La Dama y el Tirano

Capítulo 25

El santuario de santa Iftaria

La breve carta de los miratos puso en alerta a la madre superiora. En ella, la organizadora de la selección le comunicaba que, tras las pruebas, lady Radon ya no podía seguir compitiendo por el corazón del rey. Sin embargo, Su Majestad Tirano Mardar había tenido a bien retener a lady Radon como invitada.

La monja no tenía experiencia en intrigas palaciegas, pero sabía lo suficiente para comprender que alguien la estaba engañando. Los miratos jamás permitían que una participante se quedara «de visita». En cuanto la marca desaparecía del cuerpo de una aspirante, esta regresaba a casa u ocupaba el lugar que le correspondía junto al rey. Por eso concluyó que su protegida todavía llevaba la marca divina de la selección o que había ocurrido algo terrible y los miratos intentaban ocultarlo.

Dejó la carta frente a sí y, con un artefacto rectangular, hizo varias copias: una para ella, otra para el emperador y otra para el honorable shari Daisai, quien, pese a ocupar un cargo menor en la cancillería secreta imperial, a veces tenía más poder que sus superiores.

La superiora no alcanzó a ocuparse de las cartas. Cuando tomó la pluma para escribirle al emperador, madame Tiri irrumpió en el despacho sin llamar. Tenía el rostro enrojecido por la carrera y estaba tan agitada que tardó un momento en recuperar la voz y explicar por qué había venido.

—¿Han intentado llevarse a alguien otra vez? —preguntó la superiora.

Esta vez no había inquietud en su voz. En los últimos dos días, los honorables shari habían intentado entrar siete veces en los dormitorios infantiles. Y en cada ocasión se habían llevado una sorpresa. A algunas de aquellas serpientes las sacudía una descarga eléctrica en cuanto se acercaban a la pequeña Mijala. La niña se divertía muchísimo viendo convulsionar a los frustrados secuestradores y soltaba carcajadas. Adali se deshacía como una estatua de arena apenas un extraño la alzaba en brazos y luego volvía a aparecer en su cuna. Los que peor lo pasaban eran los secuestradores de la pelirroja Viuna: perdían el conocimiento al tocarla.

Al principio, la madre superiora creyó que la lady solo había protegido a sus propias pupilas, y se lo agradeció. Pero después empezaron a ocurrir cosas parecidas en los demás grupos. Los rumores sobre la milagrosa protección del santuario se extendieron enseguida por los alrededores, y la superiora ya había recibido varias cartas de familias respetables que solicitaban el ingreso de sus hijas en el monasterio.

—No —consiguió decir por fin la mujer—. Es peor. ¡Tiene que ver esto ahora mismo!

Renata

Aquella noche me quedé en la alcoba del rey.

—Los Infantes creen que no debería prestarte tanta atención —dijo Tirano al regresar a la habitación.

—No puedo decir que no tengan razón.

Para entonces ya me había escondido bajo las mantas, pero no lograba conciliar el sueño. Escuchaba cada ruido del pasillo, preparada a cada instante para saltar y esconderme debajo de la cama.

El mirato se acostó en el borde del lecho sin desvestirse y puso las manos detrás de la cabeza.

—¿Por qué quería matarme?

—Una de las sirvientas le habló de nuestro almuerzo.

—Competencia.

—No volverá a pasar —dijo él. Se volvió de lado y clavó los ojos en mí.

En esos pocos días, el rey había cambiado mucho. La camisa que llevaba le quedaba claramente pequeña, sus ojos habían adquirido un amarillo intenso y su mirada… Era la mirada de alguien que había pasado largos años soportando pruebas terribles. Por supuesto, diez años luchando contra la muerte no eran poca cosa, pero aun así el cambio me tomó por sorpresa.

—¿Qué ocurrió en la primera selección? —pregunté de repente.

—Tienes que aprender a formular bien tus preguntas. ¿Qué quieres saber?

—¿Por qué no encontraste pareja entonces?

—Sí la encontré. Se llamaba Anita. Era la hija del difunto Mrakt. La magia la eligió y fuimos felices durante casi un año.

Me resultó inesperadamente desagradable oír hablar de aquella desconocida Anita y de la felicidad del rey. Los celos, un sentimiento que creía olvidado, me hicieron sentir muy mal. Pero me recordé que pronto regresaría al monasterio. Y su historia… Algo me decía que aquella selección estuvo a punto de acabar con todo un reino.

—¿Qué le pasó?

—Me dijo que me había equivocado —confesó el rey—. ¿Sabes cómo se forman las parejas entre los miratos?

—¿Por magia?

—A los nagas les aparecen marcas nupciales. Los ravanos saben que han encontrado a su pareja con solo mirarla a los ojos. Los lvayas no necesitan una pareja predestinada: sus uniones las sella la nieve. En cambio, los miratos somos casi como los humanos.

—Los humanos forman familias por amor o por conveniencia. No interviene ninguna magia.

—Nosotros también nos guiamos por eso que ustedes llaman amor. Primero nace la simpatía, luego se convierte en deseo y entonces la magia decide si sellará la unión o apagará el interés entre los dos. Yo amaba a Anita. Creía que ella también me amaba. Hasta que un día vino a decirme que ya no sentía nada por mí y que yo me había equivocado.

—¿Se fue?

—No tenía derecho a retenerla. El vínculo entre nosotros había desaparecido de verdad.

—¿Y si no se trató de un error?

—¿Qué insinúas?

—Yanubu estaba atado a tu fuente por hilos irrompibles. El palacio está lleno de intrigas. Alguien pudo haber cortado los hilos de ella y utilizarlos para unir el parásito a tu fuente.

Tirano

Renata se quedó dormida enseguida en la cama del rey. Las preocupaciones del día la habían agotado tanto que ni siquiera se daba cuenta de cuánto necesitaba descansar. El rey le acariciaba con cuidado el cabello pelirrojo, procurando no despertarla, mientras reflexionaba sobre sus palabras. Yanubu estaba unido a su fuente por hilos irrompibles.

Renata suponía que alguien había roto el vínculo de Anita con el rey y había utilizado aquellos mismos hilos para introducir un parásito en su fuente. Eso explicaba muchas cosas. Tiempo atrás había oído historias sobre pueblos que tejían amuletos en las fuentes mágicas de sus esposos de manera semejante. Los miratos de las regiones del norte también lo hacían a veces. El ritual representaba la plena confianza del marido en su esposa y el cuidado de ella por él. Pero el detalle crucial de aquella tradición era que solo la esposa sabía qué había tejido en la fuente mágica, qué hechizo protegía al mirato.




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