Renata
Nunca imaginé que conocería la depresión en unas circunstancias tan peculiares. Estaba acostada, incapaz de hacer nada. Todo me daba pereza: levantarme, sonreír, existir. Aquel vacío absoluto y una ansiedad apenas perceptible me impedían comprender lo que estaba pasando.
Habían transcurrido varios días desde la llegada de Bujtenvil. Él y Yuna habían decidido quedarse en el santuario. La madre superiora no estaba encantada con la estatua parlante, pero no pudo negarse. Por medio del príncipe le envié una carta a Tirano. Sencilla y breve, le pedía que no emprendiera acciones militares y que resolviera el asunto como una persona adulta. Adjunté las garantías de Su Alteza y una piedra de portal. Pero no llegaban noticias del rey: ni una carta, ni un mensaje, nada.
Aquella mañana había vuelto a aparecer en el dormitorio infantil un emisario de Su Majestad. El naga informó de que el rey había recibido una carta oficial. Pero no explicó qué decía, por qué se la habían entregado a través de sus consejeros en lugar de enviarla por correo mágico, ni por qué los soberanos, al borde de la guerra, todavía no habían hablado directamente mediante algún artefacto.
Después de la reunión, la superiora comentó algo sobre intrigas. Yo solo asentí y me retiré a mi habitación. Por suerte, la presencia de los amrazares había enfriado el entusiasmo de los nagas y los guardias. Ya nadie se acercaba a los niños con malas intenciones, así que podía sumergirme sin obstáculos en mis propios tormentos.
La llegada de Bujtenvil y las noticias del palacio me habían dado la esperanza de que, después de todo, yo le importara al rey. De que viniera y… En realidad, ni siquiera sabía qué esperaba. Lo peor era que sentía que me estaba perdiendo a mí misma. Perdía un pedazo de mi alma, de mi esencia, de mi carácter, y parecía empeñada en convertirme en una doncella sufriente. Eso, por cierto, era mucho más fácil que obligarme a salir de la cama.
Varias veces me asaltó la idea de ir a los dormitorios infantiles, comprobar cómo se las arreglaban las cuidadoras o simplemente pasar un rato con los bebés. Pero siempre acababa quedándome en la cama, hasta que me dormí.
—La estaba esperando, lady —dijo una voz masculina serena.
Me encontraba en una plataforma que flotaba sobre un valle verde. Abajo se afanaban nagas, miratos y humanos. La plataforma estaba a gran altura, pero podía distinguir con facilidad los rostros de unos hombres que discutían en las afueras de un pueblo, a una mirata que acostaba a sus hijos y a una pareja de nagas que acababa de sentir su vínculo por primera vez.
—¿Le gusta?
Estaba tan absorta en lo que veía que me había olvidado por completo del hombre situado en el centro de la plataforma. Vestía un sobrio traje de tres piezas, llevaba lentes de montura fina y redonda y tenía el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás.
—¿Quién es usted?
—En este mundo me llaman Iftario o Iftaria.
—En los templos tiene un aspecto algo diferente.
—Si no recuerdo mal, las serpientes le dan un poco de miedo. Pensé que le resultaría más fácil hablar con un humano.
—¿A usted le debo mi milagroso traslado a este mundo?
—Le revelaré un secreto, Renata. Pero le pediré que quede entre nosotros.
Asentí por toda respuesta. El sello de un contrato irrompible se encendió de inmediato en el aire.
—A veces me asombra la estupidez de mis propias criaturas. Este mundo se sostiene gracias al poder de las fuentes. Pero eso ya lo sabe, ¿verdad? —Volví a asentir—. Lo que no sabe, lady, es que, si una fuente queda libre al librarse de su soberano, las demás la seguirán. Entonces la fuerza divina que alimenta este mundo se desatará y lo destruirá todo.
—¿La magia tiene conciencia?
—Como un adolescente que quiere librarse de la tutela de sus padres.
Volví a mirar hacia abajo. Bajo la plataforma desfilaban países, continentes, casas y páramos desolados, como en una película. Veía alegría, dolor, felicidad, la amargura de la pérdida, belleza y fealdad, combinados con una armonía sorprendente.
—Me llevó mucho tiempo encontrar a alguien que no solo pudiera recibir la magia de este mundo, sino que también supiera utilizarla. Hace un año tuve que recurrir a ciertos trucos para sacarla de su mundo y llevarla al santuario.
—Con lo del santuario erró un poco el tiro —dije, recordando mi caminata por las montañas, con la esperanza de llegar algún día al castillo de la cima.
—Era necesario. Debía asegurarme de que el mundo la aceptara y darle tiempo para adaptarse antes de enviarla a la selección de Tirano.
—Las flechas… ¿Eso fue…?
—Usted no tenía prisa por llegar al palacio y tuve que acelerar el proceso. Pero ninguna flecha la habría alcanzado.
Eso explicaba muchas cosas.
—Renata, he venido para ofrecerle una elección. Reconozco que no fui del todo justo con usted y quiero enmendarlo.
—¿De qué manera?
—Le ofrezco volver a casa. Regresará al mismo instante en que perdió el conocimiento en la oficina. Aquí la olvidarán: Tirano quedará unido a una mirata digna, la tortuga volverá a su pedestal y los amrazares a los campos.
—¿Y Yuna?
—El parásito también regresará a su hogar. Hasta aquella serpientecilla de madera del vestidor del rey desaparecerá. Usted, Renata, volverá a casa y lo olvidará todo. Conocerá a su futuro esposo. Él la amará y no le faltará nada. Tendrá un hijo y llegará a conocer a sus nietos. Todo sucederá tal como el destino lo había previsto antes de mi intervención. No lamentará nada.
—¿Así de fácil? ¿Rebobinarlo todo?
—Es una oferta generosa. No sé qué le deparará el destino aquí —respondió Iftario, encogiéndose de hombros—. A Tirano le arrebataron a su pareja. No puedo garantizar que quiera unir su vida a la suya, lady. No puedo prometer que será feliz en el monasterio o fuera de él. Ni siquiera estoy seguro de que siempre pueda distinguir su voz entre las de todos ellos. —Señaló hacia la distancia.