La criatura maldita

6

La noche anterior, Maxwell durmió como un rey. Dicho sea de paso, durmió mejor de lo que había dormido en muchísimos meses.

Salió del club casi media hora después de Abby, llegó a su casa y le envió un mensaje para avisarle que había llegado bien, además de desearle buenas noches. También estuvo a punto de escribirle que agradecía su compañía, que le había encantado charlar con ella y tener la posibilidad de conocerla mejor, pero descartó rápidamente esa idea. Maxwell no era un tipo cursi, nunca lo había sido y no cedería ante ello como un adolescente. Ella le respondió casi diez minutos después, diciéndole que ya estaba por acostarse. También le dijo que había pasado genial, le agradeció una vez más por haberla defendido de su tonto editor, y que estaba encantada por haberlo podido conocer. Maxwell entonces sonrió, se dio cuenta de que lo que él no había escrito por considerar demasiado cursi, ya lo había hecho ella. Entonces, con una sonrisa de oreja a oreja, se quitó el traje y se dejó caer encima de la cama.

Para cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue revisar su teléfono celular. No tenía mensaje de Abby, seguramente estaba durmiendo la mona, o quizá consideraba que era demasiado pronto para escribirse a diario, por lo que el también se abstuvo de escribir. Ya habría tiempo para eso, y además, no quería hacerse ilusiones falsas, confundiendo simpatía con coqueteo. Lo que sí no podía faltar, obviamente, eran varios mensajes de Kevin. Una versión de Kevin super preocupada por el bombazo de anoche, mensajes como “Max, llámame cuando puedas”, o cosas como “De verdad, no puedo creer que vas a abandonar la carrera luego de este libro, espero que lo estuvieras diciendo de broma, porque sería un crimen desperdiciar tu talento así como así” y demás tonterías. Simples adulaciones, pensó, mientras deslizaba los mensajes a un lado para ignorarlos. Palabrerío barato y nada más.

Durante los dos días siguientes escribió mucho más de lo que tenía pensado. No sabía si era por la motivación y el alivio de saber que luego de ese libro ya no escribiría más, o porque al fin tenía la mente despejada. En cualquier caso, disfrutaba de aquello, y casi que ni siquiera tenía que detenerse para corregir nada. Se tomaba sus tiempos de escritura y sus tiempos de descanso, para mirar alguna película o incluso comprar algo de comida chatarra, como pizzas recalentadas o hamburguesas al paso. Con respecto al alcohol, casi que ni bebía. Era duro, no iba a mentirse, pero al menos lo intentaba. En su lugar, se había aprovisionado de varios packs de bebida energizante Red Bull.

Tan absorto se hallaba en su nueva rutina, que fue el propio Joe, por mensaje de texto, que le hizo acuerdo acerca del cumpleaños de Rita. Maxwell acababa de despertarse hacía no más de quince minutos, y apenas había encendido la cafetera cuando vio el mensaje. Tenía dos, en realidad. Uno de Abby, para reunirse en el parque Winstone el lunes al atardecer. El otro era de Joe.

—Oh, mierda, no he comprado un puto regalo… —murmuró.

Le confirmó a Abby la cita, y se dispuso a desayunar lo más rápido posible, para tener tiempo de ir a una tienda de bazar antes de que se le hiciera tarde. Sabía que con la buena de Rita no había problema alguno, pero odiaba ser invitado a un lugar y caer con las manos vacías. Para colmo de males, era domingo, y los domingos todas las tiendas cerraban después del mediodía, al menos en la zona más céntrica. Debía apurarse si quería conseguir algo decente.

Bebió su café rápido, no se preparó un sándwich como de costumbre, ya compraría algo por ahí, se dijo. Se cepilló los dientes, se vistió con sus clásicos pantalones negros de jean, una camiseta de manga larga, un suéter de lanilla y su chaqueta de motorista, la cual comenzaba a presentar algunas peladuras en el cuero, cerca de los hombros y la parte baja de la espalda. Por si acaso, se enrolló una bufanda gris de punto, el ultimo regalo de Elizabeth, alrededor de su cuello. Según el parte meteorológico de la noche anterior, comenzaría a estar más fresco de lo habitual, y no quería pillar un catarro.

En cuanto tuvo todo listo, llaves del coche, de la casa y la billetera en el bolsillo, salió al patio y cerró la puerta tras de sí. Efectivamente, la nube de vapor que salía por los orificios de su nariz le indicaba que aquel día iba a estar más frío de lo común. De todas formas, a Maxwell no le disgustaba. Podría quedarse hasta tarde de la noche en uno de sus planes favoritos: encender la estufa a leña, recostarse en el sillón envuelto en sus mantas de lana tejida, y hacer una maratón de películas hasta que se durmiera. Sonrió, pensando en esto último, mientras caminaba hacia el coche, con cuidado de no resbalarse por los restos de nieve. Sonreía por estar imaginando ese plan junto a Abby. Era una locura, le parecía sumamente extraño estar pensando en aquello con una chica que acababa de conocer hacía no mucho tiempo. Pero al mismo tiempo le causaba cierta diversión, y además, tampoco era que pudiera contenerse mucho. Abby era una mujer que irradiaba calidez y buenas vibras, todo en ella era digno de generar cierta ternura, y no había dejado de pensar ni un instante en su sonrisa mientras charlaban, en la forma en que lo miraban aquellos ojos color ámbar y en lo sonrosadas de sus mejillas.

Controlando la línea de sus pensamientos, negó con la cabeza al mismo tiempo que intentaba disimular la sonrisa, como si sintiera vergüenza de ello o temiera que alguien lo descubriera en aquel momento, y subió al coche del lado del conductor. Encendió el motor y la calefacción, junto al desempañante de los cristales, y en cuanto el motor ya había entibiado lo suficiente, giró en U por la calle hasta enfilar el camino hacia la avenida principal. No tardó demasiado en llegar a la zona más céntrica de Detroit, apenas veinte minutos, ya que por lo general no había demasiado tráfico a esas horas. Toda la gente estaba en sus trabajos, aprovechando que había menos concurrencia de personas, se dirigió directamente a la ubicación del centro comercial más cercano, en la avenida Wesmile. Allí dejó el coche en un estacionamiento reservado, apagó el motor y bajó del mismo, recogiendo el ticket al pasar por la salida.




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