La Dama y el Tirano

Capítulo 29.

Renata

Empujaron la puerta, pero no cedió. El amrazar se puso de pie y adoptó una postura de ataque. El príncipe se transformó en serpiente. Todavía no era tan imponente como un naga adulto, pero ya resultaba mortal para un humano. La superiora metió la mano en el bolsillo del vestido. Seguramente guardaba allí algún artefacto de protección.

—Tranquilo, Byron —le dije al lobo—. Es desagradable, pero no es peligroso.

El amrazar alzó las cejas como una persona. Me acerqué a la puerta. Yuna fue la primera en abalanzarse sobre mis piernas. Su cabeza de serpiente se apoyó contra mis rodillas y a Byron se le erizó el pelaje. Entonces apareció la cabeza de Bujtenvil:

—¡Yuna, ten cuidado! ¡Alma mía! ¡Aquí hay monstruos!

El héroe de piedra vio al naga, corrió hacia mí como pudo y se interpuso entre el príncipe desconcertado y yo.

—¡Lady, salgamos! ¡Salga! ¡Yo lo distraeré! ¡Nadie tiene derecho a retenerla aquí!

El príncipe se volvió y la superiora sacó la mano del bolsillo.

—Creo que tendremos que revisar la protección de los portales del santuario —dijo la monja.

—Todo está bien —respondí—. La yanubu creó el portal tomando mi ubicación como referencia.

El príncipe frunció el ceño, incrédulo. Bujtenvil se quedó callado, como si intentara evaluar la situación. Yuna miró a Byron y su capucha de serpiente se cubrió de un suave pelaje blanco. Ahí estaba una verdadera mujer.

—¿Es un tarjarán vivo? —preguntó el príncipe sin apartar los ojos de la estatua.

—¿Y ese es un naga vivo? —devolvió la cortesía Bujtenvil, alzándose sobre las patas traseras para parecer más grande. Debía reconocer que había mejorado su equilibrio.

—Es Su Alteza, el príncipe Shrami-ash-darar.

—¿Es él quien te retiene aquí? —El largo cuello de la tortuga giró hacia mí.

—Nadie me retiene aquí. Este es mi hogar. ¿Qué haces tú aquí? ¿Y qué está pasando?

—¡¿Qué está pasando?! Lady, ¿de verdad no entiendes lo que está pasando? Los miratos exigen que les devuelvan a su reina. Tirano está a punto de estallar de furia porque tienen cautiva a su esposa. Hoy anunciarán la movilización militar en todo el reino. ¡Aunque no entiendo para qué tanta formalidad! El ejército ya está listo para marchar. Los diplomáticos están en la frontera.

Miré al príncipe.

—Mi padre ha enviado una delegación a la frontera para explicarle al rey Mardar que su esposa no está con nosotros. Además, estamos dispuestos a recibir a Su Majestad.

—¡¿Cómo que no está?! ¡¿Y quién es esta, según tú, serpientecilla?! ¡Tan pequeño y ya mientes así! —Bujtenvil intentó apoyar las patas en el caparazón, pero no lo consiguió. Sus extremidades eran demasiado cortas.

—¿Dónde ves a Anita, Bujtelka? —pregunté.

La superiora volvió a meter la mano en el bolsillo.

—¡¿Qué tiene que ver esa farsante?! —Bujtenvil dio una patada en el suelo.

El ruido hizo llorar a un niño en una de las cunas. Byron corrió a tranquilizarlo.

—Ponte en cuatro patas y explícanos qué está pasando —le pedí.

—¿No sabes nada? —comprendió de pronto la tortuga.

—La lady regresó al santuario después de quedar eliminada de la selección —intervino por fin la superiora—. Desde entonces no hemos recibido noticias de los miratos.

El tarjarán se dejó caer sobre las cuatro patas. Otro niño empezó a llorar. Byron corrió hacia otra cuna y luego me miró, desconcertado.

—Pero no te eliminaron de la selección —dijo Bujtenvil.

—En la última prueba apareció Anita con su hijo y reclamó su derecho como pareja. Yo quedé eliminada y un portal me trajo a casa.

—Fue un error —insistió Bujtenvil.

—Los Infantes estaban allí. No creo que los jueces de Iftaria hubieran permitido una injusticia.

—No deberías confiar en esos farsantes —volvió a envalentonarse Bujtelka. Yuna asintió en apoyo de su amigo—. ¡Si hubieras visto cómo intentaron entrar en nuestra habitación! ¡Pero no dejamos pasar a nadie!

Me inquietó pensar en lo que podía haber ocurrido en el palacio durante mi ausencia. El príncipe intervino de inmediato:

—¿Podría contarme con más detalle lo sucedido? Nos ayudaría a aclarar los malentendidos entre nuestros países.

—Esta serpientecilla tiene más cerebro que su padre —soltó Bujtenvil a modo de «cumplido».

—Habla —gruñí.

—¡Sí, mi reina! —exclamó Bujtenvil. Esta vez fue Yuna quien puso los ojos en blanco.

—¿Quizá estaríamos más cómodos hablando en mi despacho? —sugirió tímidamente la superiora.

—¡Uu! —la apoyó Byron, harto de correr de una cuna a otra.

Tirano

—¿Desea Su Majestad asistir al juicio? —preguntó uno de los consejeros.

Tirano recorrió con una mirada sombría a los presentes y apenas logró contener el deseo de despedazar a aquellos traidores con sus propias manos. Todavía no podía hacerlo, pero ganas no le faltaban.

—Como exige la tradición. ¿Qué ocurre con los nagas?

—El emperador sostiene que sus acusaciones carecen de fundamento. La delegación ha partido hacia la frontera. Los guerreros del reino esperan su orden.

Tirano asintió. Solo dos finos colmillos que asomaban sobre su labio inferior delataban sus emociones. Ahora debía concentrarse en recuperar a Renata. Cada día sin ella le causaba un dolor insoportable.

***

Renata

—¿Qué ocurrió después de que terminara la selección? —le preguntó el príncipe a la tortuga.

A pesar de su corta edad, el príncipe ya sabía identificar lo importante en una conversación. Bujtenvil torció su cara malhumorada y me miró.

—Cuenta todo lo que sepas. El destino de dos países depende de ello.

—En cuanto te entreguen al rey, Mardar se calmará.

—Nadie retiene a la lady —aseguró el príncipe—. Podemos abrir un portal para ella o para Su Majestad en cualquier momento. La superiora se encargará de que siempre haya alguien de guardia en la sala de portales.

—¡¿Entonces por qué sigue aquí?! —Bujtenvil golpeó el suelo con una pata. Yuna lo imitó.




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