Tirano
Los campos de Iftaria eran un lugar entre la vida y la muerte. Allí enviaban a los criminales para que recibieran su merecido castigo o como una forma de tortura especialmente cruel. Varios siglos atrás, Kaiderim Mardar, bisabuelo de Tirano, había prohibido que se utilizaran antes de demostrar la culpabilidad del acusado, aunque consideraba aquel castigo más humano que la ejecución. El padre de Tirano, en cambio, creía que la ejecución era más piadosa que los campos. Nadie había conseguido salir de allí con vida, mientras que la espada del verdugo al menos ofrecía una liberación rápida.
Tirano recordó todo aquello en cuestión de segundos y logró contener una oleada de odio. La dejó para después. Ahora no podía perder ni un minuto.
Rozó el rostro pálido de Renata. Ella no reaccionó a su caricia. Solo unas gruesas gotas de sudor le brotaron en la frente helada.
—Los amrazares han salido del barro —comentó con indiferencia uno de los jueces—. Los Infantes presentan sus condolencias al rey.
Por suerte para ellos, Tirano solo oyó que los amrazares habían cobrado vida. Eso significaba que a Renata le quedaba cada vez menos tiempo. El mirato le puso una mano en el pecho y cerró los ojos.
Renata
Me quedé inmóvil, mirando a aquel engendro de barro. Mis pensamientos oscilaban entre el deseo de salir corriendo y el de darle un baño a ese mugroso. El lobo parecía pensar lo mismo de mí. Al menos, no tenía prisa por atacar y se limitaba a dejar caer gotas de barro sobre el suelo.
—Bueno, ¿y tú quién eres? —le pregunté con voz temblorosa.
—Uuuu… —La criatura emitió algo entre un aullido y un gruñido.
—Ya veo. Ni siquiera en sueños me tocan animales que hablen como las personas.
—¡Uuuu! —repitió, golpeando el suelo con una pata delantera.
—Estoy completamente de acuerdo contigo.
—¿Uu?
—Si me sacas de aquí, te llevaré conmigo. Bujtenvil te enseñará a hablar.
—¿Uu?
Entonces apareció a mi espalda otra criatura. Un poco más esbelta, pero igual de mugrosa.
—¿Es tu compañera?
¿Por qué estaba tan segura de que era una hembra? El lobo asintió. Recordando que aquello solo era un sueño y que me bastaba con despertar, yo también asentí y dije:
—A ella también la llevaremos.
Se miraron. Decidí que era una buena señal. Lo principal era moverme despacio. ¿Quién sabía lo que pasaba por la cabeza de unos perros salvajes? ¿Y si tenían rabia? Nadie los vacunaba. Aunque, pensándolo bien, a mí no me vendría mal una buena dosis de rabia en ese momento.
—Tengo que volver al castillo de los Mardar.
Los lobos intercambiaron otra mirada. La que supuestamente era hembra se acercó y me rozó la mano con el hocico embarrado. Un leve escalofrío me recorrió la espalda. No tenía ninguna gana de quedarme sin mano. El otro animal hizo lo mismo. Solo después de olfatearme entre los dos volvieron a mirarse, se sentaron, alzaron la cabeza y aullaron con fuerza.
—¡Sigue mi voz! —La voz de Tirano resonó en algún lugar por encima de mí. Di un respingo.
—¡Renata! —Esta vez llegó desde otro lado—. ¡Renata! —repitió un eco desde una tercera dirección.
¡Maldita sea! ¿Por qué siempre me pasaba lo mismo? ¡¿Qué voz tenía que seguir?!
Intenté hacer visible otra vez el hilo que nos unía, pero no lo conseguí. Entonces los lobos se levantaron y echaron a andar hacia la derecha. Yo los seguí, simplemente porque quería creer que al menos alguien sabía adónde ir.
—¡Renata! —seguía llamando Tirano, ahora a mi espalda.
Estuve a punto de dar media vuelta para seguir las instrucciones, por decirlo de alguna manera, pero uno de los animales se colocó enseguida detrás de mí y, con un gruñido, me impidió cambiar de rumbo.
Sopló el viento. Primero una ráfaga, luego otra. Después, el aire empezó a azotarme el rostro sin descanso, junto con los terrones de barro que se desprendían del pelaje de los animales. Unos siete minutos más tarde apareció una bandada de aves sobre el campo. La voz a mi espalda exigía que regresara. Los lobos me empujaban hacia delante. Las aves chillaban amenazantes sobre nuestras cabezas. Cuanto más avanzábamos, más bajo volaban, hasta que una lanzó un grito desgarrador, se precipitó en picada e intentó picotearme justo en la coronilla. Aquello fue la señal para las demás.
—¡Es un sueño! ¡Solo un sueño! —grité, echando a correr.
El viento dejó de parecerme tan fuerte en comparación con la posibilidad de morir a picotazos. Corría cubriéndome la cara y la cabeza, gruñendo de dolor. Las malditas botas me impedían avanzar deprisa. En un momento me distraje apenas un segundo para intentar quitarme aquel calzado desastroso y recibí un picotazo en la mejilla. Los lobos lo tenían peor. No podían defenderse, solo correr más rápido de lo que descendían aquellos asesinos alados. La capa de barro les protegió la piel de los picos durante un rato, pero no por mucho tiempo. En otro ataque, uno de los lobos gruñó e intentó atrapar un ave entre los dientes, pero no alcanzó a hacerlo. La sangre le cubrió un costado. Yo intentaba defenderme como podía, sin demasiado éxito. Las heridas se multiplicaban y solo la adrenalina y la furia me mantenían corriendo.
De pronto, las aves desaparecieron y mis pies se despegaron del suelo.
Tirano
Sentía su dolor, su miedo, incluso oía los chillidos de los bilarones de caza. Pero no bastaba para encontrarla. Lo más terrible era escuchar su propia voz intentando atraerla hacia una trampa mortal. Así oían los asesinos las voces de sus seres más queridos cuando llegaban allí. Era una de las ilusiones más crueles de los campos.
Cuanto más tiempo pasaba en trance, menos posibilidades tenía de encontrarla. Estaba a punto de perder la esperanza cuando oyó el grito desgarrador de una mujer que giraba en el remolino de un tornado mortal, junto con dos amrazares. La magia del rey se lanzó de inmediato hacia ella. Los animales también reaccionaron: agitaban las patas en el aire, como si intentaran alcanzarla antes. Tirano hizo un esfuerzo y, de un solo tirón, logró atraparla.