Para su deleite, Maxwell no volvió a ver a Kevin en toda la noche.
Se había dedicado a recorrer cada una de las estancias del club, bebiendo una copa tras otra, sin prisa y siempre comiendo algo. El Grand Ritz era mucho más grande de lo que parecía por fuera, a decir verdad. Los pasillos y las habitaciones eran laberínticas, y más de una vez se había dado cuenta de que caminaba en círculos, llegando incluso a una zona donde al parecer, trabajaban en refaccionarla, debido a las herramientas, lonas de contención y andamios instalados junto al decorado de las paredes. Sin embargo, lejos de molestarle, aquello le encantaba. Se sentía como un explorador en un castillo del medioevo, un viajero temporal y alcohólico.
Sus pasos lo dirigieron de nuevo al salón central. La comida había sido bien recibida por los invitados, ignoraba cuantos habían ido en total, pero seguro debía ser una buena cantidad, ya que las fuentes estaban a menos de la mitad. Por lo que, cuando llegó al salón desde uno de los pasillos laterales, había una pequeña comitiva de mozos vestidos a blanco y negro, que rellenaban las fuentes de comida y bebida con nuevas porciones. Entonces, al mirar a su derecha, se dio cuenta de que aún le faltaba una escalera por recorrer, la que conducía al ala izquierda de los pisos superiores. Sin nada mejor que hacer, dejó su copa vacía encima de la mesa de bebidas, se sirvió una medida de whisky y tomando un langostino por su cola, caminó hacia la escalera mientras degustaba el aperitivo.
En cuanto subió, se dio cuenta de que el pasillo que comenzaba ni bien finalizar la escalera, estaba decorado más como una sala de estar, a comparación del resto del club. Las lamparas eran de pie, no de techo, y había pequeños sillones de dos cuerpos cada pocos metros, acompañados de revisteros y minibares. Imaginó entonces que cumplía exactamente esa función, la de una sala de estar refinada y lujosa, para que aquellas personas que quisieran alejarse un momento de la bulliciosa fiesta, pudieran charlar en paz y de forma más relajada. Había algún que otro grupo de personas conversando entre sí cerca de la escalera, y dos mujeres que charlaban y reían sentadas en un sillón de cuero rojo. Más adelante, un grupo de cuatro hombres que discutían sobre la semifinal de beisbol de aquella temporada. Estos últimos le dieron la impresión a Maxwell de que se conocían de antes, ya que discutían con la confianza propia que se logra solo en un grupo de amigos.
El pasillo giraba a la derecha al llegar a su final, y en el fondo, cerca del recodo, se hallaba una mujer y un hombre conversando entre sí. Normalmente, Maxwell daba poca importancia a la gente a su alrededor, siempre miraba a todo el mundo como quien mira al pasar, y asunto resuelto. Sin embargo, aquellos dos le llamaron la atención. El parecía haber bebido de más, lo notaba por la forma muy sutil, aunque perceptible, en que se balanceaba alternando el peso de su cuerpo de un pie a otro. Ella, por su parte, lo miraba y negaba con la cabeza como si estuviera desconforme con la charla o con la ebriedad de aquel hombre. ¿Serían pareja? Se preguntó. Solo una pareja era capaz de enojarse contigo si ibas a una fiesta y te embriagabas hasta el culo, se dijo, con una sonrisa. Él era alto, casi de la misma altura que Maxwell o quizá algunos centímetros más, podía adivinarlo aún en la distancia. Ella era casi quince centímetros más baja que él, de cabello rubio cenizo, y no era fea, muy por el contrario. El vestido de fiesta azul marino que llevaba, de una sola pieza sin hombreras y largo hasta los tobillos, no era ceñido al cuerpo, pero si remarcaba el perfil de sus pechos medianamente voluptuosos y la curvilínea de su trasero en la parte baja de la espalda.
Aún se hallaba mirándola, cuando se percató de algo curioso. Aquel hombre, por algún motivo que no lograba entender, parecía querer evitar el hecho de que ella hablara en voz alta. Le hacía gestos para que bajara el tono de voz, como si la chica estuviera a punto de gritar en cualquier momento, y Maxwell sintió la incomodidad dentro de sí mismo. Conocía poco y nada de la psicología corporal en momentos de tensión, pero no necesitaba ser un erudito para razonar que había algo incomodo en aquella charla. Ella tenía la espalda contra la pared, aunque no dejaba de mirarlo con altanería y el mentón en alto. Él, por su parte, no la tenía arrinconada de alguna forma, pero sí marcaba su presencia con el brazo izquierdo levantado y la mano apoyada en la pared. Sin duda era una discusión de pareja, o al menos eso parecía, por lo que no era aconsejable entrometerse. Sin embargo, también pensó que no era una mala idea acercarse.
Caminó a paso lento, sin dejar de mirarlos, como haciéndose el sonso. Al llegar junto a ellos, pudo captar algo de la conversación.
—…dicho no. ¿Acaso estás demente, Gary? ¿Quién crees que soy? —decía ella. Tenía una voz fina y dulce. Él, por el contrario, arrastraba la lengua.
—No estoy demente, solo soy realista. Son cosas que no condicionan absolutamente nada de la amistad entre un hombre y una mujer. Además, como si no lo hubieras hecho antes, Abby.
—¿Y eso a ti qué te importa? Ni siquiera tienes idea, Gary. No soy una más de las que estás acostumbrado a tratar, así que ya deja de fastidiarme porque me estás incomodando.
Maxwell decidió que era hora de intervenir en cuanto escuchó la última frase. Los miró de reojo en cuanto dobló el recodo del pasillo, y entonces se detuvo.
—Buenas noches —saludó—. ¿Todo está bien? ¿Hay algún problema?
La chica lo miró con los ojos fijos en los de él, como si quisiera decirle algo en silencio. Entonces, el hombre se interpuso en su campo de visión, dándole la espalda a la mujer. Miró a Maxwell como si lo odiara por algún motivo, y le hizo un gesto con la cabeza.
—Claro que todo está bien, amigo. Sigue tu camino y no me estés tocando las pelotas —respondió. El olor a Ron le llegó directamente, así que eso era lo que había bebido, pensó Maxwell. Como toda respuesta, se ladeó a un costado y volvió a establecer contacto visual con la chica.
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Editado: 30.10.2026