El santuario de santa Iftaria
Por segunda vez consecutiva habían encontrado en la cuna de una de las niñas una manta del palacio imperial. La pequeña estaba cubierta con una tela acolchada que llevaba bordados dorados y el escudo del emperador. La manta era un poco más grande que la cuna, y nadie sabía cómo había llegado hasta allí.
La superiora estaba junto a la cuna con las cuidadoras. Las jóvenes juraban que no había entrado ningún extraño en el dormitorio. Al menos, no habían encontrado a nadie inconsciente, nadie había salido corriendo entre gritos y tampoco habían oído la risa de la lady, que resonaba cada vez que alguien intentaba secuestrar a una niña.
La superiora estaba desconcertada y no sabía qué hacer. Debía escribir al palacio. Pero si un naga de alto rango estaba entrando en el santuario sin su conocimiento, sería mejor averiguar quién era antes de atraer la ira del emperador sobre su casa. ¿Y si…? Tampoco quería poner en peligro a la pequeña.
—Avisa a todas de que, a partir de hoy, en los dormitorios infantiles debe haber al menos dos monjas en todo momento. Durante la noche no podrán dormir.
Quería añadir algo más, pero un guardia irrumpió en el dormitorio. El hombre estaba aterrorizado, llevaba un uniforme desgastado por los lavados y la boina se le había deslizado hasta la nuca.
—¡Hay amrazares en la sala de portales!
—¡Sellen los dormitorios infantiles! ¡Reúnan a los nagas!
Las cuidadoras intercambiaron miradas de espanto y corrieron hacia los artefactos de protección. La superiora salió al pasillo detrás del hombre, disimulando su propio miedo. No tenía idea de qué hacer, pero caminaba con decisión hacia la sala de portales. Unos minutos después la alcanzó el mei Shair. El naga se puso a su lado y siseó:
—Tiene que esconderse.
—Usted tiene que darse prisa, capitán. Los amrazares podrían escapar.
La noticia de que unos monstruos habían entrado en el monasterio por la sala de portales se propagó en cuestión de minutos. El santuario se sumió en el caos. Hasta las habitaciones y capillas más alejadas quedaron cerradas. Las novicias rezaban a Iftaria y pedían su protección. Las más valientes confiaban en la diosa, pero decidieron reforzar aquella confianza con candelabros y figurillas metálicas de la santa.
Cuando la superiora llegó a la sala, un destacamento de nagas ya custodiaba la entrada. Los hombres habían tomado posiciones defensivas junto a las paredes. Todos sabían que los humanos estaban indefensos ante los amrazares.
—¿Cómo saben que hay monstruos ahí dentro? —preguntó la superiora, mirando la puerta de madera. Aparte de la concentración de nagas, nada indicaba que aquellas criaturas hubieran entrado en el santuario.
—Solo ellos aúllan así —respondió uno de los guerreros. La madre superiora no alcanzó a ver quién había hablado.
Como para confirmar sus palabras, un aullido aterrador, salido de ultratumba, llenó el pasillo. Y se interrumpió enseguida.
—¡No! ¡Que no, he dicho! —La voz de la lady puso fin a aquella sinfonía—. ¡Perros malos!
Los nagas se miraron, desconcertados, y retrocedieron. La superiora corrió a abrir la puerta. En el centro de la sala había una mujer. Una camisa de dormir blanca como un sudario se ajustaba a su figura; tenía el cabello pelirrojo revuelto, los ojos le brillaban de excitación y sus dedos delgados se aferraban a la piel de los monstruos.
—¿Lady? —exhaló la superiora—. ¿Cómo llegó hasta aquí?
—Cómodamente. —La mujer estiró los labios en un intento de sonrisa, pero hasta al capitán Shair le provocó un escalofrío—. ¿Le molestaría que primero me arreglara un poco? ¿Y que bañara a mis mascotas?
La superiora miró a los amrazares con espanto. Las enormes criaturas suspiraron pesadamente a los pies de la lady. Al parecer, ya se habían resignado a dejar de ser los monstruos de los campos para convertirse en sus mascotas.
Renata. Dos horas después
Los lobos permanecían sentados, obedientes, en una tina llena de agua espumosa. Soportaban con paciencia que intentara quitarles el barro, revisar si tenían pulgas, limpiarles los dientes y cortarles las garras. Aunque ¿qué demonios iban a hacer unas pulgas en aquellos campos? ¿De dónde habrían salido? Pero solo hacía todo aquello para no pensar en Tirano.
¿Por qué a las otras mujeres que caían en otro mundo les tocaban auténticos tiranos, a los que luego reeducaban hasta convertirlos en tiernos conejitos, y a mí…? A mí no me había tocado nadie. ¡Y al diablo con él! Intenté apartar de mi mente la imagen del rey.
—¡Dolerá un tiempo y luego pasará! —comenté con aire filosófico.
El lobo me lamió la mejilla con cuidado. Sonreí, pero no me sentí mejor. La sensación de haber sufrido una pérdida injusta era más fuerte de lo que había imaginado. Mi cuerpo recordó de pronto los cálidos abrazos de la serpiente, su respiración suave y aquella calma que lo envolvía todo.
—Tiene una familia. Un hijo. Y, además, no somos pareja. Él es una serpiente, yo… En fin, Bujtenvil tenía razón.
—Uuuu… —gruñó largamente el otro lobo, apoyando su frente contra la mía.
—Les gustará estar aquí. Protegeremos a las niñas. Viviremos aquí un añito y quizá después el emperador me dé las llaves de una mansión. Nos mudaremos. O nos quedaremos aquí. Hay montañas, bosque… ¿Saben lo hermoso que es este lugar?
Los lobos suspiraron al unísono. Sentí un cansancio enorme y unas ganas irresistibles de dormir. Sin sueños, sin pruebas, sin Tirano.
***
Había pasado una semana desde mi regreso al santuario. O más. Los días se habían fundido en una sola mancha y ya no distinguía la frontera entre ayer y hoy. Gastaba todas mis fuerzas en no pensar en Tirano. Durante el día era más fácil. Cualquier madre sabe la energía que exige un solo niño. Y cuando tienes una docena a tu cargo, los días pasan sin que te des cuenta.
Por las noches, en cambio, la tristeza se volvía insoportable. No lloraba, no lo esperaba y ni siquiera abrigaba la esperanza de que apareciera en la sala de portales del santuario. Ya era una niña grande y sabía muy bien que no tenía sentido esperar nada. Él tenía esposa, un hijo, un heredero de los Mardar. Yo debía recuperar el control y aguantar unas semanas, o unos meses, hasta que el dolor y los ecos del vínculo mágico se apagaran.