La criatura maldita

9

Durante las dos semanas siguientes, Maxwell escribió mucho más de lo que tenía pensado, o de lo que podría imaginarse. Casi que no había dedicado tiempo en mirar sus series, la televisión y sus programas de mierda, o mucho menos juntarse con Joe en Ducky´s. Su rutina era despertar, apenas mirar un poco del noticiero mientras desayunaba, y ya luego se ponía a escribir. Solamente se detenía para prepararse algún almuerzo rápido, como algún omelette de jamón y queso, o una pasta precocinada. Los días que estaba demasiado motivado ni siquiera se cocinaba lo mínimo, solamente llamaba al restaurante más cercano y pedía comida. Por supuesto, los avances en su libro crecieron exponencialmente, y eso lo ponía muy contento, retroalimentando a su vez toda la creatividad que había estado atorada dentro de sí mismo.

Con respecto a Abby, también se sentía de maravilla. Se escribían por mensajes al menos un par de veces al día, para darse los buenos días o para comentar algo de sus libros. Por la noche, luego de que ambos ya habían cenado y se acostaban a descansar, solían llamarse y charlar durante una hora o dos. Ella se había interesado en la nueva trama que Maxwell estaba creando, por lo que le había contado hasta el último detalle de lo que llevaba escrito. Además, por el simple hecho de contentarla, le había hecho algún que otro adelanto de lo que sucedería más adelante, y Abby se hallaba fascinada, deseosa de que lo terminara para comenzar con el proceso de edición. También le había contado del suyo propio, le había pedido algún que otro consejo y Maxwell la había ayudado a evaluar algunas escenas para que quedaran mejor detalladas en cuanto a la narración de sucesos.

Obviamente, también reservaban algo de tiempo para charlar un poco sobre ellos. Cuando durante la conversación uno de los dos comenzaba a charlar en susurros, ambos sabían que entonces venía lo que ellos llamaban “La hora romántica”. Se cuchicheaban acerca de lo a gusto que se sentían por compartir tiempo juntos, los planes que podían tener, posibles lugares de paseo, y algún que otro comentario de índole sexual. Ninguno de los dos se había dicho aún demostraciones de cariño, sin embargo. Abby consideraba esperar un poco más de tiempo, además, como mujer no sería la primera en decir que le quería, o podría ser considerada como una chica vulgar y apresurada. Maxwell, por su parte, también callaba. No porque no lo sintiera, eso no, sino porque tenía miedo de agobiarla en una etapa en donde la relación era demasiado fresca. Pero la realidad era que la extrañaba, y mucho. Hacía dos semanas que no se veían, y estaba ansioso por compartir con ella la cama, otra vez.

La noche de jueves, Maxwell la invitó a comer a su casa, y pasar el fin de semana juntos. Abby se había mostrado encantada ante la propuesta, y le confirmó que ella llevaría la bebida. Maxwell le respondió entonces que por ningún motivo se pusiera en gastos, que ella era su invitada y no tenía que molestarse. Evidentemente, ella le dijo que sí, pero sabía bien que no le haría el mínimo caso, ya que no le gustaba ir a ningún sitio sin aportar algo, más aún cuando era invitada a comer. Fue así como quedaron de verse a la noche de aquel viernes, y durante todo ese día, Maxwell se afanó no solo en limpiar la casa tanto cuanto pudo, sino en comprar la carne para hacer al horno, preparar la salsa para el acompañamiento y cambiar de lugar algunos muebles del living, para darle un aspecto mucho más distinguido a su casa. A eso de las siete de la tarde, Maxwell se metió a la ducha, ya que estaba sudado y extenuado por la jornada de limpieza, y a las nueve de la noche en punto, el timbre en la puerta sonó.

Se dio cuenta de que era afortunado por estar viviendo todo aquello, en cuanto al abrir la vio allí, de pie frente a la entrada de su casa, con el coche estacionado en la calle a sus espaldas. Abby estaba hermosa, con la sonrisa que siempre la caracterizaba pintada en el rostro. Y no estaba en cualquier casa, ni con cualquier tipo, estaba con ÉL. Y eso era lo que le hacia tremendamente feliz.

—Hola, Max —Le dijo. Él se apartó a un lado, para que ella entrara al living. Una vez dentro, Maxwell cerró la puerta tras de sí y la envolvió en un abrazo.

—Abby, estas preciosa, como siempre.

—Solo haces cumplidos —respondió, devolviéndole el gesto. Ambos se separaron un instante para darse un beso.

—Jamás —dijo él, acariciándole una mejilla—. Ven, dame tu chaqueta, la guardaré en mi habitación.

Mientras se quitaba la chaqueta de piel, dio un rápido vistazo a su alrededor, apreciando todos los detalles: los cuadros colgados en la pared cerca del escritorio donde la computadora descansaba, mostrando cada uno de los galardones y reconocimientos de Maxwell. La estufa a leña encendida, la enorme biblioteca repleta de ejemplares de diversos autores, incluidas algunas copias de sus propios libros, la decoración con plantas de interiores, absolutamente todo.

—Me imaginé que tenías una casa muy bonita, pero nunca me imaginé que tanto…

—Bueno, eres bienvenida todas las veces que quieras, ven conmigo.

Maxwell la tomó de la mano, mientras cargaba la chaqueta en el antebrazo izquierdo, y juntos caminaron por todas las habitaciones, mientras él le contaba cada detalle de la casa. Abby miraba todo encantada, con la inocente expresión de quien se sumerge en el relato que le están contando al mismo tiempo que se deleita con la arquitectura o el decorado de un lugar. En cuanto llegaron al dormitorio, Maxwell colgó la chaqueta de una percha, guardándola en su armario, y luego rodeó por la cintura a Abby. Normalmente no se comportaría así jamás, pero se sentía en completa libertad de demostrar sus sentimientos a carta abierta. No tenía ni idea de si era ella quien le inspiraba tanta confianza, o el hecho de por fin haberse enamorado de alguien, o quizá todo al mismo tiempo. La cuestión era que no podía contenerse. Le dio un par de besos en los labios y luego hundió el rostro en su cuello, respirando con fuerza, como si quisiera drogarse de alguna manera con la esencia de su perfume.




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