Maxwell estaba tan desacostumbrado a dormir con una mujer al lado que se despertó varias veces durante la madrugada, en el silencio de la habitación, mientras Abby roncaba a pierna suelta, extenuada. Habían hecho el amor tres veces, y luego de la última, Abby se recostó boca arriba, jadeando y empapada en sudor aún a pesar de que hacia frío. Así como se acomodó, cayó rendida en el sueño, y Maxwell tardó un poco más en dormirse. Sin embargo, cada vez que se despertaba en la penumbra del dormitorio, permanecía unos minutos mirándola dormir. Hasta que al fin el sueño lo venció, de forma definitiva.
Casi a las ocho de la mañana, sintió que alguien lo sacudía levemente por la espalda. Abrió los ojos pesadamente, y miró a su alrededor. Al principio, su adormilado cerebro tuvo dificultades para reconocer que el dormitorio no era el suyo, pero luego recordó todo lo acontecido en la noche anterior, en una fracción de segundo. Abby estaba mirándolo con una sonrisa, sentada en el borde de la cama. Tenía el cabello húmedo, y ropa diferente a la del día anterior.
—Buenos días, dormilón —Le dijo. Se acercó para darle un rápido beso en los labios, y sintió que su piel también olía diferente. Quizá a sales aromáticas y jabón de tocador, por lo que se había duchado mientras él dormía—. ¿Has dormido bien?
—De maravilla —Sonrió, mientras se estiraba en la cama.
—Iré a preparar el desayuno. Si quieres ducharte, el baño está frente al dormitorio. Te he dejado una toalla preparada.
—Gracias, Abby. Iré enseguida.
Ella le sonrió, mientras que se ponía de pie. Maxwell entonces la vio caminar hacia la puerta del dormitorio, mientras se deleitaba con el vaivén de sus caderas, hasta que desapareció por el pasillo, perdiéndose de vista. Entonces se estiró cuan ancha era la cama, dando un suspiro con los ojos fijos en el techo inmaculado, pintado de blanco. Sentía todo el cuerpo muy flojo, producto del buen sexo, y también de la ilusión que le dominaba, no iba a negárselo a sí mismo. Abby era una chica maravillosa, lo parecía en persona y lo era aún más bajo las sábanas, y esperaba por todos los santos que no fuera algo pasajero, una simple atracción para quitarse las ganas y listo. Era insólito, pero por primera vez en mucho tiempo, le gustaba la idea de formar algo con alguien.
Se levantó de la cama y todavía en boxers, cargando con la ropa en un brazo y sus zapatos en la otra mano, se metió al baño. Las paredes estaban revestidas con azulejos color celeste, los aparatos de baño eran blancos y la ducha parecía puesta a nuevo, ya que su diseño moderno y cuadrado contrastaba con todo lo demás. Rápidamente, dejó la ropa encima de la tapa del inodoro, y quitándose la ropa interior, se metió a la ducha calibrando el agua tibia. No demoró tanto como si estuviera duchándose en su casa, la verdad era que tenía hambre, y quería aprovechar el mayor tiempo posible junto a Abby, por lo que en menos de diez minutos ya estaba vestido y saliendo rumbo a la sala de estar. Allí la vio, sentada en la mesa con una taza de café con chocolate frente a ella, otra cerca de una silla vacía a su lado, y un plato con tostadas y mantequilla en medio.
—¿Cómo ha estado la ducha? —Le preguntó, con una sonrisa. Maxwell también sonrió.
—Deliciosa, gracias. Aunque no tanto como la noche anterior.
Abby sonrió, un poco sonrojada. Lo disimuló dando un sorbito a su taza humeante, mientras que él se sentaba a su lado.
—No necesitas hacer cumplidos conmigo, Max. O al menos, ya no.
—No es un cumplido, es la realidad. Hacía mucho tiempo que no estaba con alguien.
—Me di cuenta —bromeó ella. Esta vez, el sonrojado fue Maxwell.
—Espero que haya estado bien. No quería ser demasiado bruto o apresurado.
Ella notó su incertidumbre, y entonces apartó una mano de la taza para apoyársela encima de su antebrazo. Maxwell la miró directo a los ojos, ante este gesto.
—Estuviste genial, tranquilo. No necesitas sentir como si estuvieras caminando sobre cristal endeble. Soy una chica que si algo no me gusta, o no me hace sentir cómoda, no tengo problema en decírtelo.
—Bueno, me alegra saberlo.
—Ahora come, debes reponer energías, Max. Ambos debemos —Le guiñó un ojo.
Desayunaron en silencio, y minutos después, en cuanto se hubieron devorado hasta la última tostada, Maxwell levantó los platos y tazas de la mesa, lavándolos en el fregadero. Abby intentó decirle que dejara eso ahí igual que la noche anterior, que no se molestara, pero él no la escuchó. Finalmente, cada uno se puso su correspondiente chaqueta, Abby tomó las llaves de su coche, y abrió la puerta de entrada. El aire frío invadió la sala de estar, arrastrando consigo algunos copos de la nieve que estaba asentada en el patio. Sin embargo, ya no nevaba, así que podrían salir sin ningún problema. Maxwell avanzó tras ella, la vio cerrar la puerta de entrada y deseó con todas sus fuerzas que le comentara algo acerca de su situación sentimental luego de esto. Sin embargo, nada ocurrió, para su decepción.
Abby subió a su coche, del lado del conductor. Maxwell la siguió, hasta la puerta del acompañante, y subió también, abrochándose el cinturón. Ella encendió el motor y la calefacción, luego lo dirigió suavemente marcha atrás, para sacarlo de la entrada de su garaje hasta la calle. No encendió la radio, ni tampoco dijo nada. Solamente le preguntó a Maxwell donde vivía. Este le indicó la forma mas rápida de llegar, y Abby emprendió el camino rumbo a la avenida Madison a velocidad moderada. Durante el trayecto, Maxwell intentó preguntarle varias veces si estaba bien, y ella siempre le respondía que se sentía de maravilla, que no se preocupara, con la misma sonrisa típica de su rostro. Finalmente, luego de veinte minutos de viaje, llegaron frente a la casa estilo rancho campestre de Maxwell. Abby la admiró.
—Tienes una casa preciosa, Max —dijo.
—¿Quieres pasar un momento?
—Tal vez en otra ocasión, me urge trabajar en mi libro, tengo muchas ideas en mente.
#89 en Terror
#165 en Paranormal
terror paranormal misterio, suspenso drama misterio asesinatos, lenguaje de adulto
Editado: 30.10.2026