La criatura maldita

7

Maxwell volvió tarde de la noche, casi a las once, de la casa de Joe y Rita. Cenaron, bebieron y le cantaron el cumpleaños feliz, haciendola sentír de maravilla. Emocionada, Rita agradeció por la compañía de todos, en especial la de su hermano, debido a la reconciliación familiar. Luego de ello, permanecieron un rato más de sobremesa hasta que Maxwell se fue, anticipándose a la nieve que estaba anunciada para la medianoche de aquel día.

Durmió como plomo, ni siquiera se preparó nada para comer, solamente entró a su casa y luego de comprobar que todas las puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, se dirigió escaleras arriba, rumbo a su dormitorio, para quitarse la ropa y zambullirse en la cama. El aire fresco de la caminata y las horas de visita en la casa de su amigo habían acabado por agotarle, de modo que durmió toda la noche de corrido hasta casi las diez de la mañana del día siguiente.

Para cuando despertó, lo primero que hizo fue darse una ducha rápida antes de desayunar, y aunque sabía que corría el riesgo de padecer un dolor de cabeza tremendo por no tomar su café a tiempo, se quedó disfrutando del agua caliente un poco más, hasta haber agotado el tanque. Luego de eso, encendió la cafetera, se preparó un par de huevos revueltos, y revisó el teléfono celular, para ponerlo a cargar. Tenía un mensaje de Abby, que lo esperaba a las cinco de la tarde en el parque Winstone, y que estaba con felices ansias por verle. Obviamente, Maxwell contestó que también, y le confirmó la cita diciéndole que a las cinco en punto estaría allí.

Durante todo el día, no pensó en otra cosa que no fuera en ello. Las horas se estiraron como chicle, y la jornada se le hizo interminable. No escribió una palabra en su nuevo libro, tampoco escuchó música, solamente se dedicó a mirar televisión, y cuando estaba demasiado aburrido, caminaba de un lado al otro de la sala de la casa. Se sirvió un whisky pasadas las dos de la tarde, lo saboreó como hacía muchos días no disfrutaba uno, y estuvo tentado a servirse otro, pero rechazó la idea. Desconocía si iba a beber algo con Abby y no quería sentirse ligeramente mareado en caso de que hubiera contacto físico de algún tipo.

Pensar en esto último le hizo cierta gracia. ¿Cuánto tiempo hacía que no se acercaba a una mujer? Se volvió a preguntar al igual que días atrás. Sin duda una buena cantidad de años, y una parte de sí mismo se hallaba nervioso ante la expectativa. Nervioso y entusiasmado, tampoco se iba a mentir. Desde que había tenido frente a él la posibilidad de una cita con Abby, no había dejado de pensar en como sería el calor de sus manos, finas y delicadas, entre las suyas. O aún mejor, poder sentirle la respiración en su cuello.

Al fin, la hora había llegado. A partir de las tres y media de la tarde, toda la lentitud con la que Maxwell sentía que transcurría su día, se vino en barranca abajo repentinamente. Las horas se le pasaron volando, a eso de las cuatro se dio una nueva ducha por si acaso, se vistió con un suéter Polo, una chaqueta de cuero mucho mejor de la que usaba normalmente, zapatos nuevos y un pantalón de jean negro comprado el mes anterior. Antes de salir de casa, se roció perfume en zonas que él consideraba claves: detrás de las orejas, en el cuello y los hombros. Desconectó el teléfono de su cargador, tomó las llaves de la casa, y luego de apagar todas las luces, salió y cerró tras de sí.

El parque Winstone no estaba muy lejos de su casa, como a una media hora caminando por la avenida principal, por lo que salió sin el coche. Quería ir caminando para disfrutar del aire fresco y por sobre todo para controlar sus propios nervios ansiosos, de modo que avanzaba sin prisa, mirando las casas de su vecindario y a los vecinos que se afanaban en limpiar la nieve de sus jardines. En cuanto llegó al parque, se sentó en uno de los tantos bancos de madera que había al lado de los senderos pavimentados entre la vegetación, cerca de la fuente central, ahora apagada debido al clima. A lo lejos, se podía ver desde su posición la zona recreativa para los niños, con el tobogán recubierto de nieve al igual que los asientos de las hamacas. Los juegos estaban vacíos, evidentemente, y a excepción de él, los únicos dos que estaban en aquel parque a esas horas era una pareja de adolescentes, como a cincuenta metros de su posición, cuchicheándose al oído y haciéndose arrumacos. Maxwell los miró, sonrió, y pensó que extrañaba esas épocas. Una buena época, en donde el calor de las hormonas y la inocencia propia de la joven adolescencia eran un caldo de cultivo perfecto para vivir maravillosas historias que difícilmente sobrepasaban el verano.

Quince minutos después, la vio llegar, por el sendero opuesto en el que estaba esperándola él. Estaba hermosísima, pensó, aún cubierta por aquel tapado color salmón que hacía juego con el rubio de su cabello ondeándose en cada paso. Llevaba unas botas de caña alta hasta la rodilla, marrones, y un pantalón de jean azul. En cuanto lo vio, levantó una mano tímidamente para saludarlo, y Maxwell hizo lo mismo. Sentía el pecho como una bomba de petróleo a toda máquina, y se puso de pie mientras respiró hondo, tratando de controlar sus propias pulsaciones cardíacas. Una vez que ella llegó hasta su posición, ambos se dieron un beso en cada mejilla, respiraron la fragancia de los perfumes que llevaban cada uno en una milésima de segundo, y luego tomaron asiento en el mismo banco de madera donde él la estaba esperando.

—¿Cómo has estado? —Le preguntó, con una sonrisa.

—Bien, todo bien. Estaba un poco ansiosa por verte.

Abby bajó la mirada al tiempo que se sonrojaba, y Maxwell disfrutó de aquel gesto. Apenas tenía una sombra de maquillaje en los ojos y no se había pintado los labios, pero había un halo de extraña pureza en ella, como la de una niña encerrada en el cuerpo de una adulta, que le inspiraba además de confianza, un montón de ternura. En un gesto que sabía bien arriesgaba el hecho de parecer atrevido, apoyó su mano derecha con delicadeza encima de las de ella, que descansaban entrelazadas encima de su regazo. Entonces ella levantó la mirada hacia él, con cierta sorpresa.




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