La Cuerva

La cuerva

LA CUERVA

En la cola del supermercado Garza esperaba su turno con cierta impaciencia mientras la cajera confraternizaba con la señora situada delante de ella.

  • Pues parece un buen chaval-, decía la cajera refiriéndose al joven que acompañaba a la señora.

  • No, si bueno es pero aparte de estudiar no ayuda en nada, ¡que nos creemos que con las buenas notas.. ..hemos cumplido!, a su edad ya estaba yo trabajando....

  • Si que ayudo hago mi cama todos los días y tengo mi habitación ordenada- protestó tímidamente el muchacho-, y el verano pasado quise trabajar repartiendo publicidad y no me dejaste.....

  • Repartir publicidad, ¡que tipo de trabajo es ese! interrumpió con desprecio la señora

  • Con diecisiete años ¿que quieres?..... dijo el chico con voz llorosa.

  • "¿Que quieres? ¿Que quieres?" repitió de forma repelente la señora impostando la voz para imitar en un tono aflautado de burla la respuesta del chiquillo.

    Mientras cogía el último producto de la cinta, la cajera le dijo:

  • Quizás pueda ayudarte a encontrar un puesto aquí de reponedor....o de cajero o de repartidor....¿Como te llamas?

  • Chencho-, respondió quedamente el chaval.

Inocencio caminaba por la vida con la actitud titubeante y desorientada del que se siente totalmente prescindible y no sabe hacia donde conducir sus pasos, aquel al que se le anticipa una actitud decepcionante sin concederle voto alguno de confianza. Llevaba sobre sus espaldas de alado adolescente todo el peso de un patronímico en deshuso, herencia del abuelo por irrevocable imposición materna y cuya traducción física se materializaba en un ligero encorvamiento a modo de chepa que no había logrado corregir aun llevando ya varios años siendo Chencho, gracias al apaño eufemístico involuntariamente hilvanado por la lengua de trapo de su hermanita pequeña y adoptado espontáneamente por el resto de la familia, incluida Remedios, su madre, obrándose así el fraterno milagro que le habría librado de burlas juveniles y oblícuas sonrisas adultas; sin embargo cual callado homenaje, la inocencia de Chencho perpetuamente reflejada en su mirada se convirtió en testimonio mudo del repudiado nombre.

Remedios lo había criado como madre soltera al ser abandonada por el padre de la criatura en cuanto éste supo de su embarazo y el abuelo materno resolvió su repentina ausencia asumiendo de inmediato el papel masculino en la ecuación, sin darle demasiadas vueltas ni perder tiempo en asignar culpabilidades, en un hercúleo ejercicio de ahorro de energía que prefirió invertir en las nuevas responsabilidades que se avecinaban.

Tiempo después, habiendo ya sufrido en su corta existencia velados reproches maternos por lo inoportuno de su irrupción en la existencia, una vez instalado en la preadolescencia y antes de ser socorrido por el oportuno prodigio gutural de su hermanita Amparo, se preguntaba Inocencio, al percatarse en las presentaciones a nuevas amistades, de ciertas reacciones ajenas, que pesó más en el ánimo de su progenitora a la hora de “castigarle” con su nombre, si el agradecimiento al abuelo por su heroica labor paternal, o ese resentimiento latente, inadecuadamente derivado de la paternidad ausente al inocente no bienvenido, cuya abrupta incursión en el mundo tornaba en grises matices los vivos colores del boceto inicial que Remedios había trazado de sus sueños.

Hasta la llegada de Amparo, resultado de un matrimonio tardío y reparador que prometía ser la cristalización del sueño dorado del inconsciente colectivo femenino de la época y que finalmente perduró como una relación más conveniente que ilusionante, Inocencio había sobrevivido a la ausencia emocional de Remedios y sus continuos desprecios semiconscientes gracias a la ignorancia propia de la niñez, pero según fue descubriendo por comparativa que en su casa no existía el calor familiar reinante en otros hogares de amiguitos o compañeros de colegio en los que se vio acogido frecuentemente gracias a las habilidades sociales de su madre que había volcado hacia el exterior toda su capacidad de afecto tejiendo una sólida y nutrida red de amistades de las que sabía sacar buen partido y a las que recurría continuamente para que le cuidaran al niño con la menor excusa y sin ningún reparo en victimizarse enfatizando su condición de uniparentalidad, se fue haciendo consciente de ciertas distorsiones que él había asumido como normales por puro desconocimiento.

Así Chencho, descubrió por contraste, que en el mundo exterior existía la costumbre generalizada de realizar la cena todos los días, lo que en su casa solo ocurría si les visitaba el abuelo, y que había todo un ejército de solícitas madres y complacientes padres, dispuestos a realizar esta función con la mayor naturalidad, mientras que él vivía en una suerte de Ramadán diurno en el que su única alimentación diaria consistía casi exclusivamente en el almuerzo a mediodía en el comedor del colegio, acostándose cada noche envuelto en un concierto de rugidos provenientes de su quejumbroso estómago que denunciaba orgánicamente lo que él no se atrevía a manifestar con palabras por miedo a los desagradables gritos que pugnaban por salir de la boca de su madre a la menor oportunidad, que interpretaba cualquier petición por pequeña y tímida que fuera como una provocación.

Además y pese a la asignación adicional que, gracias a su desahogada pensión de exferroviario, les brindaba el abuelo para actividades extraescolares, la madre evitaba como un dolor cualquier inversión por insignificante que fuera, en el niño, que estuvo varios meses reuniendo fuerzas hasta dar el paso de pedirle que le apuntara a clases de kárate, la ilusión poco frecuente en él y el deseo no expresado y reprimido por miedo durante tanto tiempo crearon una mezcla explosiva que hizo por fin rebosar un manantial de palabras suplicantes escapando a borbotones por su boca, casi involuntariamente y aun así seguía encontrando el muro infranqueable de la resistencia materna a cualquier oportunidad de hacerlo feliz, esgrimiendo razones peregrinas como que esos 20 euros mensuales se podían aprovechar para otros menesteres o echándole en cara potenciales actitudes que no se habían dado ni por asomo como que a ver si iba a cansarse de la actividad haciendo la nimia inversión infructuosa y absurdas justificaciones por el estilo, predisponiendo al muchacho a perder la motivación antes siquiera de haber empezado, y solo claudicó, de forma inesperada, ante el desesperado argumento esgrimido por Chencho, de que iba a ser el único de la clase no apuntado a la actividad, dando así de chiripa con su talón de Aquiles, pues fue ese miedo a sentirse señalada socialmente si el niño la delataba aunque fuera de forma casual, lo que finalmente la impulsó a dar su consentimiento.



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En el texto hay: pequeño psicodrama

Editado: 27.09.2026

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