Renata
Los guardias apostados esta vez ante la puerta se sorprendieron al verme descalza y en camisa de dormir. Por supuesto, ninguno se atrevió a hacer preguntas. Intercambiaron una mirada y abrieron las puertas. Entré en silencio y recorrí la habitación con la vista. Todo estaba limpio y tranquilo. Como si unas horas antes no hubiera ocurrido nada: cada cosa estaba en su sitio, los baúles que habían traído de los aposentos del rey estaban vacíos y hasta la cama estaba hecha.
Me quedé junto a la puerta, desconcertada, luchando contra las ganas de llorar de despecho y de celos. Aguantaba a duras penas y trataba de convencerme de que solo eran el cansancio y el estrés, no sentimientos de verdad. No tenía nada de raro que el rey me gustara: era rico, guapo e influyente. Y yo, para ser sincera, no había recibido ni un abrazo amistoso en todo un año. Había vivido rodeada de serpientes y monjas. Y de pronto el mismísimo rey había corrido a rescatarme. Aunque también podría haber impedido que los asesinos camparan a sus anchas por el palacio. La seguridad, objetivamente, dejaba mucho que desear.
Creí haber logrado convencerme de que no había pasado nada grave. Podría haber perdido una mano, la cara o incluso la vida. Y que Tirano hubiera sufrido una crisis por culpa de su primer amor… Eso no significaba absolutamente nada para mí. Él era adulto. Anita había sido su pareja predestinada. Tal vez seguía siéndolo, si habían cortado los hilos sin su consentimiento. ¿Quién era yo para entrometerme?
En mi cabeza todo sonaba razonable y convincente. Hasta recordé Instagram, del que llevaba tanto tiempo sin acordarme, el síndrome de la salvadora y que las relaciones de codependencia jamás habían traído nada bueno. Pero entonces, desde debajo de la cama, apareció la cabeza malhumorada de Bujtenvil:
—¡Tú solo traes problemas, mujer! —escupió la tortuga con rabia—. ¡Los jueces de Iftario! ¿Dónde se ha visto que convoquen a los jueces por una pelea de mujeres? ¡Y el rey! ¿Cómo pudiste dejar que el rey te llevara con él, descarada? ¡Avergüenzas a tu familia! ¡A tu monasterio! ¿Qué clase de mujeres criarás entre tus pupilas? ¿Prostitutas?
No estaba preparada para aquello. Mejor dicho, las palabras de la estatua hicieron saltar el último seguro que me quedaba.
—¡Criaré mujeres con el valor y el sentido común suficientes para no dar vida a estatuas con cabeza de serpiente! ¡O para devolverlas a su lugar antes de que sea demasiado tarde!
No sé si fue la dureza de mis palabras o mi expresión poco amistosa, pero la cabeza se escondió de inmediato y cobardemente bajo la cama. Entonces las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. A pesar del agotamiento mágico, aún me quedaron fuerzas para llegar hasta la cama y hundir la cara en la almohada.
Lloré durante mucho tiempo. Creo que eran mis primeras lágrimas sinceras desde que había llegado allí: miedo, dolor, despecho, celos. En algún momento tuve que admitir que, de no ser por esa maldita Anita, no me sentiría tan miserable. O, mejor dicho, de no ser por lo que el mirato sentía por ella.
—Todo está bien —sollozaba, intentando tranquilizarme—. Quizá llegué a este mundo solo para salvar al rey. ¿Y después se acabará todo? ¿Misión cumplida y me devolverán a casa, junto a mi lavadora y las comodidades de la civilización?
Pero entonces descubrí algo más, igual de desconcertante: no quería volver a casa. No estaba segura de querer pasar el resto de mi vida en el santuario, pero mi vida anterior ya no me atraía.
Al reconocerlo, sentí de pronto un extraño alivio. Las lágrimas se secaron y noté a Yuna junto a mi vientre. El parásito se había hecho un ovillo y me acariciaba la mano con una patita fina y torpe. Bujtenvil seguía escondido bajo la cama, mientras yo empezaba a quedarme dormida.
Me despertó el frío. Sin abrir los ojos, pensé que me vendría bien taparme con la manta. Pero al palpar a mi alrededor, descubrí que no había manta. Ni cama. Todavía medio dormida, no comprendía qué había pasado. Me pesaban tanto los párpados que no quería abrirlos, pero el cuerpo helado me exigía hacer algo.
Volví a mover la mano y mi palma tropezó con una costra de hielo. ¿Hielo? ¿En el dormitorio? Abrí los ojos de golpe y descubrí que estaba tendida boca abajo en el barro, en un lugar desconocido. Me puse de pie de un salto y me quedé paralizada varios segundos por el susto. ¿Qué estaba pasando?
A mi alrededor se extendía un campo. Un campo interminable y desierto. Hacía tiempo de otoño. De ese otoño en que aparece la primera capa de hielo sobre los charcos y las hermosas hojas amarillas se convierten en podredumbre. No había nada alrededor: ni bosque, ni edificios, ni un solo punto de referencia.
—¿Qué está pasando? —me pregunté, sin muchas esperanzas de obtener respuesta. Entonces, desde algún lugar por encima de mi cabeza, resonó la voz familiar de la organizadora de la selección.
—¡Concubinas! —tronó aquella voz como si llegara del cielo—. ¡Una verdadera reina siempre encuentra a su rey y a su reino! ¡Las que no regresen al palacio antes de medianoche quedarán eliminadas de la selección!
—¿Qué? —se me escapó.
Como era de esperar, no hubo respuesta. Un segundo después, al comprender en qué lío me había metido otra vez, solté una carcajada. Mi risa se elevó sobre el campo y sonó tan siniestra que a mí misma se me erizó la piel. Creo que empezaba a entender cómo las mujeres normales se convertían en brujas malvadas.
Miré otra vez a mi alrededor, pero no descubrí nada nuevo. Solo barro y charcos medio congelados. El campo era tan grande que parecía imposible atravesarlo en un día, y mucho menos llegar al palacio. Ni siquiera sabía en qué dirección debía caminar para ir por buen camino. ¿Y tenía que ir a alguna parte? Tal vez fuera más fácil esperar hasta medianoche y volver a casa. Era muy posible que la fuente del rey ya pudiera funcionar por sí sola y yo… Debía admitir que marcharme sin despedirme y conservar al menos el amor propio me resultaría mucho más sencillo.