellos son los directores ejecutivos de GoldBooks —señaló a dos de los hombres—, y él es el gerente de edición —señaló al restante.
Aquellos hombres lo miraron como si fuera una atracción de circo, Maxwell suponía que estaban acostumbrados a ver a la gente de aquella manera. Entonces parecieron recordar quien era él, porque enseguida sonrieron y uno a uno fueron estrechándole la mano. A Maxwell ya le dolía la mandíbula de mantener aquella sonrisa neutra durante tanto rato.
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Editado: 28.10.2026